miércoles, 8 de abril de 2009

Boxing girl

No, no es maquillaje...
Andén vía Palo Verde, estación de metro de Chacaíto.
Miércoles santo de 2009, 10:45am (aprox.)

Un bululú para salir. El servicio de trenes entre Chacaíto y Los dos caminos se encuentra suspendido debido a reparaciones de la vía férrea, por lo que están desalojando en esa estación a todo el rebaño de personas que viajan en dirección este de la ciudad, causando la interrupción indeseada de su no cómodo, pero sí veloz -en un buen caso- viaje, y poniendo en riesgo a decenas de viejitos y minusválidos que de pronto se ven atrapados dentro de una estampida comparable a aquella que destrozó la casa de los Parrish en Jumanji.

Y resulta que yo detesto las multitudes, y también detesto que los miembros de éstas tengan el mínimo contacto físico con mi persona, sobre todo cuando se trata de contacto piel con piel. ¿Neurosis? Sí, y a mucha honra, ya que es justamente este desequilibro el que me permite llenarme la boca de orgullo al decir que yo jamás he empujado a nadie para entrar a un miserable vagón del subterráneo.

Pero el tema de la entrada al tren no es el que importa, sino el de los acontecimientos que se desencadenaron ese día cuando al dirigirme a las escaleras del tren me vi convertida en el relleno de un sánduche en el cual el trozo pan de adelante era un invidente y el trozo de pan de la parte de atrás era una mujer enorme con los niveles de testosterona elevados a una proporción insana.

Resulta que el invidente caminaba despacito, y que yo no tenía ningún problema en seguirle el ritmo a medio metro de distancia para no molestarlo, pero la mujer de atrás parecía estar en medio de una crisis de claustrofobia que la llevó a empujarme por la espalda hasta que, tras hacerme voltear para explicarle la situación con el invidente, me propinó tres puñetazos en la cara que, además de dejarme con el aspecto de alguna de las rivales de Hilary Swank en Million Dolar Baby, también me privó de la posibilidad de ver el mundo con claridad a través de los cristales de mis lentes.

En fin, menos mal que yo no soy católica, porque si algo hice esta semana santa que debería haber escrito con mayúsculas fue proferir maldiciones e imaginar todo tipo de muertes terribles para la vieja bruja esa.

Ojalá la aplaste un camíon de cochinos...

...y que le dé tétano.