jueves, 20 de noviembre de 2008

El impétigo ampollar (primera anécdota dermatológica)


No lo recuerdo. Tendría un año de edad cuando apareció en la parte frontal de mi muslo izquierdo. Dicen que me rascaba la pierna como si con los deditos quisiera hacerme cosquillitas en el fémur, pero tampoco tengo registros de semejante escozor.

A falta de un manual sobre cómo afrontar con serenidad los vaivenes de la salud infantil, mi mamá vigiló la evolución de las ampollas con la minuciosidad de un relojero suizo y las veía desarrollarse en mi piel, temiendo, como es común entre las primerizas, tener que enfrentarse a problemas más trascendentes que una vulgar pañalitis. Mi papá fumaba su pipa sentado en el sofá de la sala con sus alpargatas y su bigote espeso. Para él esa pendejadita de la pierna eran vainas de muchachos y se me iba a quitar de un momento para otro, sin necesidad de pedirle auxilio a matasanos peseteros ni de estarme untando ninguna pomadita yanqui.

Tras unos días de espera me llevaron a consulta con un especialista que juraba devolverle a la piel de sus pacientes el aspecto saludable que todos merecían. En la cita, luego de una inspección mediocre, el individuo de sonrisa sospechosa, de cuyo cuello colgaba un injustificado estetoscopio, sugirió tomar una muestra de las ampollas para su posterior estudio, y puso a cargo de la tarea a una enfermera inhumana que extirpó de tajo un cúmulo de ampollas, lastimando mi pierna de bebé, y dejando en ella un amasijo de suturas, sangre y esparadrapos, al que más tarde mi papá añadiría su fórmula mágica de yodo, sábila y madecasol.

Insisto: yo no me acuerdo de eso, pero seguramente en alguna escondida parte de mi memoria existen reminiscencias de su rostro. Enfermera maligna. Tiene que haber sido pariente del Silbón para haberme hecho una cosa semejante.

Si la veo alguna vez, y si la reconozco, y si no huye, y si logro alcanzarla, quizá le arranque un mechón de pelo, así, limpiamente, una venganza sin mayores aspavientos.

El resultado que arrojó la biopsia fue un inocente impétigo ampollar cuyos síntomas desaparecieron tras su salvaje extracción.

La cicatriz, esta característica marca circular, plana, extremadamente lisa, que el paso de las décadas no ha podido borrar, se encuentra siete centímetros por encima de mi rodilla izquierda, y siempre la he considerado mi marca favorita. A veces me divierto inventando posibles explicaciones alternas para su aparición. La asocio con la quemadura que podría causar una moneda caliente, o con un sello que si lo ves con detalle dice “Made in Japan”, o con la marca que dejó una pequeña nave extraterrestre al aterrizar sobre mí mientras dormía.

Hoy particulrmente se me hace que es el lugar donde está la pila de reloj que le aporta energía a mis imperceptibles sinapsis.

Conjugándome

Soy YO, Malú, con mis juegos, mis inquietudes, mi testarudez;
Malú con mis cuentos, mis papelitos en los bolsillos, mis lápices de colores, mi torpe manera de cruzar la calle, mi sonrisa constante y mi facilidad para regañar a otras personas.

También soy un poco TÚ, en tu día a día,
leyendo cosas que nutren tu ser, compartiendo un jugo en el cafetín de la escuela, sudando por el calor que hace en la fotocopiadora de humanidades y contando el dinero para que te quede para el metro.

Soy ÉL con sus rollos, su guitarra mal tocada,
su música rara y su lápiz chiquitito;
ELLA con sus aspiraciones, su exnovios, sus medias de muñequitos,
su letra con corazones en las íes y su pelo un poco sucio y despeinado.

Soy NOSOTROS con la esperanza de hacer las cosas bien,
de estar en el rumbo adecuado, de querer el bien común, de no hacer daño;
USTEDES en su ser ajenos, en su pasarme por al lado sin mirarme,
o mirándome sin que me dé cuenta, o mirándome y querer que me dé cuenta, o que no;

Soy ELLOS, en su lejanía escogida.
Porque a fin de cuentas
todos somos uno
y uno es parte del todo.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Guía práctica para divertirse en un parque infantil

1.-Móntese en un columpio o láncese por un tobogán. El truco está en hacerlo como si quisiera suicidarse en el intento.

1.a.- En el caso del balancín, colúmpiese tanto como pueda, hasta que sienta que si se sigue impulsando le va a dar la vuelta completa al tubo. Cuando el miedo comience a sentirse en forma de vértigo, aparecerán las carcajadas nerviosas. En ese momento es hora de saltar al piso (asegúrese de amortiguar con las rodillas para que no le derrumbe el calambrazo del demonio). Déjese caer sobre la grava y termine de reír cuando duelan los cachetes.

1.b.- Para el uso del tobogán es importante no mirar hacia abajo mientras se sube. De lo contrario, sus instintos adultos de supervivencia le impedirán llevar a cabo el proceso completo.
Una vez arriba, revise la superficie del tobogán para asegurarse de que no haya tornillos sueltos y no vaya usted a dejar media lonja de nalga en el acero. Cuando esto esté debidamente verificado, proceda a lanzarse mientras suelta algún grito de guerra, o un simple "AAAAAYYYYY" para que goce más su heróica proeza. Al llegar abajo, tiéndase sobre el suelo boca arriba y mire el cielo. No se va a partir de la risa, pero se va a sentir muy en paz.

2.-Vea a los niños hacer zoquetadas. Con frecuencia los locos esos son más divertidos y sabios de lo que creemos.

3.-Cómase un helado, el más grande.

4.- Si hay una mata de mango, tumbe o recoja uno y cómaselo con las manos. Un dato importante es que la cantidad de diversión es directamente proporcional a la cantidad de mango embarrado alrededor de la boca, manos y franela, pero inversamente proporcional a la cantidad de pelitos atrapados entre los dientes.

5.-Hable con el heladero, pregúntele cosas.

6.-Ofrézcase para ser quien impulse el giro de la rueda del parque. Si los niños le sonríen y le dicen que sí, tiene la diversión garantizada. El truco está en ser un troglodita y darle tan fuerte a la rueda como para que los niños sientan que están en una prueba para pilotos de la NASA. El que estaba acostado boca arriba querrá vomitar y los que estaban sentados sentirán que en cualquier momento van a salir volando. Ese es el momento para alejarse y disfrutar del espectáculo antes de que un padre reclamón venga a molestarle. Si tiene suerte, los niños comenzarán a gritar tan fuerte que aturdirán a sus progenitores y usted podrá salir impune de la escena pasando desapercibido.

7.-Sea usted el compañero de subibaja de algún infante que vaya pasando incauto. Mientras más pequeño, mejor. Así podrá usted reírse con la desesperación de la criaturita cuando note que el individuo más grande tiene el control del subibaja, y además de divertirse un rato, le estará enseñando a su compañero de juegos algo importante para la vida de todo niño: no montarse en un subibaja con alguien más grande que uno. Ojo: está prohibido bajarse del subibaja de sopetón para hacer caer al niño.

martes, 18 de noviembre de 2008

Cuando Muhammad Alí me quiso hacer millonaria


Hoy Muhammad Alí me mandó un correo electrónico informándome que yo, la humilde servidora Malú Rengifo, que trabajo para ganarme la vida y nunca jamás he tenido en mi poder un billete de cien por más de cinco minutos, me había ganado nada menos que 15 millones de libras esterlinas.

Santísimo, ¡que me da el soponcio!

Pero, ya va. Yo soy una tipa lógica, ¿no? Yo me las doy de que analizo con detenimiento cada suceso y no descanso hasta verle las costuras. Así que, cuando ya había superado la etapa de "medio millón para mi abuelito, un millón para mi mamá y uno para mi papá... mmm... a Yrneh no le doy nada porque me tiene embarcada..." decidí que era el momento de pensar si realmente el señor Muhammad Alí tenía algún interés en hacerme millonaria.

Y bueno, me puse a pensar, ¿no? que hasta donde yo tengo entendido el señor Muhammad está enfermito, ¿verdad? A mi saber tiene lo mismo que el flaco de Volver al futuro, que tiembla burda, y esa es una cosa muy fea que tiene un tratamiento muy caro, por lo que mi primera deducción es: El señor Muhammad Alí necesita dinero para sus medicinas. Yo no le voy a aceptar ese regalo, no sea que después no tenga con qué comprarse los remedios.

Bien. La etapa de la conmisceración ya había sido tocada. Luego me acordé de que el verdadero nombre del señor Muhammad era algo así como Calvin Klein, o Casio Cligth, o uno que suena como a reconocida transnacional. Fue entonces cuando sentí miedo. ¿Y si el señor Casio se había cambiado el nombre porque estafó a una de esas trasnacionales y de pronto me estaba regalando el dinero para poder esconderse mejor y echarme ese ganso muerto a mí? Nooooo! Una razón más para no aceptarle el regalo. La etapa de la sospecha estaba abarcando todo mi panorama, y lo último que necesitaba en la vida era ganarme la fama a punta de una estafa multimillonaria.

Ya teniendo dos argumentos pesados en contra de la aceptación de la estratosférica suma, difícilmente podría encontrar uno más fuerte. De pronto sucedió algo que no me esperaba: me vino a la mente la idea de que todo era una trampa de algún enemigo del señor Alí para hacerle perder parte de su fortuna, y que, si yo aceptaba tan generoso premio, el célebre boxeador se tomaría un dosis extra de su medicina contra la enfermedad de Parkinson y vendría directamente a mi oficina a darme un puñetazo mortal como los que lo caracterizaban n sus mejores tiempos de deportista.

En fin, que no reclamé el premio, pero al menos tengo en la conciencia que el señor Muhammed está tranquilito en su casita y no se va a parar de su cama, molesto porque yo le quité 15 millones de libras esterlinas.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Algunas razones por las que un niño quiere crecer


1.-Para poder dejar la comida

2.-Para poder acostarme tarde

3.-Para poder escoger la ropa que me pongo

4.-Para poder decir groserías

5.-Para manejar un carro

6.-Para tener tetas (o poder agarrarlas)

7.-Para salir sin pedir permiso

8.-Para poder comerme todas las chucherías del mundo sin que nadie me regañe

9.-Para no tener más problemas

10.-Para hacer lo que me dé la gana

lunes, 3 de noviembre de 2008

¿Qué es un Monstruo Chico?

Es un peculiar desmedro, miembro de una comunidad de seres extraños, flacos, bajitos y expresivos, que llegaron montados en una idea, producto de un cuento y un dibujito plasmados en servilleta, y ahora tienen el sueño de vivir en compañía de los seres humanos y brindarnos algo de su irreverencia.

"Érase una vez una colonia de monstruos desamparados cuyo único anhelo era el de tener un hogar...", decía el cuento. Pasó el tiempo y ya hay unos cuantos que han logrado su sueño. Sin embargo, debido a que muchos aún esperan el cariño de alguien que los quiera tal cual son, nació la campaña "Adopta un Monstruo Chico", con la cual se pretende proveer de una familia y una vivienda digna a toooodos los monstruos segregados por esta inadecuada distribución de las riquezas que pone el poder en manos de unos pocos (Barbie, G.I. Joe, Sr. Cara de Patata, etc) y deja a otros tantos sin hogar.

Monstruos Chicos no sólo son muñecos. También es ropa, bolsos, cojines y lo que se me vaya ocurriendo en el camino, diseñado y confeccionado por mí, a mucha honra.