jueves, 26 de febrero de 2009

Mafe y sus canguros

Entramos mi hermana Mafe y yo a un centro de comunicaciones CANTV hace unos ocho o nueve años. Pido una cabina, la encargada me señala que no tiene llamadas al exterior y yo le digo que no importa. Me extiende la ficha, la tomo y busco la puerta correspondiente a mi número. Mafe camina detrás de mí y mira dubitativamente un cartel azul y negro con un canguro en el centro

– Malu, ¿qué es eso de “Zoom”?

–Una empresa de correos. Hacen envíos y encomiendas, como MRW.
– Aaahhh… y, ¿por qué tiene un cangurito?

Me muerdo pensativa el labio superior y sonrío mientras planeo mi estratagema. Casi inmediatamente improviso:

– Porque Zoom es una empresa australiana que está implantando un nuevo método de distribución del correo. Algo un poco cruel, pero muy novedoso en América.
– ¿Y qué método es ese, Malú?

– Ay, Mafe, ¡tú no sabes nada! en Correo Zoom tienen una flota de canguros amaestrados traídos de Australia que reparten el correo por todo el país. Por eso es tan caro hacer un envío.
– Pero, ¿por qué nunca los vemos?, yo nunca he visto uno... y ¿cómo saben ellos a dónde llevar las cosas?
– Bueno, obvio que no los vemos porque a nosotras no nos dejan salir de noche. Los canguros reparten la correspondencia de madrugada, tipo dos o tres de la mañana cuando las carreteras y autopistas están más vacías y hay menos riesgos de que los atropelle una gandola. Además los canguros son más o menos agresivos. La empresa no puede arriesgarse a que un bicho de esos golpee a alguien, o lo muerda.
– Ahhh… ¿tú has visto alguno?
– Sí, una vez hace tiempo, cuando tenía como once años. Vivíamos en la casa de Mucuchíes, yo salí a regar las matas de tomate, y vi una cosa que estaba tocando la puerta de la señora Herminia, resulta que era un canguro, yo quería ir a verlo y a tocarlo, pero no encontré las llaves, y cuando me volví a asomar ya no estaba.
– Cónchale, que chimbo, yo quiero ver un cangurito de esos un día… pero mira, ¿y dónde llevan los paquetes?
– En la bolsa de la barriga, Mafe. En donde mismo llevan a los bebés

– Ahhh… que bonito… pero, ¿y no es más rápido un carro?
– Bueno, sí, pero yo tengo entendido que en Zoom usan los carros para los paquetes grandes, y los canguros para las cartas, y eso… Además creo que en Australia la gente es muy conservacionista, fíjate: un canguro no contamina, no echa humo ni nada, lo único que hace es pupú, pero eso es biodegradable, y así no le tienen que pagar a un chofer, ni nada de eso.

– Y si yo me quedo despierta hasta tarde, ¿podré ver uno?
– Puede ser, pero no es seguro, aquí todavía la gente no confía mucho en los canguros, por eso no es muy usual verlos por ahí. Mi papá una vez me contó que estaba viajando y casi atropella a uno, le puedes preguntar.


Pienso en que tengo que hablar rápido con mi papá para que me siga la corriente.
– ¿Mi papá también vio uno?, ¡ay, yo quiero verlos también!... mira, ¿y cómo saben los canguros para dónde tienen que ir? Ellos no saben leer…
– Yo no sé mucho de eso, no sé como es la cosa, pero creo que les ponen algo así como un collar que se guía por unas ondas que manda un satélite. Una cosa toda tecnológica ahí.
Mira, Mafe, salte un momento que voy a hacer una llamada personal.
– Ay, sí, como si yo no supiera que vas a llamar a un novio
– ¡Salte pues!

Llamo a mi mamá y a mi papá, les cuento todo el asunto de los canguros, se ríen y me prometen seguirle el juego. Cuelgo. Son dos mil cuatrocientos bolívares de los viejos, un dineral en llamadas para esa época. Pago. Paseamos un ratito y nos vamos a la casa donde mi mamá está cocinando

¡Adivinen qué vamos a comer! -nos dice como si realmente creyera que nos va a costar adivinar
Arroz con pollo… –decimos Mafe y yo al unísono y con voz desesperanzada. Mi mamá se ríe y acota que también tajadas y jugo de guachita (brebaje de color, textura, olor y sabor sospechosos, hecho a base de guayaba, parchita, azúcar y agua. En el peor de los casos se le incluye “accidentalmente” una remolacha, zanahoria, tamarindo, piña o cualquier vegetal que pasaba de casualidad por el mesón de la cocina) Mafe me mira, ve a mi mamá y pregunta:

–Mamá, ¿es verdad que hay unos canguros que reparten el correo?
– Sí, pero eso es muy caro, ¿qué quieres mandar?, ¿algo para tu papá?
– No… ¿y es verdad que sólo andan de noche?
– Sí, Mafe, pero eso es muy caro. ¿A quién le quieres mandar un paquete? A mi eso me parece muy triste, que estén trayendo esos pobres animalitos a estar corriendo riesgos en las carreteras…
– ¿Y tú los has visto?
– No, yo no, pero tu papá dice que él vio uno en la carretera y que casi se lo llevó por el medio
–Aahhh… Malú dice que también vio uno una vez en la casa de Mucuchíes
– ¿Sí, Malucín?, ¿tú también los has visto?
– Si, pero hace tieeeeempo– Trato de no reírme
– Le voy a preguntar a mi papá cómo hacen para saber a dónde llevar las cartas…

Comemos. El tema se olvida por unos días hasta que viajamos a El Sombrero. Cuando Mafe le pregunta a mi papá lo de los canguros él prende la pipa, como suele hacer cada vez que nos sentamos a conversar.

–Hija,– le dice –a mí eso me parece una aberración, tener esos pobres animales en ese estado, una criatura que vive tan lejos y tan libre…– las palabras se escuchan raras porque habla sosteniendo la pipa entre los dientes. – Pero yo tengo entendido que ellos tienen unos collares que los orientan por medio de unas microondas. El satélite les envía una señal y ellos simplemente se guían por ahí. A las cartas se les mete un chip adentro que emite una señal negativa si la carta está siendo entregada en la dirección equivocada. Eso es todo un proceso, a mí me parece un proyecto bien interesante, pero esos canguros deben sufrir mucho, eso no es un animal de trabajo…

Y pasa el tiempo. Mafe está convencida del asunto de los canguros del correo Zoom, y de vez en cuando vuelve a hacer preguntas, o trata de pillar alguno entregando paquetes por ahí. Andrea pone de su parte. Es menor que yo, e incluso que Mafe, pero mucho más suspicaz y sabe bien que esa historia no puede ser verdad. Sin embargo no dice nada y espera. Sólo espera.

Uno o dos meses después nos encontrábamos de nuevo en El Sombrero, en la casa de la esquina, la última en la que vivió mi papá estando en Guárico (antes de eso vivía en la casa rosada, donde se ahorcó Azabache y a mí me dio dengue, donde hicimos la chicha esa horrible que luego nos tuvimos que tomar para que mi papá no se molestara, y donde yo me pasaba todas las horas de la madrugada buscando novio en CANTV.net; antes de la casa rosada, en la casa del cementerio, donde estaba el tanque verde ese donde chapoteábamos entre zancudos y yo sacaba las muestras para ver en mi súper microscopio ultrapotente híperestrambótico que me regalaron en navidad, y donde yo vivía con miedo porque le tengo pavor a los fantasmas, y si saltabas el muro, caías en una tumba; y aún antes, nos quedábamos en un hotel, porque mi papá vivía alquilado en un cuchitril con otros señores, porque no podía darse el lujo de pagar una casa él sólo. Menos mal que las cosas mejoraron) y bueno, Mafe llegó con un portazo horroroso y la cara roja, armando un saperoco fenomenal que no entendí sino hasta minutos después: El correo Zoom.
–¡TÚUUU!, ¡ME ENGAÑASTE!, ¡ME HICISTE QUEDAR MAL DELANTE DE TODO EL MUNDO!, ¡HASTA GUILLERMO ME VIO CARA DE IDIOTA!, ¡SE RIERON DE MI CUANDO LES CONTÉ LO DE LOS CANGURITOS DEL CORREO ZOOOOOMMMM! O__O GGGRRRR!!!!

Mi primer impulso fue revolcarme en el piso de la risa, pero a juzgar por la situación el más mínimo esbozo de jocosidad pudo haberme costado una cachetada playera. Mi papá sí se atrevió a reirse, y a decir “Qué pendeja, qué Zaranda tan pendeja” sosteniendo la pipa entre los dientes.

Con el pasar del tiempo la historia se ha convertido en un hito familiar. Actualmente hasta Mafe se ríe de sí misma recordando la anécdota. Yo, en cambio, cuando evoco aquella época lo que siento es una especie de melancolía rara. En ese momento no me dí cuenta, pero fue como si un pedazo de niñez abandonaba la casa a medida que mi hermana iba reclamando el engaño.

Hoy tengo 22 años, Mafe cumple 20 en poco más de dos semanas y Andrea ya debe estar por los 18. Tal vez sean ideas mías, pero si de algo estoy segura justo ahora, es de que los canguros de Zoom hace rato que trotaron hasta Australia para nunca regresar.

lunes, 16 de febrero de 2009

Imaginarium





Se sentó en la silla con su frappé de Nestea y jugó a dibujarte como un holograma sentado frente a ella, asegurándose de poner epecial atención en recordar tus texuras. De nada sirvió, una insolente voz interrumpió el ejercicio eliminando por completo cualquier posibilidad de materialización mágica con el pretexto amargo de necesitar la silla vacía. Ella, que ya estaba acostumbrada a la inocente imprudencia de los mortales, levantó la mirada lívida, asintió con la cabeza al delgado estudiante cuya mano, apoyada sobre el lugar de la silla donde debería descansar tu omóplato izquierdo, era casi tan despreciable como el hecho de haber roto un ritual de visualización mágica, y, una vez que entendió que ese intento tampoco había sido el definitivo, tomando el bolsito azul con una mano, y el Nestea con la otra, se puso de pie, intentando rehacer el recorrido que, en alguna lejana ocasión, hicieron juntos teniendo como última estación una pequeña conversa con galletas en el restaurancito de los carteles amarillos. Tú tenías una franela anaranjada, ella, el cabello suelto y la mirada encendida.



martes, 10 de febrero de 2009

Rodilla de cucaracha (6ta anécdota dermatológica)

La bicicleta blanca estaba como nueva. Había sido de mi prima, pero casi no tenía huellas de su uso, sólo los cauchos, un poco lisos y de color blanco curtido, daban señales de haber sido usada alguna vez. Estaba muy feliz, tenía una bicicleta nueva.

Los pies me llegaban a un solo pedal a la vez, el que estuviera más arriba. El número veinte en los rines indicaban que el codiciado artefacto aún era algo grande para una niña como yo, pero no importaba. Manejaba parada, con el riesgo latente de golpearme con el tubo, y sólo me sentaba cuando tenía el impulso suficiente para no pedalear unos segundos.

El sistema de frenos era a contra pedal, una maravillosa novedad para lucir ante los usuarios de simples frenos manuales, aún cuando este sofisticado mecanismo de detención sólo aplicaba para la rueda trasera. El asiento y la pintura también eran color blanco, la máxima expresión de la elegancia, nada que ver con la antigua bicicleta verde grama, modelo años cincuenta que, con sus 16 pulgadas de diámetro en cada rueda, ya no representaba ningún desafío para una niña como yo.

Mi papá había llegado en la noche con el regalo montado en la parte de atrás del Jeep amarillo. El estacionamiento estaba solo y, contento por mi euforia, me acompañó a dar unas cuantas vueltas de familiarización, que se prolongaron hasta la una de la mañana. Yo me sentía como una súper heroína, como una niña audaz con una bicicleta monumental. No me bajaría de ella más nunca, a menos que tuviera que comer, dormir o hacer del uno y del dos. En adelante tendría aventuras interminables con mi nuevo vehículo, lo podía presentir en el susurro suave de la cadena, en la acolchada sensación de los manubrios y en el Tigre Tony, que se sujetaba con fuerza de los rayos mientras la rueda delantera giraba a incontables revoluciones por minuto.

Esa misma noche antes de dormir, repasé cada movimiento de mis horas de práctica. Ya dominaba el problema del tamaño y había ingeniado una técnica de pedaleo eficaz que me permitía, incluso, conducir sentada. A la mañana siguiente trataría de superar el miedo y me lanzaría a una odisea riesgosa del otro lado de la urbanización. Para ello necesitaba descansar. Cerré los ojos y comencé a soñar con bicicletas de todos los tamaños y colores.

La mañana del domingo se perfiló perfecta para dar el gran paso: trascender los límites del primer estacionamiento y atreverme a tomar la bajada empinadísima que unía los tres aparcaderos del conjunto residencial.

25 grados de inclinación parecen ser poco, pero aquella cuesta era temible, larga. Presentaba peligros de numerosas índoles, siendo el más intimidante ese paredón final cuyo doloroso impacto sólo podía evadirse con un giro repentino hacia la transversal, siete metros antes de chocar.

La cosa no era fácil. Luego de dar la curva había que esquivar tres huecos profundos, una alcantarilla rota y un desfiladero de treinta metros de alto, adornado por un único araguaney, que daba hacia las ruinas de un seminario en construcción.

Evalué cada parte del trayecto con minuciosidad. Sabía que daría la curva en el momento indicado, eso ya lo había logrado con el triciclo y la bicicleta verde. Lo que temía era no poder frenar a tiempo e irme rodando por el barranco, pero igual quise tomar el riesgo para sentirme valiente. Ya todo estaba listo.

Saqué la bicicleta del apartamento y caminé en cámara lenta imaginándome una fanfarria que me acompañaba hasta el punto de partida. Solía hacer películas en mi mente, y el recurso de slow motion lo utilizaba tanto para los momentos de gloria como para los gazapos más terribles. Pero ese era un momento grande, de los buenos. En pocos minutos sería una kamikaze sobreviviente, una heroína del ciclismo.

De pronto el ambiente se torna absolutamente cinematográfico. Dos franjas negras se ubican el la parte superior e inferior del escenario y una multitud ficticia aplaude mientras camino por el patio del edificio hasta la escalera de tres peldaños donde mi hermana se puso un diente negro tras un golpe seco contra un escalón. Bajo por los escalones y la bicicleta rueda, a mi lado, por el canal de desagüe. Oriento mi vehículo hacia la bajada que llega al primer estacionamiento. La idea es tomar impulso desde allí para llegar con buena velocidad a la gran cuesta y hacer más heróica la victoria. En un instante, ese mono azul marino “brinca pozo”, de cuando estaba en segundo grado, y mi franela de Tiroloco McGrow, se convierten en un aerodinámico traje de ciclista profesional.

La muchedumbre hace un silencio repentino. En la escena, yo, una niña de nueve años, paso la pierna derecha por encima de la bicicleta hasta tocar el piso del otro lado con la puntita del pie.

Cámara lenta. Un segundero de reloj se escucha a lo lejos. Subo la pierna izquierda, elevando el pedal correspondiente con la punta de mi pie. El ruido de la cadena exacerba el suspenso del momento. Está todo listo. Apoyo el pie levantado en el pedal y lo empujo hacia abajo hasta pararme sobre él, con la bicicleta moviéndose lentamente.

El ruido regresa. Gritos y ovaciones salen de todas partes en ese enorme estacionamiento vacío. Respiro bocanadas de aire dominical y siento el corazón en los oídos tapados por la excitación. Primera curva. Quince metros más y entraré a la cuesta final. Acelero. Acelero más.

Desde el punto de partida se puede observar, al final del camino, un hombre con un balde. “Quítese o lo atropello, señor” digo en voz baja sabiéndome una temeraria ciclista y manteniendo la aceleración.

En cámara aún más lenta, observo desde mi bici cómo el hombre se aproxima a un carro en toda la esquina de la curva del paredón. “¿Qué va a hacer éste?”, pienso, y frunce el seño a la vez que abro mis ojos pequeños con un leve toque de preocupación.

El hombre levanta el balde cinco segundos antes del punto crítico de la carrera, lo balancea ligeramente hacia atrás y, sin darse cuenta de las posibles consecuencias de su acción, vacía el contenido del tobo sobre el Lada vinotinto, inundando el piso en un diámetro de dos metros, que invade peligrosamente el área de giro seguro, antes de chocar con el paredón.

Una expresión de pánico se me dibuja en la cara. La multitud hace un silencio expectante, se oyen los pedales girar en dirección contraria, hasta que ya no es posible seguir dando vueltas. El sistema de frenos ha sido activado.

Deja vú. Inercia. Slow motion. “¿Cómo llamar a esto que está pasando?” dice una voz dentro de mi mente un nanosegundo antes de presionar el botón de la cámara rápida. De pronto, flashback. La imagen del velocípedo rojo y el recuerdo de haber tenido una papa en la frente, hacen que suplique por la salvación de mi alma. Click. Cámara rápida.

Todo pasó a tal velocidad que no sentí ni un ápice de dolor. La rueda delantera, desprovista de frenos, continuó su trayecto halando a la de atrás. La lisa superficie de los cauchos colaboró en el patinaje sobre el agua, y la rodilla izquierda fue el instrumento de aterrizaje de los treinta y cinco kilos que constituían mi peso para aquel entonces.

Tras asumir la derrota, me levanté del pavimento y me enrumbé, abochornada, al edificio A, buscando una buena excusa para darle a mi papá por la caída. Un trozo de tela colgante en el mono dejaba ver la pierna ensangrentada moviéndose con cautela en el trayecto de subida por la cuesta. Unos pocos metros atrás, el pellejo completo de mi rodilla infantil decoraba tétricamente el asfalto mojado.

El hombre del balde de agua no ofreció ninguna ayuda. Yo llegué al apartamento cinco minutos después, toqué como visitante la puerta de mi propia casa y esperé sentada frente al apartamento a la salida de Enrique, mi papá, quien al verme allí tirada me miró con una expresión que contenía toda la fuerza suficiente como para hacerme saber que no quería que le diera ni una sola explicación.

Los métodos de curación de mi padre nunca habían sido los más ortodoxos, pero pese a todo funcionaban milagrosamente bien. Esta vez, la tradicional nalgada fue propinada con mayor cautela, para evitar infligirme daño sobre la pierna afectada.

Un “¡Ándate a bañar!” vociferado a decibeles insanos, desencadenó mi terror, provocando una pataleta cobarde que no sirvió para nada, ya que, de igual modo, Enrique abrió la ducha y me metió, aún con la ropa puesta, bajo el torrente del agua.

El tratamiento esta vez consistió en compresas de sábila fría y Madecasol. Mi mamá no estaba allí, por fortuna en ese entonces vivía en Maracay. De haber visto la herida recién lavada, habría querido enviarme a acerme uno de esos tratamientos con gusanos que se comen la carne mala de la gente, realizarme un implante cutáneo y ponerme una rótula nueva, entre otras cosas.

Pero la cosa no fue tan grave. La piel de los niños se regenera casi tan fácil como una planaria cuando se pica en dos, y pasado un tiempo, la rodilla se cubrió de una costra negra y seca que apenas manaba pequeñas gotas de sangre cuando se flexionaba.

El día en que la costra se desprendió de la nueva piel sana, yo aún estaba durmiendo. Al despertar me senté sobre la cama y sentí bajo mi pierna la presencia de un objeto cuya rugosa textura me hizo evocar la vez lejana en que pisé accidentalmente una cucaracha con los pies descalzos. Grité. Busqué una chancleta de mi hermana y aplasté varias veces al intruso contra la superficie del colchón. No pasaba nada. Revisé más de cerca y noté que era la costra. No se había roto. Muy contenta con mi hallazgo la tomé con una de mis manos y fui a mostrársela a mi papá, que me sonrió gentil con la pipa entre sus dientes y me dijo: “¡Cónchale vale!, ¡mi papá tenía razón!”, imitando una voz infantil, mientras me pellizcaba la barriga.

La costra la guardé durante tres meses en la alcancía de los recuerdos atesorables, hasta que se desarmó. La piel nueva, anormalmente rosada y brillante, se fue acostumbrando a la acción del sol hasta convertirse en una mancha apenas perceptible que cubre actualmente la mitad de la rodilla. De resto no hubo cicatriz de ningún tipo, sólo queda la historia para narrar en las reuniones familiares y quizá para escribirla en un decálogo de cuentos.

lunes, 2 de febrero de 2009

2-F: albedrío laboral.


Hoy no hubo trabajo por decreto presidencial. La nota de prensa que leí (y que misteriosamente era igual en muchos de los diarios del país) decía algo así como que el que trabajara hoy iba a ser penalizado con tremenda multa, por no hacer una cita textual, cosa que me da flojera.

Bien. La verdad, para ser honesta, es que le agradezco muchísimo al señor presidente que haya hecho ese decreto. Lo que no le agradezco es que me venga a multar si trabajo, porque ¿saben? este fin de semana es mi mercado de diseño y uno de los socios echó el carro (significa que no está trabajando), el otro ya terminó casi toda su parte del trabajo, lo que quiere decir que tengo mucho, pero muchísimo qué hacer, y tomando en cuenta que las cosas en la oficina están fuertecitas, digamos que suficiente tiempo no tengo.

Entonces yo digo, ¿me va a venir a multar el ministerio si trabajo aquí en mi casa el día de hoy? porque bastante que tengo pendiente por coser, y no me he podido poner a dar una sola puntada por miedo a que la multa me salga más cara que la ganancia neta del evento del fin de semana, y si a ver vamos está bien, que es día feriado y que puedo no ir a trabajar a la oficina, pero al menos tengo derecho yo, como dueña de mi propia nanoempresa, a decidir si ponerme a producir Monstruos Chicos o no.

¿Tienen derecho las sanciones pecuniarias a coartar el libre albedrío?, o en caso contrario, ¿tienen derecho empresas como Globovisión a exigirles a sus empleados la asistencia al lugar de trabajo en un día que, independientemente de los motivos, fue declarado por el gobierno como día feriado? La segunda pregunta me parece aún más importante en este momento, porque ahora que lo pienso, esa gente que fue a trabajar el día de hoy puede exigir el pago de su día doble, como es el caso de los que rabajan los domingos, pero eso sería una aceptación del decreto, y por ende una traición al patrono opositor que considera que el 2 de febrero no tiene nada de célebre.

Debo acotar que en este texto no estoy manifestando mi apoyo a ninguna de las dos posturas, sino mi inquietud ante el dilema, que verdaderamente es mucho más profundo del que yo misma me puedo imaginar. Como les dije, no fui a trabajar a la oficina el día de hoy. Anoche hablé con mi jefe y él no estaba enterado de nada de lo del decreto, así que me dijo "mañana vemos, Malu, déjame hablar con los muchachos (otros jefes), y te aviso" y con un deseo de buenas noches se despidió. Yo hoy me levaté temprano como todos los días laborales, pero afortunadamente mi jefe me escribió un sms antes de que tomara rumbo a la oficina y me pude quedar tranquila en casa para coser. Sin embargo la posibilidad de tener que trabajar estaba allí presente, y de haber sido así, habría ido a la oficina como todos los días, no sin darme cuenta de aquel asunto del libre albedrío que, tal como ésto del trabajo multado, habría pisoteado mi capacidad de elegir qué demonios hacer con mi vida en un día que, inesperadamente, se convirtió en nuestro por encima de cualquier ideología política, de síes y noes y de colores que ultimamente se han unificado para luchar desde dos polos vestidos con el mismo color rojo.