viernes, 19 de diciembre de 2008

Anectotario dermatológico (anécdotas de la 2 a la 5)




II. La contusión frontal

El hueso frontal es un hueso plano, central y simétrico ubicado, según las enciclopedias médicas, por encima de los esfenoides. Ocupa la región de la frente y la parte superior de las cejas, y es de vital importancia en la conformación del cráneo como cavidad de protección para el cerebro. Nadie le había contado eso a la niña antes de subirla al triciclo rojo de su prima.

El edificio de la abuela Brígida tenía un patio de cemento crudo atestado de protuberancias y huecos de diversos diámetros y profundidades. La niña, montada en el velocípedo, pedaleó sin reparar en el piso. Recorridos tres metros, la rueda delantera cayó dentro de un hueco ocasionando, por inercia, que la niña y las ruedas traseras siguieran su trayectoria anterior, pero evitando el avance lineal y provocando una caída en picada.

La frente golpeó el suelo con un golpe seco y limpio. No hubo sangre, sólo un chichón púrpura que comenzó a crecer desde el instante mismo del impacto. La abuela Brígida se llevó a la niña a la cocina color gris, picó por la mitad una papa cruda y le untó mantequilla por la parte del corte. Le puso la papa en la frente a la niña, justo encima del chichón, acentuándole el dolor. En teoría, eso le curaría el golpe. Ninguno de los que allí estaban imaginaron jamás que, años después, la niña, cuya frente resultó ser bastante amplia, sería apodada en el colegio como “frente e’ papa” sin siquiera haberle contado a nadie sobre el accidente.







III. La Lechina


Fue durante la boda de Ana Luisa e Ignacio cuando apareció la primera de las afecciones virales: La lechina. La dispersaron los adultos cual si todos los primos fueran un experimento genético. Jugaban en el parque, ensuciándose la cara y rompiéndose la ropa con los remaches del tobogán, cuando apareció el tío Julio con el primo más chiquito agarrado de la mano. Más atrás iban el papá de las de Guatire, con la corbata floja como rienda de caballo manso y la abuela Brígida, dispuesta a presenciar el inicio de una peste que no volvería jamás a los cuerpos de sus nietos, pero que se encargaría, gozosa, de mantener su recuerdo presente sus pieles por el resto de la vida.

El cautivo era David, tenía tres años y aún no era lo bastante autosuficiente para comenzar a juntarse con el resto de los primos. Lo llevaban como a un pequeño pirata preso, sujetado por las tiras del overol. Esa tarde estaba aún con las ronchas frescas, perfectas para el contagio inmediato y, al verlo la abuela Brígida, acostumbrada a hacer cumplir sus designios entre miembros y visitantes de la familia, sugirió “salir de eso de una vez” y agitó la bandera ajedrezada que permitiría entrar al primito en la pista de juegos de los niños grandes.

Estaba malhumorado y temeroso. Le picaba todo el cuerpo y, de tanto rascarse, parecía un cardo al que le habían arrancado las púas. Los demás no advirtieron el peligro en ningún momento, puesto que no creían posible que sus padres quisieran desatar un ataque masivo de lechina entre los once miembros más jóvenes de una misma familia. En cambio, siguieron en sus preocupaciones por no dejarse quitar el subibaja o evitar ser la ere. Así el virus se coló silente, preparándose para incendiarles el cuerpo con la fiebre. Lo primeros síntomas aparecieron la mañana siguiente.







IV. Caracol




Estaba en segundo grado. Caminaba diariamente hasta el colegio, ida y vuelta, sola con su hermana, revisando las rendijas de los teléfonos públicos en busca de monedas para comprar chucherías. Con los vueltos olvidados solía costearse barajitas y papaúpas de cambur, que valían dos bolívares. Vendía dibujos y pulseras de mostacilla en el colegio, hacía las tareas sin ayuda y se escapaba por las tardes para visitar a tía Clara en su antigua guardería. Era independiente.




El patio de su edificio era un gigantesco cuadrado de grama y sábila al aire libre, que daba hacia la calle. Un Ficus colosal, en el centro; cuatro árboles de “Paloerratón” en el costado izquierdo, una mata de cayenas rosadas, de las grandes, y una de guayabas con gusanos eran los únicos obstáculos del patio. De resto, en aquel peladero habría podido construirse otro edificio sin mayor dificultad.




Aquella mañana de 1994, Enrique formó parte del grupo de vecinos que colaboraron en la instalación de una cerca perimetral de palos y alambre de púas que le diera mayor seguridad al edificio. Su esposa les dio agua y preparó la sopa del domingo, esperando la noche para salir a llamar para Caracas.




Al terminar las horas de luz, Aída salió de la casa, vía al teléfono público, para hablar con la abuela Silvia. La niña mayor, en un despliegue de malcriadez, intentó seguirla, pero ella iba ya muchos metros adelante, caminando por la acera. No lograría alcanzarla ni corriendo.




La niña, que para aquél entonces aún no conocía el teorema de Pitágoras, intuyó en segundos que el cuadrado de la hipotenusa era igual a la suma de los cuadrados de los catetos y siguió su camino, corriendo diagonalmente por el patio en dirección a la esquina del teléfono público.




A metro y medio de alcanzar a Aída, soltó un grito. Un frío punzante le recorrió la cara, entrando a un centímetro del lagrimal derecho y seccionando la piel hasta el mentón. Acto seguido, una gruesa franja de sangre caliente comenzó a deslizarse como lava hasta el cuello. Cayó al piso. Aída, envuelta en pánico, llevó a la niña al apartamento y olvidó hacer su llamada.




Enrique curó la lesión, sintiéndose responsable por haber colocado el alambre de púas. No era su culpa, pero la herida era grande, y atravesaba la cara de su hija con el aspecto hostil de Al Pacino en Scarface. Al día siguiente, en el colegio, los niños la llamaban caracol. Lo repetían una y otra vez: “¡Caracol, caracol! ¡Caracoltada!”…




Ya de la hendija sólo queda una pequeña marca cerca de la boca que se nota cuando ríe. Catorce años después sigue gustándole contar esta historia. A veces, cuando se mira al espejo al maquillarse y nota la línea blanca interrumpir la uniforme textura del resto de su rostro, sonríe de medio lado y susurra: “caracol…”







V. Mollusciposvirus




La hermanita fue la primera en sufrir el escozor. Una serie de nódulos pequeños en la parte interna del brazo izquierdo parecían ser el origen de la molestia. Luego la mayor se contagió también. Era un virus.




Tras acudir al médico, el tratamiento consistió en la aplicación de una crema anestésica que hiciera menos dolorosa la extirpación, a través de una aguja, de una diminuta perla escondida dentro de cada pápula.

Aída se dedicaba diariamente a extraer las más desarrolladas con la misma minuciosidad de relojero que, años antes, había utilizado para observar el impétigo ampollar. Parecía incluso divertirle el asunto, las niñas lo notaban en el morboso gesto de su rostro: el ceño fruncido, la lengua entre los labios apretados y los ojos grandes y redondos como platos.




Aguantaba la respiración mientras hurgaba con la aguja. Pinchaba el contenido de la pápula, la halaba levemente y, sólo después de haber sacado al intruso de la piel de alguna de sus hijas, volvía a tomas aire, acompañando la acción con una sonrisa macabra, digna de los villanos de Dick Tracy.




Meses después, cuando ya los nódulos habían sanado, las tres bromeaban al recordar el peculiar nombre que el dermatólogo, una mujer de pelo gris y lentes como lupas, le había dado a la infección. Era, según sus palabras, un caso leve de contagio con un virus de la familia pox-virus: El molusco contagioso

viernes, 12 de diciembre de 2008

Bloqueo del periodista

Cuesta escribir, sí, pero no siempre. Cuando realmente cuesta es en el deber, y en el tono obligado de las pautas, cuando mi voz se duerme entre los lápices gastados, y en el punto y aparte de las medias páginas calculadas caracter por caracter...

...y en el carácter del jefe. Y nótese aquí la presencia del acento.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El impétigo ampollar (primera anécdota dermatológica)


No lo recuerdo. Tendría un año de edad cuando apareció en la parte frontal de mi muslo izquierdo. Dicen que me rascaba la pierna como si con los deditos quisiera hacerme cosquillitas en el fémur, pero tampoco tengo registros de semejante escozor.

A falta de un manual sobre cómo afrontar con serenidad los vaivenes de la salud infantil, mi mamá vigiló la evolución de las ampollas con la minuciosidad de un relojero suizo y las veía desarrollarse en mi piel, temiendo, como es común entre las primerizas, tener que enfrentarse a problemas más trascendentes que una vulgar pañalitis. Mi papá fumaba su pipa sentado en el sofá de la sala con sus alpargatas y su bigote espeso. Para él esa pendejadita de la pierna eran vainas de muchachos y se me iba a quitar de un momento para otro, sin necesidad de pedirle auxilio a matasanos peseteros ni de estarme untando ninguna pomadita yanqui.

Tras unos días de espera me llevaron a consulta con un especialista que juraba devolverle a la piel de sus pacientes el aspecto saludable que todos merecían. En la cita, luego de una inspección mediocre, el individuo de sonrisa sospechosa, de cuyo cuello colgaba un injustificado estetoscopio, sugirió tomar una muestra de las ampollas para su posterior estudio, y puso a cargo de la tarea a una enfermera inhumana que extirpó de tajo un cúmulo de ampollas, lastimando mi pierna de bebé, y dejando en ella un amasijo de suturas, sangre y esparadrapos, al que más tarde mi papá añadiría su fórmula mágica de yodo, sábila y madecasol.

Insisto: yo no me acuerdo de eso, pero seguramente en alguna escondida parte de mi memoria existen reminiscencias de su rostro. Enfermera maligna. Tiene que haber sido pariente del Silbón para haberme hecho una cosa semejante.

Si la veo alguna vez, y si la reconozco, y si no huye, y si logro alcanzarla, quizá le arranque un mechón de pelo, así, limpiamente, una venganza sin mayores aspavientos.

El resultado que arrojó la biopsia fue un inocente impétigo ampollar cuyos síntomas desaparecieron tras su salvaje extracción.

La cicatriz, esta característica marca circular, plana, extremadamente lisa, que el paso de las décadas no ha podido borrar, se encuentra siete centímetros por encima de mi rodilla izquierda, y siempre la he considerado mi marca favorita. A veces me divierto inventando posibles explicaciones alternas para su aparición. La asocio con la quemadura que podría causar una moneda caliente, o con un sello que si lo ves con detalle dice “Made in Japan”, o con la marca que dejó una pequeña nave extraterrestre al aterrizar sobre mí mientras dormía.

Hoy particulrmente se me hace que es el lugar donde está la pila de reloj que le aporta energía a mis imperceptibles sinapsis.

Conjugándome

Soy YO, Malú, con mis juegos, mis inquietudes, mi testarudez;
Malú con mis cuentos, mis papelitos en los bolsillos, mis lápices de colores, mi torpe manera de cruzar la calle, mi sonrisa constante y mi facilidad para regañar a otras personas.

También soy un poco TÚ, en tu día a día,
leyendo cosas que nutren tu ser, compartiendo un jugo en el cafetín de la escuela, sudando por el calor que hace en la fotocopiadora de humanidades y contando el dinero para que te quede para el metro.

Soy ÉL con sus rollos, su guitarra mal tocada,
su música rara y su lápiz chiquitito;
ELLA con sus aspiraciones, su exnovios, sus medias de muñequitos,
su letra con corazones en las íes y su pelo un poco sucio y despeinado.

Soy NOSOTROS con la esperanza de hacer las cosas bien,
de estar en el rumbo adecuado, de querer el bien común, de no hacer daño;
USTEDES en su ser ajenos, en su pasarme por al lado sin mirarme,
o mirándome sin que me dé cuenta, o mirándome y querer que me dé cuenta, o que no;

Soy ELLOS, en su lejanía escogida.
Porque a fin de cuentas
todos somos uno
y uno es parte del todo.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Guía práctica para divertirse en un parque infantil

1.-Móntese en un columpio o láncese por un tobogán. El truco está en hacerlo como si quisiera suicidarse en el intento.

1.a.- En el caso del balancín, colúmpiese tanto como pueda, hasta que sienta que si se sigue impulsando le va a dar la vuelta completa al tubo. Cuando el miedo comience a sentirse en forma de vértigo, aparecerán las carcajadas nerviosas. En ese momento es hora de saltar al piso (asegúrese de amortiguar con las rodillas para que no le derrumbe el calambrazo del demonio). Déjese caer sobre la grava y termine de reír cuando duelan los cachetes.

1.b.- Para el uso del tobogán es importante no mirar hacia abajo mientras se sube. De lo contrario, sus instintos adultos de supervivencia le impedirán llevar a cabo el proceso completo.
Una vez arriba, revise la superficie del tobogán para asegurarse de que no haya tornillos sueltos y no vaya usted a dejar media lonja de nalga en el acero. Cuando esto esté debidamente verificado, proceda a lanzarse mientras suelta algún grito de guerra, o un simple "AAAAAYYYYY" para que goce más su heróica proeza. Al llegar abajo, tiéndase sobre el suelo boca arriba y mire el cielo. No se va a partir de la risa, pero se va a sentir muy en paz.

2.-Vea a los niños hacer zoquetadas. Con frecuencia los locos esos son más divertidos y sabios de lo que creemos.

3.-Cómase un helado, el más grande.

4.- Si hay una mata de mango, tumbe o recoja uno y cómaselo con las manos. Un dato importante es que la cantidad de diversión es directamente proporcional a la cantidad de mango embarrado alrededor de la boca, manos y franela, pero inversamente proporcional a la cantidad de pelitos atrapados entre los dientes.

5.-Hable con el heladero, pregúntele cosas.

6.-Ofrézcase para ser quien impulse el giro de la rueda del parque. Si los niños le sonríen y le dicen que sí, tiene la diversión garantizada. El truco está en ser un troglodita y darle tan fuerte a la rueda como para que los niños sientan que están en una prueba para pilotos de la NASA. El que estaba acostado boca arriba querrá vomitar y los que estaban sentados sentirán que en cualquier momento van a salir volando. Ese es el momento para alejarse y disfrutar del espectáculo antes de que un padre reclamón venga a molestarle. Si tiene suerte, los niños comenzarán a gritar tan fuerte que aturdirán a sus progenitores y usted podrá salir impune de la escena pasando desapercibido.

7.-Sea usted el compañero de subibaja de algún infante que vaya pasando incauto. Mientras más pequeño, mejor. Así podrá usted reírse con la desesperación de la criaturita cuando note que el individuo más grande tiene el control del subibaja, y además de divertirse un rato, le estará enseñando a su compañero de juegos algo importante para la vida de todo niño: no montarse en un subibaja con alguien más grande que uno. Ojo: está prohibido bajarse del subibaja de sopetón para hacer caer al niño.

martes, 18 de noviembre de 2008

Cuando Muhammad Alí me quiso hacer millonaria


Hoy Muhammad Alí me mandó un correo electrónico informándome que yo, la humilde servidora Malú Rengifo, que trabajo para ganarme la vida y nunca jamás he tenido en mi poder un billete de cien por más de cinco minutos, me había ganado nada menos que 15 millones de libras esterlinas.

Santísimo, ¡que me da el soponcio!

Pero, ya va. Yo soy una tipa lógica, ¿no? Yo me las doy de que analizo con detenimiento cada suceso y no descanso hasta verle las costuras. Así que, cuando ya había superado la etapa de "medio millón para mi abuelito, un millón para mi mamá y uno para mi papá... mmm... a Yrneh no le doy nada porque me tiene embarcada..." decidí que era el momento de pensar si realmente el señor Muhammad Alí tenía algún interés en hacerme millonaria.

Y bueno, me puse a pensar, ¿no? que hasta donde yo tengo entendido el señor Muhammad está enfermito, ¿verdad? A mi saber tiene lo mismo que el flaco de Volver al futuro, que tiembla burda, y esa es una cosa muy fea que tiene un tratamiento muy caro, por lo que mi primera deducción es: El señor Muhammad Alí necesita dinero para sus medicinas. Yo no le voy a aceptar ese regalo, no sea que después no tenga con qué comprarse los remedios.

Bien. La etapa de la conmisceración ya había sido tocada. Luego me acordé de que el verdadero nombre del señor Muhammad era algo así como Calvin Klein, o Casio Cligth, o uno que suena como a reconocida transnacional. Fue entonces cuando sentí miedo. ¿Y si el señor Casio se había cambiado el nombre porque estafó a una de esas trasnacionales y de pronto me estaba regalando el dinero para poder esconderse mejor y echarme ese ganso muerto a mí? Nooooo! Una razón más para no aceptarle el regalo. La etapa de la sospecha estaba abarcando todo mi panorama, y lo último que necesitaba en la vida era ganarme la fama a punta de una estafa multimillonaria.

Ya teniendo dos argumentos pesados en contra de la aceptación de la estratosférica suma, difícilmente podría encontrar uno más fuerte. De pronto sucedió algo que no me esperaba: me vino a la mente la idea de que todo era una trampa de algún enemigo del señor Alí para hacerle perder parte de su fortuna, y que, si yo aceptaba tan generoso premio, el célebre boxeador se tomaría un dosis extra de su medicina contra la enfermedad de Parkinson y vendría directamente a mi oficina a darme un puñetazo mortal como los que lo caracterizaban n sus mejores tiempos de deportista.

En fin, que no reclamé el premio, pero al menos tengo en la conciencia que el señor Muhammed está tranquilito en su casita y no se va a parar de su cama, molesto porque yo le quité 15 millones de libras esterlinas.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Algunas razones por las que un niño quiere crecer


1.-Para poder dejar la comida

2.-Para poder acostarme tarde

3.-Para poder escoger la ropa que me pongo

4.-Para poder decir groserías

5.-Para manejar un carro

6.-Para tener tetas (o poder agarrarlas)

7.-Para salir sin pedir permiso

8.-Para poder comerme todas las chucherías del mundo sin que nadie me regañe

9.-Para no tener más problemas

10.-Para hacer lo que me dé la gana

lunes, 3 de noviembre de 2008

¿Qué es un Monstruo Chico?

Es un peculiar desmedro, miembro de una comunidad de seres extraños, flacos, bajitos y expresivos, que llegaron montados en una idea, producto de un cuento y un dibujito plasmados en servilleta, y ahora tienen el sueño de vivir en compañía de los seres humanos y brindarnos algo de su irreverencia.

"Érase una vez una colonia de monstruos desamparados cuyo único anhelo era el de tener un hogar...", decía el cuento. Pasó el tiempo y ya hay unos cuantos que han logrado su sueño. Sin embargo, debido a que muchos aún esperan el cariño de alguien que los quiera tal cual son, nació la campaña "Adopta un Monstruo Chico", con la cual se pretende proveer de una familia y una vivienda digna a toooodos los monstruos segregados por esta inadecuada distribución de las riquezas que pone el poder en manos de unos pocos (Barbie, G.I. Joe, Sr. Cara de Patata, etc) y deja a otros tantos sin hogar.

Monstruos Chicos no sólo son muñecos. También es ropa, bolsos, cojines y lo que se me vaya ocurriendo en el camino, diseñado y confeccionado por mí, a mucha honra.