viernes, 26 de junio de 2009

Mi teoría sobre la muerte de Jackson

Hoy llueve en Caracas como si la ciudad llorara por Michael o por Misia Farrah, y yo, que tengo puestos uno de mis vestiditos de carajita eterna, pago el pato y quedo toda pringada de agua sucia por culpa de esos dos seres que estiraron la pata del mismo modo en que lo hicieron mi abuelo, mi tía política, mi profesor de literatura del bachi, e incluso, mi virginidad, y ninguna ciudad lloró por eso. No es justo. yo habría querido que Caracas llorara por la muerte de mi virginidad. O al menos Guatire, o que se rompiera un grifo en el Museo de los Niños, o algo así, pero ninguna ciudad llora copiosamente si uno no es un ángel de Charlie o un posible pederasta en vías de descomposición cutánea.

No quiero hablar más de ese hombre, en serio. Vamos, que sí me dejó consternada su huída de este mundo, muestra de ello son un par de post que coloqué en mi otro blog (que si pinchan aquí le llegan), pero ahorita, pensando las cosas con más claridad creo que por quienes realmente deberíamos sentir dolor es por sus acreedores, que se quedaron peor que todos nosotros cuando se enteraron de que ya no les iban a dar sus churupos.

Entonces se me ocurrió algo este mediodía mientras me comía un pan dulce sentada en el lobby del edificio en el que trabajo: yo creo que el hombre realmente no está muerto. Creo que se sometió a los efectos de la radiación hasta que se convirtió en algo así como el protagonista de Powder (Pura energía) y desde ahora va a ir por ahí con el pelo rapado electrocutando a cuánto niño se le acerque, en modo de venganza por los 23 millones de dólares que tuvo que darle aquella vez a la familia que lo demandaba por haberle quitado la flor a su hijo.

Repito: sí me da cosa con el hombre. Yo vi Moonwalker no menos de 15 veces y hasta la última vez quedé fascinada, pero George Harrison se murió un 29 de noviembre hace muy poquitos años y en mi ciudad no llovió ni un poquito, y eso me indigna. Yo hubiese querido quedar mojada con la lluvia de un Beatle, pero de un Jackson five no.

domingo, 21 de junio de 2009

Back to the 17 (Y nota del día del padre)

Si existe una máquina del tiempo, justo hoy la conseguí y me monté en ella, pero sin querer.

Resulta que estoy sin novio por este fin de semana porque misifú se fue a visitar a su papá por el fin de semana del día el padre. Esta situación trajo como consecuencia varias cosas, de las cuales sólo mencionaré las que recuerdo justo ahora que tengo unos cuantos vasitos de tequila en la panza, y que son:

1.- Remordimiento de conciencia por no haber ido a visitar a mi papá, que vive a 700 Km de la ciudad en la que vivo.

...

Sí, bueno, no recuerdo muchas más consecuencias, pero voy a lo de la máquina del tiempo:

¿Alguna vez, como a eso de los 18, tuvieron una época en la que solían conocer gente todo el tiempo, caminar por la ciudad sin rumbo alguno, sobrevivir a robos, atracos, atropellamientos de automóviles y llegar casi a media noche, acompañada de tres sujetos de grata conversación, a la casa de una de sus amigas más queridas a tomar cuanto tipo de alcohol hubiera, mientras la conversa paseaba desde la política, la música y la familia, hasta anécdotas sobre manualidades y álbumes de barajitas?

Bien, yo sí.

Y justo hoy hice eso.

Además Eva tiene internet en su casa y puedo aprovechar para contarles esto.

La vida es hermosa, en serio. Incluso cuando el atraco de hoy me tiene asustada todavía.

Nos quitaron 25 bolívares, lo que es equivalente a un tercio del dinero que me queda para vivir de aquí al 30, cuando cobro.

Sí, está claro que estoy muy corta de dinero, pero el tema es que estamos vivas. Pobres, pero vivas. Y a Guille sólo le quedó un rasguño en el cuello, que le hico el horroroso drogadicto que nos atracó.

Me gusta esto de ver a mis amigos de la juventud (aunque sólo tengo 22 y se supone que sigo siendo joven)

En fin, la vida es feliz. Justo ahora roberto toca Blackbird en la giutarra y eso me hace recordar a Miguel, persona a la que le tengo mucho cariño y espero que un día él demuestre lo mismo por mí.

La vida es hermosa.
Y Daniel lo es más aún =)

...

Papá, tú eres más hermoso que todos, y te quiero muchísimo.
Eres la persona a la que más amo en el mundo, en serio. Siempre te tengo presente, y hablo de ti. Los recuerdos contigo son lo que ás atesoro en la vida, pese a los pocos.
Eres lo máximo. Gracias por eso.(ese señor que come helados y me mira raro es mi papá)

Feliz día, José Enrique =)

con amor,

Malú.

sábado, 23 de mayo de 2009

Decálogo depresivo

Debo reconocerlo: no soy un ser social. Pero no es cuestión de antipatía irremediable, sino de unas constantes ganas de que me dejen en paz, aún cuando no haya nadie jodiéndome la paciencia.
No me iporta ser la que se desaparece por tres meses de la vida de otra gente, ni me han dolido os tres celulares que me han robado este año dejándome desconectada del mundo exterior. Quizá parezca soberbio, pero la verdad es que tal actitud sólo responde a la costumbre de que nada dure mucho tiempo en mi vida. Y a continuación voy a enumerar algunos ejemplos de tal situación:

1.-Tuve una muñeca cantante traída de USA que me duró 20 minutos. La vecinita del piso 2 accidentalmente le arranco las piernas.

2.-Tuve una braga negra que amé con profunda devoción durante como dos meses, hasta que la naturaleza se encargó de hacerme nager nalgas donde no había más nada y el pobre trajecito me quedó chico.

3.-Tuve el primer lugar en ortografía de todo el estado Miranda, y el segundo lugar nacional en el años 2002, pero la fama me duró tres minutos, porque no era un premio iportante para nadie :(

4.-Tuve una guitarra a la que el novio de mi hermana le cayó encima abriéndole un hueco en... no, mentira, no le abrió un hueco, la volvió astilas y ya.

5.-Tuve muchos CD's y zapatos hasta que un dia tdos se fueron a la mierda cuando se cayeron de una camioneta Pick Up en un viaje a una ciudad lejana.

6.-Tuve muchas casas... bueno, no eran mías, pero a lo laro de mi vida he residido en no menos de 25 lugares diferentes (sin exagerar), y lo mismo ha pasado con mis colegios y universidades. De esto sólo he sacado un par de cosas: un montón inimaginable de conocidos y una especie de envidia sana hacia las personas que conservan a la gente de su infancia.

7.-Tuve muchos pares de zarcillos... ahora sólo tengo muchas unidades de zarcillos.

8.-Tuve proyecciones a futuro, ahora sólo tengo un presente contra el cual luchar para salir de él de la mejor forma posible.

9.-Tuve ideas geniales que pinté y luego vendí sintiéndome mal por preferir el dinero que la belleza.

10.-Y tuve un blog que podía actualizar a diario. Ahora sólo tengo un trabajo donde blogger es una página tabú :(


Espero volver pronto,
de verdad lo espero.

Malú,
Aguakina y zumo de Zanahoria

miércoles, 8 de abril de 2009

Boxing girl

No, no es maquillaje...
Andén vía Palo Verde, estación de metro de Chacaíto.
Miércoles santo de 2009, 10:45am (aprox.)

Un bululú para salir. El servicio de trenes entre Chacaíto y Los dos caminos se encuentra suspendido debido a reparaciones de la vía férrea, por lo que están desalojando en esa estación a todo el rebaño de personas que viajan en dirección este de la ciudad, causando la interrupción indeseada de su no cómodo, pero sí veloz -en un buen caso- viaje, y poniendo en riesgo a decenas de viejitos y minusválidos que de pronto se ven atrapados dentro de una estampida comparable a aquella que destrozó la casa de los Parrish en Jumanji.

Y resulta que yo detesto las multitudes, y también detesto que los miembros de éstas tengan el mínimo contacto físico con mi persona, sobre todo cuando se trata de contacto piel con piel. ¿Neurosis? Sí, y a mucha honra, ya que es justamente este desequilibro el que me permite llenarme la boca de orgullo al decir que yo jamás he empujado a nadie para entrar a un miserable vagón del subterráneo.

Pero el tema de la entrada al tren no es el que importa, sino el de los acontecimientos que se desencadenaron ese día cuando al dirigirme a las escaleras del tren me vi convertida en el relleno de un sánduche en el cual el trozo pan de adelante era un invidente y el trozo de pan de la parte de atrás era una mujer enorme con los niveles de testosterona elevados a una proporción insana.

Resulta que el invidente caminaba despacito, y que yo no tenía ningún problema en seguirle el ritmo a medio metro de distancia para no molestarlo, pero la mujer de atrás parecía estar en medio de una crisis de claustrofobia que la llevó a empujarme por la espalda hasta que, tras hacerme voltear para explicarle la situación con el invidente, me propinó tres puñetazos en la cara que, además de dejarme con el aspecto de alguna de las rivales de Hilary Swank en Million Dolar Baby, también me privó de la posibilidad de ver el mundo con claridad a través de los cristales de mis lentes.

En fin, menos mal que yo no soy católica, porque si algo hice esta semana santa que debería haber escrito con mayúsculas fue proferir maldiciones e imaginar todo tipo de muertes terribles para la vieja bruja esa.

Ojalá la aplaste un camíon de cochinos...

...y que le dé tétano.

domingo, 29 de marzo de 2009

Propósito

Cuando no pueda más con esta espera, con el dedo índice derecho dibujaré un te extraño indeleble entre el polvo del vidrio de tu carro

sábado, 28 de marzo de 2009

Pesadilla

Anoche soñé que un malandro me mataba de un tiro en la coronilla porque me quería quitar el celular y yo le pedía el favor de que no se lo llevara, que este año es el tercer celular que tengo (a tasa de un celular por mes) y que no tengo dinero para comprar otro.

Fue insólito, me desperté cuando sonó el disparo, que por cierto lo sentí como dentro de mi cerebro. Sin embargo no abrí los ojos, sólo salí al estado de vigilia con un dolor caliente en la cabeza y tuve miedo de abrir los ojos porque todo había sido tan real que mi primer pensamiento al despertar fue algo parecido a "¿estoy muerta? ¡la muerte casi no duele! ¡y es rapidito! ¡y además sigo teniendo consciencia!", pero me daba miedo abrir los ojos por no querer ver en dónde me encontraba ahora acostada boca abajo. Fue entonces cuando tomé consciencia de que también tenía cuerpo, y justo en ese momento escuché la voz de mi mamá enumerando las cosas que hay en la nevera para comer. "Estoy viva", me dije, y abrí los ojos.

Qué alivio estar viva. Esta mañana me di cuenta de que lo que me da miedo no es la muerte en sí, sino no saber qué es lo que pasa después... si es que pasa algo.

Los gatos

Llegábamos todas las noches y encontrábamos los gatos comiéndose la comida y tumbando los platos de la repisa. Al principio eran dos o tres, pero con el paso de tiempo la suma iba alcanzando la decena de individuos, y fue entonces cuando mi papá decidió que no podíamos vivir con esa cantidad de intruso llenándonos la casa de excremento, pelo y caos sin que termináramos todos por enfermarnos o volvernos locos.
Las trampas no funcionaron, como tampoco lo hicieron las drásticas medidas que tomó mi mamá para mantener a buen resguardo las provisiones de alimento que con frecuencia eran atacadas por los animales. Sin embargo existía el argumento de que los gatos ayudaban a mantener la casa limpia de roedores, cucarachas y demás plagas, pero los beneficios no bastaban para aguantarse la sarta de molestias que precedían a las visitas de nuestra propia manada de felinos salvajes.

Esa última noche llegamos de Caracas, cansados, con mi papá llevando a Mafe dormida entre los brazos, la cabeza sobre el hombro de él, la boca abierta y el círculo de baba en la camisa. Abrimos la puerta y estaban allí todos, eran trece. Recuerdo cuáles fueron las groserías que despertaron a mi hermana, pero no hace falta repetirlas, lo cierto es que mis papás nos acostaron a dormir temprano a las dos y poco tiempo después escuché los susurros. Eran breves y secos, tan secos que aunque lo estoy intentando no logro encontrar una metáfora posible para tal sensación, pero creo que podría compararlos con el sonido de las cuerdas de saltar cuando dan contra el piso.

Fueron mucho más que trece, ¿veinte, tal vez?. Certeros y destructivos entraron casi todos por la cabeza de alguno de los trece gatos. El rifle que poco tiempo después yo misma usaría para jugar a tumbar latas en un finca de Cúpira había matado a trece animales en una misma noche y sólo hoy, catorce años después, me doy cuenta de eso.

Los cadáveres nunca los vi. Estoy segura de que mi papá recogió los pocos que habrán muerto dentro de los linderos de la casa, porque nunca tuvimos señales olfativas que nos revelaran la presencia de los restos de ninguno. Pero los pueblitos de sudamérica se traen ocultos una serie de conjuros que jamás podremos conocer del todo, y aquello lo supimos poco tiempo después, cuando regresó el primero de los gatos. Uno por uno, cada dos o tres noches, se iban sumando de nuevo a la imperturbable manada de mininos salvajes que entraban y salían de la casa por las noches -con el único propósito de volver mierda la estancia- hasta que, pasado poco más de un mes, los trece habían conseguido el camino de regreso y se reunieron como antiguos compañeros de batalla.

Al principio teníamos miedo de caminar por las noches y atravesar sin querer alguna de aquellas incorpóreas figuras felinas. Luego Mafe y yo tratamos de jugar con ellos y entendimos que no sentían simpatía hacia nosotras. Con el tiempo han dejado ya de perturbar la paz y sólo se dedican a pasarse la noche echados en los muebles de la sala, cuyas marcas de arañazos ya son casi tan evidentes como el olor a rancio y a toxoplasmosis que caracterizan la especie.

También nos hemos ido quedando un poco solos. Por mucho que nos hemos mudado de casa los gatos siempre terminan por encontrarnos y todo el cuento vuelve a comenzar. Así que ya estamos resignados a la maldición de recibir las visitas únicamente de día, a fin de cuentas es comprensible que a nadie le guste el frío que se siente correr por el espinazo cuando, sin apenas notarlo, llegan las nueve de la noche y el fantasma de un gato se te sienta en las piernas pidiendo que le rasques las orejas.

martes, 24 de marzo de 2009

Promesa:

Este blog muy pronto volverá a su ritmo habitual de publicación.

Discúlpenme. Yo los extraño más de lo que ustedes me extrañan a mí.

Malú

viernes, 6 de marzo de 2009

Secreto:


Yo tengo un ciberamigo. Es el único que he tenido en mucho tiempo, y el único que no ha sido venezolano creo que en toda mi vida.
Hace días que no hablo con él porque en mi trabajo nuevo no me puedo conectar. Es triste. Conversar con él era como pasear por lugares nuevos todos los días. Me entretenía con sus canciones y me contaba acerca de los amores de su vida mientras yo me preguntaba si alguien en el mundo le hablaría así de mi a otras personas.
Me hace mucha falta, y creo que no me basta reemplazarlo con el Google Earth.

jueves, 26 de febrero de 2009

Mafe y sus canguros

Entramos mi hermana Mafe y yo a un centro de comunicaciones CANTV hace unos ocho o nueve años. Pido una cabina, la encargada me señala que no tiene llamadas al exterior y yo le digo que no importa. Me extiende la ficha, la tomo y busco la puerta correspondiente a mi número. Mafe camina detrás de mí y mira dubitativamente un cartel azul y negro con un canguro en el centro

– Malu, ¿qué es eso de “Zoom”?

–Una empresa de correos. Hacen envíos y encomiendas, como MRW.
– Aaahhh… y, ¿por qué tiene un cangurito?

Me muerdo pensativa el labio superior y sonrío mientras planeo mi estratagema. Casi inmediatamente improviso:

– Porque Zoom es una empresa australiana que está implantando un nuevo método de distribución del correo. Algo un poco cruel, pero muy novedoso en América.
– ¿Y qué método es ese, Malú?

– Ay, Mafe, ¡tú no sabes nada! en Correo Zoom tienen una flota de canguros amaestrados traídos de Australia que reparten el correo por todo el país. Por eso es tan caro hacer un envío.
– Pero, ¿por qué nunca los vemos?, yo nunca he visto uno... y ¿cómo saben ellos a dónde llevar las cosas?
– Bueno, obvio que no los vemos porque a nosotras no nos dejan salir de noche. Los canguros reparten la correspondencia de madrugada, tipo dos o tres de la mañana cuando las carreteras y autopistas están más vacías y hay menos riesgos de que los atropelle una gandola. Además los canguros son más o menos agresivos. La empresa no puede arriesgarse a que un bicho de esos golpee a alguien, o lo muerda.
– Ahhh… ¿tú has visto alguno?
– Sí, una vez hace tiempo, cuando tenía como once años. Vivíamos en la casa de Mucuchíes, yo salí a regar las matas de tomate, y vi una cosa que estaba tocando la puerta de la señora Herminia, resulta que era un canguro, yo quería ir a verlo y a tocarlo, pero no encontré las llaves, y cuando me volví a asomar ya no estaba.
– Cónchale, que chimbo, yo quiero ver un cangurito de esos un día… pero mira, ¿y dónde llevan los paquetes?
– En la bolsa de la barriga, Mafe. En donde mismo llevan a los bebés

– Ahhh… que bonito… pero, ¿y no es más rápido un carro?
– Bueno, sí, pero yo tengo entendido que en Zoom usan los carros para los paquetes grandes, y los canguros para las cartas, y eso… Además creo que en Australia la gente es muy conservacionista, fíjate: un canguro no contamina, no echa humo ni nada, lo único que hace es pupú, pero eso es biodegradable, y así no le tienen que pagar a un chofer, ni nada de eso.

– Y si yo me quedo despierta hasta tarde, ¿podré ver uno?
– Puede ser, pero no es seguro, aquí todavía la gente no confía mucho en los canguros, por eso no es muy usual verlos por ahí. Mi papá una vez me contó que estaba viajando y casi atropella a uno, le puedes preguntar.


Pienso en que tengo que hablar rápido con mi papá para que me siga la corriente.
– ¿Mi papá también vio uno?, ¡ay, yo quiero verlos también!... mira, ¿y cómo saben los canguros para dónde tienen que ir? Ellos no saben leer…
– Yo no sé mucho de eso, no sé como es la cosa, pero creo que les ponen algo así como un collar que se guía por unas ondas que manda un satélite. Una cosa toda tecnológica ahí.
Mira, Mafe, salte un momento que voy a hacer una llamada personal.
– Ay, sí, como si yo no supiera que vas a llamar a un novio
– ¡Salte pues!

Llamo a mi mamá y a mi papá, les cuento todo el asunto de los canguros, se ríen y me prometen seguirle el juego. Cuelgo. Son dos mil cuatrocientos bolívares de los viejos, un dineral en llamadas para esa época. Pago. Paseamos un ratito y nos vamos a la casa donde mi mamá está cocinando

¡Adivinen qué vamos a comer! -nos dice como si realmente creyera que nos va a costar adivinar
Arroz con pollo… –decimos Mafe y yo al unísono y con voz desesperanzada. Mi mamá se ríe y acota que también tajadas y jugo de guachita (brebaje de color, textura, olor y sabor sospechosos, hecho a base de guayaba, parchita, azúcar y agua. En el peor de los casos se le incluye “accidentalmente” una remolacha, zanahoria, tamarindo, piña o cualquier vegetal que pasaba de casualidad por el mesón de la cocina) Mafe me mira, ve a mi mamá y pregunta:

–Mamá, ¿es verdad que hay unos canguros que reparten el correo?
– Sí, pero eso es muy caro, ¿qué quieres mandar?, ¿algo para tu papá?
– No… ¿y es verdad que sólo andan de noche?
– Sí, Mafe, pero eso es muy caro. ¿A quién le quieres mandar un paquete? A mi eso me parece muy triste, que estén trayendo esos pobres animalitos a estar corriendo riesgos en las carreteras…
– ¿Y tú los has visto?
– No, yo no, pero tu papá dice que él vio uno en la carretera y que casi se lo llevó por el medio
–Aahhh… Malú dice que también vio uno una vez en la casa de Mucuchíes
– ¿Sí, Malucín?, ¿tú también los has visto?
– Si, pero hace tieeeeempo– Trato de no reírme
– Le voy a preguntar a mi papá cómo hacen para saber a dónde llevar las cartas…

Comemos. El tema se olvida por unos días hasta que viajamos a El Sombrero. Cuando Mafe le pregunta a mi papá lo de los canguros él prende la pipa, como suele hacer cada vez que nos sentamos a conversar.

–Hija,– le dice –a mí eso me parece una aberración, tener esos pobres animales en ese estado, una criatura que vive tan lejos y tan libre…– las palabras se escuchan raras porque habla sosteniendo la pipa entre los dientes. – Pero yo tengo entendido que ellos tienen unos collares que los orientan por medio de unas microondas. El satélite les envía una señal y ellos simplemente se guían por ahí. A las cartas se les mete un chip adentro que emite una señal negativa si la carta está siendo entregada en la dirección equivocada. Eso es todo un proceso, a mí me parece un proyecto bien interesante, pero esos canguros deben sufrir mucho, eso no es un animal de trabajo…

Y pasa el tiempo. Mafe está convencida del asunto de los canguros del correo Zoom, y de vez en cuando vuelve a hacer preguntas, o trata de pillar alguno entregando paquetes por ahí. Andrea pone de su parte. Es menor que yo, e incluso que Mafe, pero mucho más suspicaz y sabe bien que esa historia no puede ser verdad. Sin embargo no dice nada y espera. Sólo espera.

Uno o dos meses después nos encontrábamos de nuevo en El Sombrero, en la casa de la esquina, la última en la que vivió mi papá estando en Guárico (antes de eso vivía en la casa rosada, donde se ahorcó Azabache y a mí me dio dengue, donde hicimos la chicha esa horrible que luego nos tuvimos que tomar para que mi papá no se molestara, y donde yo me pasaba todas las horas de la madrugada buscando novio en CANTV.net; antes de la casa rosada, en la casa del cementerio, donde estaba el tanque verde ese donde chapoteábamos entre zancudos y yo sacaba las muestras para ver en mi súper microscopio ultrapotente híperestrambótico que me regalaron en navidad, y donde yo vivía con miedo porque le tengo pavor a los fantasmas, y si saltabas el muro, caías en una tumba; y aún antes, nos quedábamos en un hotel, porque mi papá vivía alquilado en un cuchitril con otros señores, porque no podía darse el lujo de pagar una casa él sólo. Menos mal que las cosas mejoraron) y bueno, Mafe llegó con un portazo horroroso y la cara roja, armando un saperoco fenomenal que no entendí sino hasta minutos después: El correo Zoom.
–¡TÚUUU!, ¡ME ENGAÑASTE!, ¡ME HICISTE QUEDAR MAL DELANTE DE TODO EL MUNDO!, ¡HASTA GUILLERMO ME VIO CARA DE IDIOTA!, ¡SE RIERON DE MI CUANDO LES CONTÉ LO DE LOS CANGURITOS DEL CORREO ZOOOOOMMMM! O__O GGGRRRR!!!!

Mi primer impulso fue revolcarme en el piso de la risa, pero a juzgar por la situación el más mínimo esbozo de jocosidad pudo haberme costado una cachetada playera. Mi papá sí se atrevió a reirse, y a decir “Qué pendeja, qué Zaranda tan pendeja” sosteniendo la pipa entre los dientes.

Con el pasar del tiempo la historia se ha convertido en un hito familiar. Actualmente hasta Mafe se ríe de sí misma recordando la anécdota. Yo, en cambio, cuando evoco aquella época lo que siento es una especie de melancolía rara. En ese momento no me dí cuenta, pero fue como si un pedazo de niñez abandonaba la casa a medida que mi hermana iba reclamando el engaño.

Hoy tengo 22 años, Mafe cumple 20 en poco más de dos semanas y Andrea ya debe estar por los 18. Tal vez sean ideas mías, pero si de algo estoy segura justo ahora, es de que los canguros de Zoom hace rato que trotaron hasta Australia para nunca regresar.

lunes, 16 de febrero de 2009

Imaginarium





Se sentó en la silla con su frappé de Nestea y jugó a dibujarte como un holograma sentado frente a ella, asegurándose de poner epecial atención en recordar tus texuras. De nada sirvió, una insolente voz interrumpió el ejercicio eliminando por completo cualquier posibilidad de materialización mágica con el pretexto amargo de necesitar la silla vacía. Ella, que ya estaba acostumbrada a la inocente imprudencia de los mortales, levantó la mirada lívida, asintió con la cabeza al delgado estudiante cuya mano, apoyada sobre el lugar de la silla donde debería descansar tu omóplato izquierdo, era casi tan despreciable como el hecho de haber roto un ritual de visualización mágica, y, una vez que entendió que ese intento tampoco había sido el definitivo, tomando el bolsito azul con una mano, y el Nestea con la otra, se puso de pie, intentando rehacer el recorrido que, en alguna lejana ocasión, hicieron juntos teniendo como última estación una pequeña conversa con galletas en el restaurancito de los carteles amarillos. Tú tenías una franela anaranjada, ella, el cabello suelto y la mirada encendida.



martes, 10 de febrero de 2009

Rodilla de cucaracha (6ta anécdota dermatológica)

La bicicleta blanca estaba como nueva. Había sido de mi prima, pero casi no tenía huellas de su uso, sólo los cauchos, un poco lisos y de color blanco curtido, daban señales de haber sido usada alguna vez. Estaba muy feliz, tenía una bicicleta nueva.

Los pies me llegaban a un solo pedal a la vez, el que estuviera más arriba. El número veinte en los rines indicaban que el codiciado artefacto aún era algo grande para una niña como yo, pero no importaba. Manejaba parada, con el riesgo latente de golpearme con el tubo, y sólo me sentaba cuando tenía el impulso suficiente para no pedalear unos segundos.

El sistema de frenos era a contra pedal, una maravillosa novedad para lucir ante los usuarios de simples frenos manuales, aún cuando este sofisticado mecanismo de detención sólo aplicaba para la rueda trasera. El asiento y la pintura también eran color blanco, la máxima expresión de la elegancia, nada que ver con la antigua bicicleta verde grama, modelo años cincuenta que, con sus 16 pulgadas de diámetro en cada rueda, ya no representaba ningún desafío para una niña como yo.

Mi papá había llegado en la noche con el regalo montado en la parte de atrás del Jeep amarillo. El estacionamiento estaba solo y, contento por mi euforia, me acompañó a dar unas cuantas vueltas de familiarización, que se prolongaron hasta la una de la mañana. Yo me sentía como una súper heroína, como una niña audaz con una bicicleta monumental. No me bajaría de ella más nunca, a menos que tuviera que comer, dormir o hacer del uno y del dos. En adelante tendría aventuras interminables con mi nuevo vehículo, lo podía presentir en el susurro suave de la cadena, en la acolchada sensación de los manubrios y en el Tigre Tony, que se sujetaba con fuerza de los rayos mientras la rueda delantera giraba a incontables revoluciones por minuto.

Esa misma noche antes de dormir, repasé cada movimiento de mis horas de práctica. Ya dominaba el problema del tamaño y había ingeniado una técnica de pedaleo eficaz que me permitía, incluso, conducir sentada. A la mañana siguiente trataría de superar el miedo y me lanzaría a una odisea riesgosa del otro lado de la urbanización. Para ello necesitaba descansar. Cerré los ojos y comencé a soñar con bicicletas de todos los tamaños y colores.

La mañana del domingo se perfiló perfecta para dar el gran paso: trascender los límites del primer estacionamiento y atreverme a tomar la bajada empinadísima que unía los tres aparcaderos del conjunto residencial.

25 grados de inclinación parecen ser poco, pero aquella cuesta era temible, larga. Presentaba peligros de numerosas índoles, siendo el más intimidante ese paredón final cuyo doloroso impacto sólo podía evadirse con un giro repentino hacia la transversal, siete metros antes de chocar.

La cosa no era fácil. Luego de dar la curva había que esquivar tres huecos profundos, una alcantarilla rota y un desfiladero de treinta metros de alto, adornado por un único araguaney, que daba hacia las ruinas de un seminario en construcción.

Evalué cada parte del trayecto con minuciosidad. Sabía que daría la curva en el momento indicado, eso ya lo había logrado con el triciclo y la bicicleta verde. Lo que temía era no poder frenar a tiempo e irme rodando por el barranco, pero igual quise tomar el riesgo para sentirme valiente. Ya todo estaba listo.

Saqué la bicicleta del apartamento y caminé en cámara lenta imaginándome una fanfarria que me acompañaba hasta el punto de partida. Solía hacer películas en mi mente, y el recurso de slow motion lo utilizaba tanto para los momentos de gloria como para los gazapos más terribles. Pero ese era un momento grande, de los buenos. En pocos minutos sería una kamikaze sobreviviente, una heroína del ciclismo.

De pronto el ambiente se torna absolutamente cinematográfico. Dos franjas negras se ubican el la parte superior e inferior del escenario y una multitud ficticia aplaude mientras camino por el patio del edificio hasta la escalera de tres peldaños donde mi hermana se puso un diente negro tras un golpe seco contra un escalón. Bajo por los escalones y la bicicleta rueda, a mi lado, por el canal de desagüe. Oriento mi vehículo hacia la bajada que llega al primer estacionamiento. La idea es tomar impulso desde allí para llegar con buena velocidad a la gran cuesta y hacer más heróica la victoria. En un instante, ese mono azul marino “brinca pozo”, de cuando estaba en segundo grado, y mi franela de Tiroloco McGrow, se convierten en un aerodinámico traje de ciclista profesional.

La muchedumbre hace un silencio repentino. En la escena, yo, una niña de nueve años, paso la pierna derecha por encima de la bicicleta hasta tocar el piso del otro lado con la puntita del pie.

Cámara lenta. Un segundero de reloj se escucha a lo lejos. Subo la pierna izquierda, elevando el pedal correspondiente con la punta de mi pie. El ruido de la cadena exacerba el suspenso del momento. Está todo listo. Apoyo el pie levantado en el pedal y lo empujo hacia abajo hasta pararme sobre él, con la bicicleta moviéndose lentamente.

El ruido regresa. Gritos y ovaciones salen de todas partes en ese enorme estacionamiento vacío. Respiro bocanadas de aire dominical y siento el corazón en los oídos tapados por la excitación. Primera curva. Quince metros más y entraré a la cuesta final. Acelero. Acelero más.

Desde el punto de partida se puede observar, al final del camino, un hombre con un balde. “Quítese o lo atropello, señor” digo en voz baja sabiéndome una temeraria ciclista y manteniendo la aceleración.

En cámara aún más lenta, observo desde mi bici cómo el hombre se aproxima a un carro en toda la esquina de la curva del paredón. “¿Qué va a hacer éste?”, pienso, y frunce el seño a la vez que abro mis ojos pequeños con un leve toque de preocupación.

El hombre levanta el balde cinco segundos antes del punto crítico de la carrera, lo balancea ligeramente hacia atrás y, sin darse cuenta de las posibles consecuencias de su acción, vacía el contenido del tobo sobre el Lada vinotinto, inundando el piso en un diámetro de dos metros, que invade peligrosamente el área de giro seguro, antes de chocar con el paredón.

Una expresión de pánico se me dibuja en la cara. La multitud hace un silencio expectante, se oyen los pedales girar en dirección contraria, hasta que ya no es posible seguir dando vueltas. El sistema de frenos ha sido activado.

Deja vú. Inercia. Slow motion. “¿Cómo llamar a esto que está pasando?” dice una voz dentro de mi mente un nanosegundo antes de presionar el botón de la cámara rápida. De pronto, flashback. La imagen del velocípedo rojo y el recuerdo de haber tenido una papa en la frente, hacen que suplique por la salvación de mi alma. Click. Cámara rápida.

Todo pasó a tal velocidad que no sentí ni un ápice de dolor. La rueda delantera, desprovista de frenos, continuó su trayecto halando a la de atrás. La lisa superficie de los cauchos colaboró en el patinaje sobre el agua, y la rodilla izquierda fue el instrumento de aterrizaje de los treinta y cinco kilos que constituían mi peso para aquel entonces.

Tras asumir la derrota, me levanté del pavimento y me enrumbé, abochornada, al edificio A, buscando una buena excusa para darle a mi papá por la caída. Un trozo de tela colgante en el mono dejaba ver la pierna ensangrentada moviéndose con cautela en el trayecto de subida por la cuesta. Unos pocos metros atrás, el pellejo completo de mi rodilla infantil decoraba tétricamente el asfalto mojado.

El hombre del balde de agua no ofreció ninguna ayuda. Yo llegué al apartamento cinco minutos después, toqué como visitante la puerta de mi propia casa y esperé sentada frente al apartamento a la salida de Enrique, mi papá, quien al verme allí tirada me miró con una expresión que contenía toda la fuerza suficiente como para hacerme saber que no quería que le diera ni una sola explicación.

Los métodos de curación de mi padre nunca habían sido los más ortodoxos, pero pese a todo funcionaban milagrosamente bien. Esta vez, la tradicional nalgada fue propinada con mayor cautela, para evitar infligirme daño sobre la pierna afectada.

Un “¡Ándate a bañar!” vociferado a decibeles insanos, desencadenó mi terror, provocando una pataleta cobarde que no sirvió para nada, ya que, de igual modo, Enrique abrió la ducha y me metió, aún con la ropa puesta, bajo el torrente del agua.

El tratamiento esta vez consistió en compresas de sábila fría y Madecasol. Mi mamá no estaba allí, por fortuna en ese entonces vivía en Maracay. De haber visto la herida recién lavada, habría querido enviarme a acerme uno de esos tratamientos con gusanos que se comen la carne mala de la gente, realizarme un implante cutáneo y ponerme una rótula nueva, entre otras cosas.

Pero la cosa no fue tan grave. La piel de los niños se regenera casi tan fácil como una planaria cuando se pica en dos, y pasado un tiempo, la rodilla se cubrió de una costra negra y seca que apenas manaba pequeñas gotas de sangre cuando se flexionaba.

El día en que la costra se desprendió de la nueva piel sana, yo aún estaba durmiendo. Al despertar me senté sobre la cama y sentí bajo mi pierna la presencia de un objeto cuya rugosa textura me hizo evocar la vez lejana en que pisé accidentalmente una cucaracha con los pies descalzos. Grité. Busqué una chancleta de mi hermana y aplasté varias veces al intruso contra la superficie del colchón. No pasaba nada. Revisé más de cerca y noté que era la costra. No se había roto. Muy contenta con mi hallazgo la tomé con una de mis manos y fui a mostrársela a mi papá, que me sonrió gentil con la pipa entre sus dientes y me dijo: “¡Cónchale vale!, ¡mi papá tenía razón!”, imitando una voz infantil, mientras me pellizcaba la barriga.

La costra la guardé durante tres meses en la alcancía de los recuerdos atesorables, hasta que se desarmó. La piel nueva, anormalmente rosada y brillante, se fue acostumbrando a la acción del sol hasta convertirse en una mancha apenas perceptible que cubre actualmente la mitad de la rodilla. De resto no hubo cicatriz de ningún tipo, sólo queda la historia para narrar en las reuniones familiares y quizá para escribirla en un decálogo de cuentos.

lunes, 2 de febrero de 2009

2-F: albedrío laboral.


Hoy no hubo trabajo por decreto presidencial. La nota de prensa que leí (y que misteriosamente era igual en muchos de los diarios del país) decía algo así como que el que trabajara hoy iba a ser penalizado con tremenda multa, por no hacer una cita textual, cosa que me da flojera.

Bien. La verdad, para ser honesta, es que le agradezco muchísimo al señor presidente que haya hecho ese decreto. Lo que no le agradezco es que me venga a multar si trabajo, porque ¿saben? este fin de semana es mi mercado de diseño y uno de los socios echó el carro (significa que no está trabajando), el otro ya terminó casi toda su parte del trabajo, lo que quiere decir que tengo mucho, pero muchísimo qué hacer, y tomando en cuenta que las cosas en la oficina están fuertecitas, digamos que suficiente tiempo no tengo.

Entonces yo digo, ¿me va a venir a multar el ministerio si trabajo aquí en mi casa el día de hoy? porque bastante que tengo pendiente por coser, y no me he podido poner a dar una sola puntada por miedo a que la multa me salga más cara que la ganancia neta del evento del fin de semana, y si a ver vamos está bien, que es día feriado y que puedo no ir a trabajar a la oficina, pero al menos tengo derecho yo, como dueña de mi propia nanoempresa, a decidir si ponerme a producir Monstruos Chicos o no.

¿Tienen derecho las sanciones pecuniarias a coartar el libre albedrío?, o en caso contrario, ¿tienen derecho empresas como Globovisión a exigirles a sus empleados la asistencia al lugar de trabajo en un día que, independientemente de los motivos, fue declarado por el gobierno como día feriado? La segunda pregunta me parece aún más importante en este momento, porque ahora que lo pienso, esa gente que fue a trabajar el día de hoy puede exigir el pago de su día doble, como es el caso de los que rabajan los domingos, pero eso sería una aceptación del decreto, y por ende una traición al patrono opositor que considera que el 2 de febrero no tiene nada de célebre.

Debo acotar que en este texto no estoy manifestando mi apoyo a ninguna de las dos posturas, sino mi inquietud ante el dilema, que verdaderamente es mucho más profundo del que yo misma me puedo imaginar. Como les dije, no fui a trabajar a la oficina el día de hoy. Anoche hablé con mi jefe y él no estaba enterado de nada de lo del decreto, así que me dijo "mañana vemos, Malu, déjame hablar con los muchachos (otros jefes), y te aviso" y con un deseo de buenas noches se despidió. Yo hoy me levaté temprano como todos los días laborales, pero afortunadamente mi jefe me escribió un sms antes de que tomara rumbo a la oficina y me pude quedar tranquila en casa para coser. Sin embargo la posibilidad de tener que trabajar estaba allí presente, y de haber sido así, habría ido a la oficina como todos los días, no sin darme cuenta de aquel asunto del libre albedrío que, tal como ésto del trabajo multado, habría pisoteado mi capacidad de elegir qué demonios hacer con mi vida en un día que, inesperadamente, se convirtió en nuestro por encima de cualquier ideología política, de síes y noes y de colores que ultimamente se han unificado para luchar desde dos polos vestidos con el mismo color rojo.

miércoles, 28 de enero de 2009

Gente literal

A: ¡Oye!
B: ajá...
A: ¿en tu trabajo estarán buscando alguien con mi perfil?
B: Oye, creo que no se fijan mucho en la cara del personal, más bien en el currículo. ¿Qué es lo que estudiaste tú?

martes, 27 de enero de 2009

Esas malas juntas

Tratando de dejar a un lado el apestoso plan "notengotiempodeponermeaescribircomoesdebido", les cuento que hoy me vino a la mente, proveniente de algún recóndito lugar de mi memoria, una canción.

¿De qué canción se trata? pues muy fácil: de "Me haces tanto bien", del grupo Amistades Peligrosas, uno de los primeros cassettes originales, compraditos en Recordland en un cumpleaños, que tuve en mi vida. Recuerdo que costó 900 bolívares de los viejos y que tuve que portarme bien por un buen tiempo antes de que me lo compraran. Era hermoso. Traía un librito con la letra de las canciones y yo lo llevaba a todas partes y lo escuchaba en mi walkman Fisher Price, porque mis papás no tenían con qué comprarme un walkman de niña grande. Les voy a poner el video para que lo vean y se acuerden de cuando lo vieron, pero primero quiero contarles sobre cómo conocí la fulana cancioncita:

Fue una vez hace al menos 14 años. Estaba yo en casa de mi abuelo en Caracas, aprovechando para escuchar música y ver videos en el canal 57, Bravo, el cual era la versión venezolana de MTV y era de tan buena calidad para los cánones de nuestra televisión nacional, que todos los que lo disfrutamos recordamos aún el jingle que decía "!para tii! el canal cincueeentaysieeeete es paaara tiii, somos braaavoooo OOOHHH!!! somos braaavooo!"...

Perdón, me emocioné y me salí de la historia. Decía que estaba yo viendo ese canal y recuerdo que había visto ya muchas canciones de esas buenazas de la época, como la de Tony Braxton "Unbreak my heart", o algo así, en cuyo video aparecía el negro más hermoso que he visto en mi vida. También habían pasado alguno de Enrique Iglesias, Carolina Sabino, León Gieco (nosotros no somos como los Orozco...) y de pronto apareció un dúo al estilo Pimpinela pero con una avidez de sexo inusual que presiento que era el catch de su propuesta... vamos, que yo en el momento no me di mucha cuenta de lo de la necesidad sexual, pero ahora que estoy un poco más adultita noto claramente que esa gente mínimo debía tener problemas con sus partes íntimas, o algo así, porque se la pasaban automanoseándose en los videos y saliendo semidesnudos.

Bueno, resulta que veo el video. No estoy clara acerca de si reamente era un buen video, de hecho hoy lo miré y me reí muchísimo porque me hizo recordar un poco a Locomía por la manera de vestir de los personajes, pero a mí la canción me encantaba y solía imitar a la tipa con su manera cachonda de cantar. Recuerdo que mi mamá decía que esas no eran canciones para niños, pero la grabación seguro tenía mensajes subliminales, porque al cabo de dos o tres vueltas del cassette ya adoraba a los dos cantante a tal punto que su música se convirtió por un tiempo en la banda sonora de las interminables (e interminadas) sesiones de limpieza hogareña, produciendo estragos en las cerdas de la escoba ya cansada de bailar pegado conmigo, mi hermana y mi mamá.

Aquí se los dejo para que vean a lo que son expuestos los niños desde pequeños. Párenle a la letra de la rola, quizá de este modo se den cuenta por qué las chicas quedamos embarazadas a destiempo.


jueves, 22 de enero de 2009

Afirmaciones y ejemplos sobre las cosas que eran más fáciles cuando eramos adolescentes (I)


1.- Desilusionarte del "hombre de tus sueños"

Cuando tenía 14 años, mi amiga Érika amaba a un chico llamado... bueno, se me olvidó, digamos que Alejandro. Resulta que Alejandro jugaba fútbol en el mismo equipo que mi amado Samuel Barandela,  y nosotras teníamos como deporte quedarnos después de las clases para ver jugar a nuestros respectivos Romeos.

Todo sucedió un día en que estábamos en pleno ritual de observación del género masculino. Recuero que solíamos hablar de lo bellos que se veían sudados y todas esas obscenidades que dicen las adolescentes que nunca han tenido novio pero pretenden saber mucho del tema. Samuel jugaba de delantero y Alejandro de portero, por lo que era más fácil vigilar al novio imaginario de mi amiga que al mío propio.

La cosa fue muy rápida, pero asombrosamente fulminante. Nunca he visto yo morir un amor con tanta velocidad. Alejandro estaba en la arquería esperando el momento de actuar, que no llegaba, y de pronto me presumo que le empezó a picar la nariz. Érika fue la primera en notarlo. De inmediato tomó aire y lo retuvo fuertemente dentro de si mientras me apretujaba un brazo con su mano derecha.

"¡Asco!", dijo con un gesto de terror en la cara, viendo al susodicho conenzar a introducirse el dedo en no recuerdo cual de las dos fosas nasales, sin imaginar lo que vendría a continuación: Alejandro se sacó un moco que gracias a la distancia no llegamos a ver, pero que deb{ia medis como medio metro de largo, lo miró con detenimiento durante un par de segundos y sin mirar a los lados a ver si alguien se daba cuenta de lo que pasaba, -todavía después de ocho años no termino de creerlo- se lo comió.

¡Zaz! ni siquiera le dolió. A Érika, digo, el desamor. La cosa fue inatantánea. En aquella época las niñas estábamos tan claras de lo que queríamos en la vida que mi amiga ni siquiera lo pensó dos veces antes de dejar de amar a un hombre que se comía los desechos que sacaba de su nariz. Yo, por mi parte, le di todo mi apoyo e incluso acepté no comentar nada a nadie para evitarle el bochorno de que se publicara la historia del comemoco, pero hoy estaba pensando en lo admirable de la decisión de mi amiga y me di cuenta de que, como todo, dejar de amar a alguien porque se coma los mocos es algo más difícil cuando se es relativamente adulto que cuando se es una completa adolescente, o sea, por supuesto que da asco, pero dejar de estar enamorada de alguien por semejante idiotez resulta un poco difícil.

Quizá esto signifique que el amor mientras más adulto es más profundo, o algo así. Lo que yo no dejo de preguntarme es si más bien será que una, a fuerza de golpes y de besar ranas, con tal de que le den respeto y cariño a cambio, se le va pasando un poco aquel instinto femenino del rechazo a las cochinadas.

Vida cronometrada


Hace 22 años y once meses que mis papás me fabricaron.
Hace un año y un día que me mudé para la casa de La Castellana en la camioneta blanca de Gary.
Hace un año y siete días que Coche me dijo que (por fin) se había dado cuenta de que valía la pena considerarme como futura pareja (y hace como 10 meses que se le olvidó jajajaajaja).
Hace 353 días que conocí a Gaby, quien le dijo a Raúl que me contactara, no me acuerdo con qué extraña  excusa.
Hace dos meses que Yrneh se fue a Ecuador sin avisarme que me dejaba el pelero para mi cumpleaños.
Hace dos meses exactos que celebré mi casi casi cumpleaños comiendo helado de nueces de macadamia.
Hace un mes exacto que dormí la noche completa por primera vez en dieciocho días.
Hace un año que conocí a Miguel en El Buscón.
Hace un año y 18 días que conocí a Mario, paseé toda la noche por toda la ciudad con él y vi como me pisoteó por accidente los lentes viejos bajándose de un banquito en La Casa del Llano, como a las 4:00am.
Hace un año exacto que fui por primera vez a un recital Apendicista y hace un mes y dieciocho días que fui al último que ha habido hasta hoy.
Hace un año exacto que no veo a mi primo Raúl.
Hace 342 días que en el Ling Nam le regalé a un montón de gente creyones gruesos de madera con dibujos de animalitos.
Hace dos meses menos dos días que tengo 22 años (me voy a jugar el 22).
Hace cinco días que no tengo lentes (y me duele la cabeza).
Hace 24 horas que me estoy muriendo de la pena porque embarqué a Gabriel (que vino de Mérida).
Hace un año y 11 meses desde que empecé a pintar el Cuadro Azul en casa de Bernadette y hace como un año que lo terminé.
Hace siete meses que Raúl se fue a Holanda y hace seis meses que regresó más gordito.
Hace dos semanas que no veo a Roberta (pero la veo mañana)
Hace casi dos meses que le compré a Luba calcomanías de vacas, y muchas otras cosas.

Hace... hacen muchas cosas siempre, pero hoy en particular hace calor.

Feliz aniversario

miércoles, 21 de enero de 2009

Retroceso evolutivo

Ella: ¿Sabías que el chigüire es considerado pescado?
Yo: ¿Ah? O_o?
Ella: Sí. Como vive gran parte de su vida en el agua y su carne sabe a pescado, lo consideran un pez.
Yo: Pues vaya, qué pez más raro...

miércoles, 14 de enero de 2009

A falta de TV

Me descargué las dos primeras temporadas de Los Hombres de Paco, serie española que solían pasar en Antena 3 cuando yo tenía 18 años y que me divertía muchísimo con sus situaciones absurdas, sus dramas de la mediana edad, su dosis de romance con el affair extraño y secreto de Lucas y Sara y sus groserías españolas, muy divertidas de repetir.

Dicho esto, me voy. Me espera el cuerpo de policías de San Antonio.
=)
Malú (feliz porque me voy a bucear a Lucas, el guapote alto que está de quinto lugar de izquierda a derecha, el tío de Sarita, hija de Paco y nieta de Don Lorenzo, jijijijijji n_n)

!QUE VIVAN LOS CULEBRONES ESPAÑOLES!

domingo, 11 de enero de 2009

Música

Hoy voy a jugar Risk en casa de mi amiga L. Estaremos ella, su novio, Ra y yo. Estaba pensando en eso y me acordé de la canción de Tontxu, y aunque la situación no es la misma que la de la rolita, quise compartirla con ustedes porque es una de esas canciones fresquitas y chéveres, sin mucho de virtuosa, pero lindas para dar un paseo o ambientar una reunioncita.

Aquí se las dejo: Una partida de Risk

sábado, 10 de enero de 2009

¿Qué es una hallaca?


Pues bien, una hallaca es una cosa que se come, hecha de masa pintada con onoto que se rellena con un guiso delicioso compuesto de alcaparras, carne, pollo, aceitunas, cebolla, uvas pasas y en ocasiones una rodaja de huevo duro, garbanzos, almendras o tocino, entre otras cosas. Este mazaclote se envuelve en una hoja de plátano ahumada y lavada previamente, se amarra con pabilo y se pone a hervir durante un mamonazo de tiempo hasta que esté lista. El resultado final es un objeto famoso por ser mejor elaborado mientras más parecido a uno sea el código genético del individuo que lo prepare, de ahí viene la conocida frase "la mejor hallaca la hace mi mamá".

Debe destacarse que entre los beneficios de la hallaca está el de proporcionar la gordura suficiente al joven de escasos recursos y pocos conocimientos culinaros para pasar todo el año viviendo de los kilos ganados el diciembre anterior. También ofrece un valioso aporte práctico a las madres de familia que, luego de preparar más de sesenta hallacas de una sola sentada, deciden que el diciembre será para descansar, y terminan mateándoles la alimentación a sus hijos, e incluso a su marido, con una dieta compuesta de hallacas tres veces al día y un bollito (alimento derivado de la hallaca) como merienda.

La existencia de la hallaca en Venezuela es un misterio para muchas civilizaciones, cosa que se dio a relucir en la vida de quien les escribe luego de que un joven mexicano manifestara su curiosidad con la peculiar pregunta "Malú, ¿qué es una hallaca?", hecho que me preocupó enormemente y generó en mí la necesidad de llevar al mundo el conocimiento de tan delicioso plato navideño.

Un dato curioso acerca de la hallaca es que se utiliza comunmente en las vecindades, barrios, urbanizaciones, etc, como medio de pavoneo culinario. Los vecinos cercanos se regalan hallacas entre sí, no sin asegurarse de forzar en el rostro algún gesto de superioridad al momento de la entrega. En los hogares la hallaca regalada del vecino se cata y se evalúa con suma meticulosidad en busca de defectos de fabricación o fallas que pudieran colocarla en un nivel inferior al de la preparada en la propia casa. Aquel individuo que reconozca virtudes superiores a las propias en la hallaca del vecino, se queda sin pan de jamón y el niño Jesús, en lugar de juguetes y caramelos, le regala una foto del moreno Michael bañándose en Playa el Agua con un bikini color fucsia.

viernes, 9 de enero de 2009

Anecdotario Menfrita

Cuestionaba la pequeña Mía Vuelolimpio esa incorregible manera en que Alí Gero, príncipe de los Menfritas del lado Norte de Craspión llegaba a su pétalo cada mañana con una gota de rocío, la arrojaba fuerte desde arriba y, al darse cuenta de que su objetivo de despertar a la pequeña Menfrita del sur había sido alcanzado, salía volando disparado a su campo de Trepidalias salvajes.

*

El pequeño y viejo sabio, Casto Vuelo de la Noche, tenía la extraña costumbre de meditar sentadito sobre la cola de un algrebondo hembra en celo. Si no estaba en celo, no se podía concentrar. Esto tal vez se deba a que las hembras de los algrebondos, criaturas extrañas parecidas a los saltamontes pero de un tamaño aterradoramente superior, cuando están en celo se comportan de una manera considerablemente impropia de los algrebondos: no saltan.
El único contratiempo que podía interrumpir la profunda meditación del sabio menfrita, era la posibilidad de que un algrebondo macho llegara sorpresivamente a destruir la paz inerte de la cola donde estaba sentado Casto. Cuando esto sucedía no le quedaba otra opción que irse volando en la búsqueda de otra hembra en celo. Pocas veces tenia suerte suficiente para conseguirla.

*

Cómo las recuerdo... Hace muchos, pero muchos pelgorf que no se les ve revoloteando por aquí. Ya quiero volver a visitarlos a Craspión y que me reciban entre ruiditos y vuelos alegres...
¡Cuán difícil me resultará encontrarlas de nuevo!, lo que hace que su ausencia sea más triste aún es el hecho de que Craspión no es un lugar que se pueda colocar en mapas. Craspión no es un espacio de terreno fijo que se quedará en su sitio, con sus trepidalias y sus cristuras mágicas. No. Una vez que las menfritas deciden mudarse, Craspión se muda con ellas. Como los actores de circo se llevan sus carpas, las menfritas se llevan sus trepidalias...

*

Gala Cristal Tor Bellino había soñado siempre con un parcito de alas que le dejaran volar. En sus noventa y siete pelgorf de vida, la joven menfrita jamás había podido levantar el vuelo por si sola.
En busca de una solución para la triste incapacidad de su hija, Inven Tor Genio, dirigente de los menfritas del oeste, una cálida tarde, cuando Sol había llegado a su casa a acostarse a dormir -porque todos sabemos que Sol va a ocultarse por el oeste luego de un arduo y caluroso día de trabajo-, le pidió al enorme astro que le regalara la punta de dos de sus rayos, y este, que es tan grande y brillante como la bondad, accedió. Inven, que siempre había sido famoso por su creatividad y su inventiva, le hizo un par de alas a su hija con los rayos que Sol le regaló. Desde ese entonces, Gala Cristal Tor Bellino es la más brillante y feliz de las menfritas.

*

Lo mejor de Craspión son los tulbeles, esos pequeños seres que, lentos y serviciales, cada mañana salen de sus pantanos a buscar frutas y agua fresca para sus cachorros y los minmis menfrita.
Yo disfrutaba observarlos porque me parecía que no existía en el mundo mejor criatura que la que, además de cuidar a sus propias crías, tambíen ayudara a las de otras especies.
A cambio, los menfritas, que eran demasiado alegres e hiperactivos para estar tranquilos cuidando un minmi, se ocupaban de mantener sanos y productivos a los arboles frutales de Craspión.

*

Solo una vez estuvo en peligro el equilibrio de Craspión, el día en que un algrebondo hembra, quizá muy joven para quedar en celo, sintió algo extraño en su barriga. Poco tiempo después millones y millones de huevos, mucho más pequeños que los huevos normales de algrebondo, dejaron salir de sus paredes un batallón inmenso de criaturas voraces que pronto aprendieron a volar y comían todo lo que encontraran a su paso. Casto Vuelo de la Noche, sabio reconocido dedicado al estudio sobre algrebondos (debe quedar claro que Casto estudiaba SOBRE los algrebondos, no ACERCA de ellos) decidió, en honor a las mínimas dimensiones de las nuevas criaturas, llamarlas Las Angostas.
Un pelgorf más tarde Las Angostas se fueron buscando campos más grandes de cualquier cosa que pudieran comer. Yo mismo les llevé la noticia a las menfritas un día despues de ver un noticiero en el que anunciaban emergencia por invasión de "langostas" en un campo japonés. Los humanos no entienden nada.

Elucubraciones valencianas

Con tantas cosas qué escribir este año nuevo tras varios días sin postear, estoy vuelta un mazaclote. Les cuento que ayer, a las 06:40 am, llegué de un delicioso viaje a la ciudad de Mérida (Venezuela) y todavía estoy como en las nubes, con un cerro inimaginable de ropa sucia, mucho trabajo con los monstruos pendiente (¡¡¡pronto hay nuevo mercado!!!) y cientos de horas de sueño atrasado por andar viendo películas hasta la madrugada durante todas las vacaciones de navidad.

Pero no me arrepiento, si supieran. La temporada estuvo súper divertida, aún cuando me pareció sumamente corta, y me dio la oportunidad de descubrir (y reafirmar) ciertas cosas
sobre la vida. Sin embargo, como son varias y necesito algo de tiempo para organizar mis pensamientos, colocaré aquí solamente las reflexiones sobre el viaje de tres días a Valencia, la última semana del 2008, y dejaré el resto para próximas entregas:


1.- De los parques de diversiones

Las montañas rusas son el equivalente mecánico-eléctrico de un profesor de física de 4to año de bachillerato anunciando el corte de notas del tercer lapso: una porquería ciclotímica capaz de hacer vomitar al más valiente de los hombres con su subir y bajar infinito, o al menos a mí, que aunque no llegué a tal grado de humillación, debo admitir que estuve a punto. Qué sensación tan horrorosa, vale, por no hacer referencia al desgarramiento de cuerdas vocales que casi logro alcanzar a punta de gritos... y encima Álvaro se reía... infame. En serio, es espantoso. Pocas veces había sentido tantas ganas de morir.

Y es que ¿saben? no hay derecho a que el trencito del averno suba la cuesta así, como quien no quiere la cosa, con un taca-taca inepto que te hace pensar que todo en el paseo va a ser igual de plácido, amigable; que vas a tener tiempo de tomar fotos panorámicas de la ciudad desde las alturas, que el Gatorade de melón que te tomaste antes de subir seguirá su curso natural por tus tripas sin amenazar con refrescarle el cuello al de adelante (si tuviste la suerte de no quedar en el primer lugar) y que el cabello que tanto te costó desenredarte en la mañana seguirá lacio, brillante y sin frizz después de terminado el recorrido.


La vileza de los diseñadores de esas cosas no es normal, se nota que lo hicieron con saña, pero les digo algo: si usteden creen que alguna vez volveré a subir en un aparato endemoniado como ese, pueden irse a freir espárragos con pepitonas a Kabul, porque jamás en mi vida pretendo volver a fomentar el uso de semejantes dispositivos de asustación con un centavo de mi dinero. Simplemente no, he dicho.

2.-De las parrillas familiares (de familias que no son la tuya)

Bueno, es poco mi conocimiento en el ámbito de parrillas familiares, pero alguito sí creo poder deducir: ¡¡¡NUNCA JAMÁS COCINES UN BISTEC DE MENOS DE UN CENTÍMETRO DE GRUESO EN UNA PARRILLA!!!

Y es que no sabía mal, la verdad nos quedó bastante aceptable, tomando en cuenta que la hicimos tres incompetentes de la cocina y un medio conocedor (medio), pero al final de la etapa de cocción esos pobres filetes parecían chicharrón de cochino senil, zuela de alpargata, carne de canguro deshidratada, etc, etc, etc. Sin embargo puedo decir que comimos bastante y que a todos nos quedó la barriga como de 4 meses de embarazo (a mí de 5), que los palmitos con aguacate y tomate son una excelente combinación, y que la yuca, como siempre, salvó la patria. Estaba buenísima, de verdad, y sí, por supuesto, hicimos bastantes chistes obscenos acerca de ello.


3.-Del olor de los terminales públicos de autobuses venezolanos:

Van desde una amplia gama de variaciones del "cuerito e' león", hasta el simple hedor de las cloacas citadinas, pasando por el Eau d' Excrement, el olor a tigre y la peculiar y conocida esencia a mapurite atropellado que suele acompañar los paseos a La Guaira, Río Chico, Higuerote, Caucagua y todos esos destinos megatercermundistas, calurosos y playeros que, por alguna inexplicable razón, han caído en el abandono de todos (no salvo a uno) de los gobiernos que han pasado por este espectacular país.
En fin, que el olor de los terminales debe estar a menos de dos escalones de la mortalidad. Uno cuando respira ese aire siente que de un solo jalón puede agarrar un cólera, una disentería, no sé, toxoplasmosis, escorbuto, tisis, cáncer de próstata (si eres mujer la radiación de los escombros te hará salir una próstata nada más para que te pueda dar cáncer), o algo por el estilo. Una reslidad triste, sobre todo para aquellas personas que viven de vender chucherías, chupi-chupis y botellitas de jugo "que parece de naraja" a lo largo de las colas. Estoy segura de que algún día comenzarán a salirles brazos extra en el ombligo. Lamentable.


En fin, me acaba de dar hambre y voy a resolver ese problema no sin antes avisarles que en un rato regreso para postear alguna otra cosa que tenga pendiente por ahí.

Un abrazo a todos y feliz añousado.
Malú