viernes, 9 de enero de 2009

Elucubraciones valencianas

Con tantas cosas qué escribir este año nuevo tras varios días sin postear, estoy vuelta un mazaclote. Les cuento que ayer, a las 06:40 am, llegué de un delicioso viaje a la ciudad de Mérida (Venezuela) y todavía estoy como en las nubes, con un cerro inimaginable de ropa sucia, mucho trabajo con los monstruos pendiente (¡¡¡pronto hay nuevo mercado!!!) y cientos de horas de sueño atrasado por andar viendo películas hasta la madrugada durante todas las vacaciones de navidad.

Pero no me arrepiento, si supieran. La temporada estuvo súper divertida, aún cuando me pareció sumamente corta, y me dio la oportunidad de descubrir (y reafirmar) ciertas cosas
sobre la vida. Sin embargo, como son varias y necesito algo de tiempo para organizar mis pensamientos, colocaré aquí solamente las reflexiones sobre el viaje de tres días a Valencia, la última semana del 2008, y dejaré el resto para próximas entregas:


1.- De los parques de diversiones

Las montañas rusas son el equivalente mecánico-eléctrico de un profesor de física de 4to año de bachillerato anunciando el corte de notas del tercer lapso: una porquería ciclotímica capaz de hacer vomitar al más valiente de los hombres con su subir y bajar infinito, o al menos a mí, que aunque no llegué a tal grado de humillación, debo admitir que estuve a punto. Qué sensación tan horrorosa, vale, por no hacer referencia al desgarramiento de cuerdas vocales que casi logro alcanzar a punta de gritos... y encima Álvaro se reía... infame. En serio, es espantoso. Pocas veces había sentido tantas ganas de morir.

Y es que ¿saben? no hay derecho a que el trencito del averno suba la cuesta así, como quien no quiere la cosa, con un taca-taca inepto que te hace pensar que todo en el paseo va a ser igual de plácido, amigable; que vas a tener tiempo de tomar fotos panorámicas de la ciudad desde las alturas, que el Gatorade de melón que te tomaste antes de subir seguirá su curso natural por tus tripas sin amenazar con refrescarle el cuello al de adelante (si tuviste la suerte de no quedar en el primer lugar) y que el cabello que tanto te costó desenredarte en la mañana seguirá lacio, brillante y sin frizz después de terminado el recorrido.


La vileza de los diseñadores de esas cosas no es normal, se nota que lo hicieron con saña, pero les digo algo: si usteden creen que alguna vez volveré a subir en un aparato endemoniado como ese, pueden irse a freir espárragos con pepitonas a Kabul, porque jamás en mi vida pretendo volver a fomentar el uso de semejantes dispositivos de asustación con un centavo de mi dinero. Simplemente no, he dicho.

2.-De las parrillas familiares (de familias que no son la tuya)

Bueno, es poco mi conocimiento en el ámbito de parrillas familiares, pero alguito sí creo poder deducir: ¡¡¡NUNCA JAMÁS COCINES UN BISTEC DE MENOS DE UN CENTÍMETRO DE GRUESO EN UNA PARRILLA!!!

Y es que no sabía mal, la verdad nos quedó bastante aceptable, tomando en cuenta que la hicimos tres incompetentes de la cocina y un medio conocedor (medio), pero al final de la etapa de cocción esos pobres filetes parecían chicharrón de cochino senil, zuela de alpargata, carne de canguro deshidratada, etc, etc, etc. Sin embargo puedo decir que comimos bastante y que a todos nos quedó la barriga como de 4 meses de embarazo (a mí de 5), que los palmitos con aguacate y tomate son una excelente combinación, y que la yuca, como siempre, salvó la patria. Estaba buenísima, de verdad, y sí, por supuesto, hicimos bastantes chistes obscenos acerca de ello.


3.-Del olor de los terminales públicos de autobuses venezolanos:

Van desde una amplia gama de variaciones del "cuerito e' león", hasta el simple hedor de las cloacas citadinas, pasando por el Eau d' Excrement, el olor a tigre y la peculiar y conocida esencia a mapurite atropellado que suele acompañar los paseos a La Guaira, Río Chico, Higuerote, Caucagua y todos esos destinos megatercermundistas, calurosos y playeros que, por alguna inexplicable razón, han caído en el abandono de todos (no salvo a uno) de los gobiernos que han pasado por este espectacular país.
En fin, que el olor de los terminales debe estar a menos de dos escalones de la mortalidad. Uno cuando respira ese aire siente que de un solo jalón puede agarrar un cólera, una disentería, no sé, toxoplasmosis, escorbuto, tisis, cáncer de próstata (si eres mujer la radiación de los escombros te hará salir una próstata nada más para que te pueda dar cáncer), o algo por el estilo. Una reslidad triste, sobre todo para aquellas personas que viven de vender chucherías, chupi-chupis y botellitas de jugo "que parece de naraja" a lo largo de las colas. Estoy segura de que algún día comenzarán a salirles brazos extra en el ombligo. Lamentable.


En fin, me acaba de dar hambre y voy a resolver ese problema no sin antes avisarles que en un rato regreso para postear alguna otra cosa que tenga pendiente por ahí.

Un abrazo a todos y feliz añousado.
Malú

3 comentarios:

Julio César Serralde Ávila dijo...

Contigo no se puede estar triste!!
reí mucho en esta entrada

jijijiji
Un abrazo feliz


Por cierto, ya viste a la chica de la foto de este post????
la de los lentecitos, sí, sí, sí, ella.

Qué tal, eh? Por mucho que se esfuerce uno, termina en-can-tado.

no sabes!!!

Es más, Te reto:

Va lo que tú quieras a que no puedes pasar más de diez segundos frente a la foto sin levantar una sonrisa.


Venga, inténtalo.

Malu Rengifo dijo...

ajajajajjaaj XD... bueeehhh.. las he visto más graciosas n_n

Mira! tú me debes historias! ¿qué es eso de la tristeza, eh? no se vale! eso no se vale!

Julio César Serralde Ávila dijo...

-Pero mírala bien, ni siquiera te voltea a ver. Está tan segura de sí misma que no le hace falta mirarte a los ojos.




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Siempre te debo historias. Me asustaré cuando ya no tenga nada que contarte.


:)


PD No se te vaya a olvidar comprarme el micrófono que te pedí.