miércoles, 3 de febrero de 2010

Querida Venevisión.

Cuando yo era niña el sábado era sinónimo de pasar todo el día en la calle, entrar a la casa sólo para comer y orinar, y volver a salir a patear la calle hasta que ya no cupiera una sola partícula de mugre en la ropa y el cuerpo, y quizá todo ese disfrute sea la razón por la que nunca entendí que los sábados de otros niños fueran tan diferentes...

Díganme la verdad: ¿a quién le gustaba pasarse toda una tarde viéndole la cara a don Gilberto Correa?.... a ti? no lo creo. aunque vamos a estar claros en el hecho de que haber visto esa cara cuando aún se podía mover es algo más que un gran mérito, pero el precio de calarse semejante joyita de programa, definitivamente, fue demasiado alto.

Como todos saben, crecí en un hogar de izquierda (aunque mi mamá se niegue rotundamente a reconocerlo), y como en todo buen hogar de izquierda mis padres se ocuparon de criarme escuchando música autóctona de nuestro país, poniendo en mis manos buenos libros desde que era un raspicuí, cambiándome Barbies por gurrufíos y, a decir verdad, esas características que hacían mi niñez diferente a la de los demás, me hacían bastante feliz. De eso me di cuenta un día que llegué a casa de una amiguita en medio de una furibunda gritería ocasionada por la aparición de Guillermo Dávila en el plató de Sábado Sensacional.

La reacción de mis amigas al ver que yo no conocía quién era ese señor fue tal, que desde ese día en adelante, escondida de la furia de mi padre, me preocupé en ponerme al día al menos con diez minutos de Sábado Sensacional cada fin de semana. Comenzaba la preadolescencia y esa es una etapa en la que una tiene que ser In, Cool, Chic, chismosa, frívola y pendeja para poder figurar, y, como es obvio, todos queremos figurar.

Pero la empresa fracasó poco tiempo después. Mi mente de niña prodigio que alguna vez fui no toleró tanta infamia. De aquella época puedo nombrar algunos personajes, como Nelson de la Rosa, el tipito que medía como medio metro y tenía una esposa que era un mujerón. Recuerdo la indignación que sentí cuando dijeron que la pareja había tenido un niño y que ya el niño era más grande que su papá.

¿Alguien me puede decir por qué le metieron en la cabeza tanta basura a la gente? ¿Cómo era posible que en un programa visto por casi todo el mundo en el país saliera como una gran cosota un tipo que se comía copas de vidrio? Apuesto que a más de un pobre niño incauto se le habrá ocurrido hacer el experimento y no me quiero imaginar la hemorragia de esa pobre lengua infantil. O el tipo que doblaba cucharillas con la mente: cuando le descubrí el truquito no dejé ni un solo cubierto mal parado en la casa.

...O la cursilería con las quinceañeras... o los homenajes a Amador Bendayán, un señor que yo nunca supe quién fue y al que nunca le tuve cariño. ¿Tienen idea de cuánto me aburrían sus ridiculeces???? Sábado sensacional era algo así como calarse la dosis extrema de sonrisas idiotas de los comerciales de navidad, pero durante todos los sábados del año.

Ojo, lo digo en serio, señores de ese canal que no voy a nombrar porque no hace falta: SU PROGRAMA APESTA. No me vengan con cuentos de que es el más visto en la historia de la televisión, eso no es mérito alguno. ¿cómo puede ser suficiente ser visto por tantos millones de personas, si realmente no les aportaste nada bueno? ¿cómo te puedes sentir orgulloso de llevar tantos años llegando al público, si jamás te has preocupado por sembrar los valores que realmente necesitan tus expectadores?...

¿Quién les dio el derecho de ponernos a Lila morillo como ejemplo a seguir en la vida? ¿A cuenta de qué nos hicieron creer todo el maquillaje balurdo con el que disfrazaban la realidad de un país? Y lo que es peor aún, lo siguen intentando hacer.

No me interesan sus fenómenos, no me interesa tampoco participar en espectáculos de compasión colectiva ante la desgracia de un par de hermanos separados al nacer. Si son tan buenos con la gente no tiene que hacer alarde de ello, ni hace falta gastar tanto dinero pagando los sueldos de sus presentadores cuando lo que ustedes "realmente" quieren es entretener a la familia venezolana.

Háganle un favor al país y quiten ese estúpido programa del aire. No quiero seguir viviendo bajo la sombra de las chicas reconstruidas de Osmel, no quiero más dentro de mí el espantoso recuerdo de aquella mujer francesa con los pechos más grandes del mundo. Sus espectáculos de bucólico circo ambulante me parecen bastante tristes, y la verdad, me importa muy poco si ello les ofende.

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