martes, 10 de febrero de 2009

Rodilla de cucaracha (6ta anécdota dermatológica)

La bicicleta blanca estaba como nueva. Había sido de mi prima, pero casi no tenía huellas de su uso, sólo los cauchos, un poco lisos y de color blanco curtido, daban señales de haber sido usada alguna vez. Estaba muy feliz, tenía una bicicleta nueva.

Los pies me llegaban a un solo pedal a la vez, el que estuviera más arriba. El número veinte en los rines indicaban que el codiciado artefacto aún era algo grande para una niña como yo, pero no importaba. Manejaba parada, con el riesgo latente de golpearme con el tubo, y sólo me sentaba cuando tenía el impulso suficiente para no pedalear unos segundos.

El sistema de frenos era a contra pedal, una maravillosa novedad para lucir ante los usuarios de simples frenos manuales, aún cuando este sofisticado mecanismo de detención sólo aplicaba para la rueda trasera. El asiento y la pintura también eran color blanco, la máxima expresión de la elegancia, nada que ver con la antigua bicicleta verde grama, modelo años cincuenta que, con sus 16 pulgadas de diámetro en cada rueda, ya no representaba ningún desafío para una niña como yo.

Mi papá había llegado en la noche con el regalo montado en la parte de atrás del Jeep amarillo. El estacionamiento estaba solo y, contento por mi euforia, me acompañó a dar unas cuantas vueltas de familiarización, que se prolongaron hasta la una de la mañana. Yo me sentía como una súper heroína, como una niña audaz con una bicicleta monumental. No me bajaría de ella más nunca, a menos que tuviera que comer, dormir o hacer del uno y del dos. En adelante tendría aventuras interminables con mi nuevo vehículo, lo podía presentir en el susurro suave de la cadena, en la acolchada sensación de los manubrios y en el Tigre Tony, que se sujetaba con fuerza de los rayos mientras la rueda delantera giraba a incontables revoluciones por minuto.

Esa misma noche antes de dormir, repasé cada movimiento de mis horas de práctica. Ya dominaba el problema del tamaño y había ingeniado una técnica de pedaleo eficaz que me permitía, incluso, conducir sentada. A la mañana siguiente trataría de superar el miedo y me lanzaría a una odisea riesgosa del otro lado de la urbanización. Para ello necesitaba descansar. Cerré los ojos y comencé a soñar con bicicletas de todos los tamaños y colores.

La mañana del domingo se perfiló perfecta para dar el gran paso: trascender los límites del primer estacionamiento y atreverme a tomar la bajada empinadísima que unía los tres aparcaderos del conjunto residencial.

25 grados de inclinación parecen ser poco, pero aquella cuesta era temible, larga. Presentaba peligros de numerosas índoles, siendo el más intimidante ese paredón final cuyo doloroso impacto sólo podía evadirse con un giro repentino hacia la transversal, siete metros antes de chocar.

La cosa no era fácil. Luego de dar la curva había que esquivar tres huecos profundos, una alcantarilla rota y un desfiladero de treinta metros de alto, adornado por un único araguaney, que daba hacia las ruinas de un seminario en construcción.

Evalué cada parte del trayecto con minuciosidad. Sabía que daría la curva en el momento indicado, eso ya lo había logrado con el triciclo y la bicicleta verde. Lo que temía era no poder frenar a tiempo e irme rodando por el barranco, pero igual quise tomar el riesgo para sentirme valiente. Ya todo estaba listo.

Saqué la bicicleta del apartamento y caminé en cámara lenta imaginándome una fanfarria que me acompañaba hasta el punto de partida. Solía hacer películas en mi mente, y el recurso de slow motion lo utilizaba tanto para los momentos de gloria como para los gazapos más terribles. Pero ese era un momento grande, de los buenos. En pocos minutos sería una kamikaze sobreviviente, una heroína del ciclismo.

De pronto el ambiente se torna absolutamente cinematográfico. Dos franjas negras se ubican el la parte superior e inferior del escenario y una multitud ficticia aplaude mientras camino por el patio del edificio hasta la escalera de tres peldaños donde mi hermana se puso un diente negro tras un golpe seco contra un escalón. Bajo por los escalones y la bicicleta rueda, a mi lado, por el canal de desagüe. Oriento mi vehículo hacia la bajada que llega al primer estacionamiento. La idea es tomar impulso desde allí para llegar con buena velocidad a la gran cuesta y hacer más heróica la victoria. En un instante, ese mono azul marino “brinca pozo”, de cuando estaba en segundo grado, y mi franela de Tiroloco McGrow, se convierten en un aerodinámico traje de ciclista profesional.

La muchedumbre hace un silencio repentino. En la escena, yo, una niña de nueve años, paso la pierna derecha por encima de la bicicleta hasta tocar el piso del otro lado con la puntita del pie.

Cámara lenta. Un segundero de reloj se escucha a lo lejos. Subo la pierna izquierda, elevando el pedal correspondiente con la punta de mi pie. El ruido de la cadena exacerba el suspenso del momento. Está todo listo. Apoyo el pie levantado en el pedal y lo empujo hacia abajo hasta pararme sobre él, con la bicicleta moviéndose lentamente.

El ruido regresa. Gritos y ovaciones salen de todas partes en ese enorme estacionamiento vacío. Respiro bocanadas de aire dominical y siento el corazón en los oídos tapados por la excitación. Primera curva. Quince metros más y entraré a la cuesta final. Acelero. Acelero más.

Desde el punto de partida se puede observar, al final del camino, un hombre con un balde. “Quítese o lo atropello, señor” digo en voz baja sabiéndome una temeraria ciclista y manteniendo la aceleración.

En cámara aún más lenta, observo desde mi bici cómo el hombre se aproxima a un carro en toda la esquina de la curva del paredón. “¿Qué va a hacer éste?”, pienso, y frunce el seño a la vez que abro mis ojos pequeños con un leve toque de preocupación.

El hombre levanta el balde cinco segundos antes del punto crítico de la carrera, lo balancea ligeramente hacia atrás y, sin darse cuenta de las posibles consecuencias de su acción, vacía el contenido del tobo sobre el Lada vinotinto, inundando el piso en un diámetro de dos metros, que invade peligrosamente el área de giro seguro, antes de chocar con el paredón.

Una expresión de pánico se me dibuja en la cara. La multitud hace un silencio expectante, se oyen los pedales girar en dirección contraria, hasta que ya no es posible seguir dando vueltas. El sistema de frenos ha sido activado.

Deja vú. Inercia. Slow motion. “¿Cómo llamar a esto que está pasando?” dice una voz dentro de mi mente un nanosegundo antes de presionar el botón de la cámara rápida. De pronto, flashback. La imagen del velocípedo rojo y el recuerdo de haber tenido una papa en la frente, hacen que suplique por la salvación de mi alma. Click. Cámara rápida.

Todo pasó a tal velocidad que no sentí ni un ápice de dolor. La rueda delantera, desprovista de frenos, continuó su trayecto halando a la de atrás. La lisa superficie de los cauchos colaboró en el patinaje sobre el agua, y la rodilla izquierda fue el instrumento de aterrizaje de los treinta y cinco kilos que constituían mi peso para aquel entonces.

Tras asumir la derrota, me levanté del pavimento y me enrumbé, abochornada, al edificio A, buscando una buena excusa para darle a mi papá por la caída. Un trozo de tela colgante en el mono dejaba ver la pierna ensangrentada moviéndose con cautela en el trayecto de subida por la cuesta. Unos pocos metros atrás, el pellejo completo de mi rodilla infantil decoraba tétricamente el asfalto mojado.

El hombre del balde de agua no ofreció ninguna ayuda. Yo llegué al apartamento cinco minutos después, toqué como visitante la puerta de mi propia casa y esperé sentada frente al apartamento a la salida de Enrique, mi papá, quien al verme allí tirada me miró con una expresión que contenía toda la fuerza suficiente como para hacerme saber que no quería que le diera ni una sola explicación.

Los métodos de curación de mi padre nunca habían sido los más ortodoxos, pero pese a todo funcionaban milagrosamente bien. Esta vez, la tradicional nalgada fue propinada con mayor cautela, para evitar infligirme daño sobre la pierna afectada.

Un “¡Ándate a bañar!” vociferado a decibeles insanos, desencadenó mi terror, provocando una pataleta cobarde que no sirvió para nada, ya que, de igual modo, Enrique abrió la ducha y me metió, aún con la ropa puesta, bajo el torrente del agua.

El tratamiento esta vez consistió en compresas de sábila fría y Madecasol. Mi mamá no estaba allí, por fortuna en ese entonces vivía en Maracay. De haber visto la herida recién lavada, habría querido enviarme a acerme uno de esos tratamientos con gusanos que se comen la carne mala de la gente, realizarme un implante cutáneo y ponerme una rótula nueva, entre otras cosas.

Pero la cosa no fue tan grave. La piel de los niños se regenera casi tan fácil como una planaria cuando se pica en dos, y pasado un tiempo, la rodilla se cubrió de una costra negra y seca que apenas manaba pequeñas gotas de sangre cuando se flexionaba.

El día en que la costra se desprendió de la nueva piel sana, yo aún estaba durmiendo. Al despertar me senté sobre la cama y sentí bajo mi pierna la presencia de un objeto cuya rugosa textura me hizo evocar la vez lejana en que pisé accidentalmente una cucaracha con los pies descalzos. Grité. Busqué una chancleta de mi hermana y aplasté varias veces al intruso contra la superficie del colchón. No pasaba nada. Revisé más de cerca y noté que era la costra. No se había roto. Muy contenta con mi hallazgo la tomé con una de mis manos y fui a mostrársela a mi papá, que me sonrió gentil con la pipa entre sus dientes y me dijo: “¡Cónchale vale!, ¡mi papá tenía razón!”, imitando una voz infantil, mientras me pellizcaba la barriga.

La costra la guardé durante tres meses en la alcancía de los recuerdos atesorables, hasta que se desarmó. La piel nueva, anormalmente rosada y brillante, se fue acostumbrando a la acción del sol hasta convertirse en una mancha apenas perceptible que cubre actualmente la mitad de la rodilla. De resto no hubo cicatriz de ningún tipo, sólo queda la historia para narrar en las reuniones familiares y quizá para escribirla en un decálogo de cuentos.

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