miércoles, 30 de junio de 2010

Estado: Falcón

Dentro de una semana vuelvo a trabajar. La última vez que había agarrado vacaciones fue hace tres años, así que estaba muy cansada y tenía la esperanza de poder pasar mis vacaciones así:


Sin embargo, y aunque la he pasado bastante bien, resultó que las he pasado así:

Lo reconozco, el no haber podido llevar a cabo mi plan, y el saber que no tendré oportunidad de hacerlo al menos en un año más, hace que en este momento me sienta un poco down.


miércoles, 23 de junio de 2010

Baaba Maal




Baaba Maal, un senegalés hermoso con una voz y una sensibilidad artística más hermosa todavía.

Disfrútenlo.

Mi versión del Decreto de Guerra a Muerte (desde Punto Fijo)

Zancudos del sipote, contad con la muerte, aun siendo pequeñitos e indefensos, si no paráis instantáneamente de ladillarme en detrimento de la sana apariencia de mis amarillentas canillas y plantas de los pies, ya resecos por usar tanto repelente que no sirve para nada ante el yugo de sus diminutos y puntiagudos piquitos.

Tuqueques, arañas y otros depredadores de zancudos, contad con la vida, sobre todo cuando seáis culpables del homicidio de tan asesinable animal.

=(

me pica todo =(... anoche me picaron hasta en los párpados.

Compartiendo links

Esta es una de mis viñetas favoritas de Alberto Montt. No es una de las mejores, así que calculen cuán bueno es el pana.
Búsquenlo en dosisdiarias.com que seguramente van a tripear.

Esto fue PU-BLI-CI-DAD

:)

¿vieron? en mi blog se respeta la resorte!

lunes, 21 de junio de 2010

Los arenales mecánicos


Si no me hubieran robado el celular en aquel puestito de arepas, las fotos que tomé durante mi viaje a Coro acompañarían esta nota.

Sin embargo confío en que tendrán una poderosa imaginación y me entenderán si les digo que desde los médanos se puede ver el atardecer más anaranjado del planeta. Y que en la zona colonial las ventanas tienen personalidad. Y que la gente es la misma desde que existe la ciudad. Y que las arepas se pueden comer con todo por 12 bolívares, aunque yo la escogí sólo con caraotas y tajadas...

Y que se bebe más caña de la que me hubiera podido imaginar. Y que hasta el más pendejo te sabe tejer un chinchorro. Y que en la calle te tratan bien, incluso en los comercios, cosa que hasta ahora sólo me había sucedido en Mérida...

Me gustó Coro. Quiero volver.

(la imagen me la robé de flikr. Es de un usuario llamado eliud D90)

domingo, 20 de junio de 2010

Verdades que duelen

dedicado a Shakira

El hecho de que "tomes prestado" el coro de una canción de Las Chicas del Can para convertirlo en parte de la canción del mundial, no te hace ni un poquito mejor profesional.

...

insisto: antes, cuando no te habían raptado los extraterrestres, sí eras cool.
Ya no.

jueves, 10 de junio de 2010

Twitbol


En primer lugar voy a aclarar un par de puntos:

1.-Me gusta mucho el fútbol, muchísimo, pero no desde la perspectiva de una fanática, sino como alguien que aprecia la organización de un equipo, la destreza de un conjunto de personas para lograr un objetivo. Jugué fútbol durante un año en la universidad y, aunque talento, lo que se dice talento, yo no poseía, la pasé bastante bien y endurecí mis piernas, cosa que me recuerda que...

2.-Soy una chismosa de las redes sociales, y no me da vergüenza decirlo.

Ahora, puesto esto sobre la mesa, hay una cosa que NECESITO decir:

¿Qué demonios le encuentran de cool, importante, divertido, maravilloso, interesante, etc, etc, etc, al hecho de poner veinticinco twits por minuto contando si te gusta o no la canción que está cantando fulanito en la apertura del mundial?

...no entiendo twitter, no me interesa o no le agarro el gusto, no sé. Me parece una bobería.

Y en cuanto al mundial: :S... no le encuentro nada de especial. El día que Venezuela juegue sí me volveré loca viendo los juegos, pero por ahora, no.

=)

lunes, 7 de junio de 2010

Un post por el agua

Llegó la lluvia a Caracas hace algunas semanas y nuestro cerro, luego de los enormes incendios de hace algunos meses (¿se acuerdan de la noche que se tomó la foto de más arriba?), reverdeció para regalarnos la dosis de primavera que hace tiempo no vivíamos, no sólo los caraqueños, sino los venezolanos en general.

Ha llovido riquísimo estos días. Ha llovido con gotas grandes que el cielo nos ha mandado con la precaución de no hacerle daño a la ciudad. Creo que poca gente se ha dado cuenta de esto, de lo muy benéfica que ha sido esta temporada de lluvias en contraste con la del año pasado, que no sólo fue breve, sino que además cayó toda de sopetón, con temblores de tierra, granizo y todo, colapsando nuestras calles y agrietando edificios a diestra y siniestra como si fuera cosa de capricho.

Desde mi oficina veo el cielo que nuevamente es de un azul bello, limpio. Y desde mi casa, en las noches, vuelvo a ver las estrellas que creí se habían ido de viaje, y la luna es blanca, y no naranja, y los atardeceres tienen visos de rosado y azul, brillantes y hermosos, en nada similares al naranja opaco y sucio de nuestra más reciente temporada de sequía.

En enero de este año estábamos en medio de una terrible crisis energética. El Estado sugirió recortes sistemáticos de la electricidad, en aras del ahorro de la poca energía que nos quedaba para entonces, y mi única preocupación fue qué pasaría con las calles, las zonas oscuras de la ciudad por las que tendríamos que caminar a merced de la delincuencia.

Porque, sí, Caracas es una ciudad violenta.

Pero el ajustar mi vida a los cortes de luz no implicaba ninguna otra preocupación excepto la seguridad. Varias veces, durante el par de días que duraron los rumores acerca del racionamiento energético, escuché la quejas de gente cuya máxima congoja tenía que ver con perderse el último capítulo de la novela, por lo que me vi envuelta en varias discusiones acaloradas en las que mantuve la firme posición de que si no había con qué pues no se veía tele, ni se prendía el aire acondicionado, ni la secadora, y punto.

Al muy poco tiempo Caracas se vio librada del régimen de cortes de electricidad, y la gente, a falta de algo de qué quejarse, comenzó a prestar atención a la intermitente presencia de agua en sus grifos.

Para aquel entonces, el apartamento donde vivía tenía un inodoro averiado al que siempre le cerré la llave de paso luego de usarlo para evitar la fuga de agua, ganándome los reclamos de mi casera, que prefería dejar botar el agua que abrir y cerrar una simple llavecita antes y después de hacer del uno o del dos.

Y es que el problema radica, en parte, en que somos privilegiados, y por ello nos comportamos como niños malcriados, monstruitos que lo hemos tenido todo siempre en enormes cantidades, y que nunca nos hemos detenido a pensar en el poquísimo tiempo que podría quedarnos aquí.

Hay países con problemas tan graves de agua que debería darnos vergüenza con tener conciencia del uso que hacemos de la nuestra, que es muchísima, y que está muy mal usada por nosotros mismos, por la empresa privada, las petroleras, y demás.

...y hablando de ésto me viene el recuerdo de mi infancia en el pueblo de Guatire, y de un río, una quebradita cerca del clegio San Martín de Porres, que todos los días cambiaba de color y de hedor a causa de los desechos de una fábrica de productos de limpieza, o eso se decía entonces. Lo cierto es que el río hasta echaba espuma y daba asco, mucho asco.

El agua no es cosa de juego. Los recortes de luz de enero (que no se dieron en Caracas, pero que, para los que no lo saben, sí fueron ejecutados en el interior del país) no tenían otra razón que no fuera la falta de agua. El Ávila estaba seco, los parques estaban secos, todo estaba seco, y lo poco que podíamos hacer por ello no lo hicimos. ¿Somos unos egoístas o qué?

Insisto, estamos cómodos, somos millonarios por la simple razón de que contamos con un sistema de distribución del agua que está en manos del Estado y que tiene costos prácticamente absurdos. Nos damos baños que pocas personas en el mundo tienen el lujo de darse, estamos rodeados de mar y atravesados por ríos, vivimos en un país en el que el agua llega a todos lados aunque sea en sisterna y eso nos debería ayudar a ser ciudadanos más conscientes y felices, y no la cuerda de desadaptados que no sólo somos, sino que nos gusta ser, preocupados constantemente por las fluctuaciones del dólar, del petróleo, del euro y de todas esas cosas que no son nada, no alimentan, no nutren, no educan, no nada.

El agua es vida, aunque suene a frase hecha. Nosotros como seres vivos somos un montón por cierto agua (¿75?), y cero por ciento petróleo o dólar, ¿sigen sin entenderlo?, y así como opino que el derecho al acceso al agua es algo equivalente al mismo derecho a la vida, pienso que nadie es tan importante como para hacer mal uso de ella.

miércoles, 2 de junio de 2010

El mueble

Venir a la casa de los muchachos siempre fue divertido. Preparábamos enormes comilonas colectivas en una tabla redonda y grande repleta con brócoli al gratén, arroz, pollo guisado con cebolla, nata, siempre muchísima nata y algún enorme vaso de nestea, también compartido entre los cinco, mientras nos reíamos de nuestra particular manera de disfrutar la cena.

A veces, cuando los ánimos sobraban, organizábamos bailes en la sala de estar, nuestra discoteca particular, en la que todo se valía y nada nos daba pena. Los más graciosos pasos de baile surgían en esa sala, igual que los más forzados, los más sensuales y los más enérgicos. Pasábamos de los éxitos de la Fania a Bob Marley con una sorprendente capacidad de adaptación. Bailábamos emparejados, solos, en rueda, como fuera, e incluso una vez contamos con la visita de una bailarina de danza árabe que nunca nos dio muestra de su baile, pero que se lució con un casino excepcional que nos dejó a todos en la sala con los ojos abiertos como platos y el efímero deseo de aprender a mover los pies de esa manera.

Así pasábamos los días en la casa de los chicos. Al principio sólo unas horas dos o tres veces por semana, hasta que gradualmente comenzamos a quedarnos más y más tiempo, tejiendo historias para contarnos a nosotras mismas durante la vejez, jugando a formar parte de una versión privada y diminuta del festival de Woodstock, durmiendo, riendo, inventando planes que nunca se llevaban a cabo, junto con tres sempiternos adolescentes que nos acogieron en su casa con esos humildes gestos de cortesía y esa caballerosidad natural que siempre nos sorprendió muy gratamente.

Fue así como un día, sin darnos cuenta, estábamos viviendo ahí. Y aunque continuábamos hablando de nuestra casa como un lugar lejano al sitio donde pasábamos las noches, y aunque todos los días íbamos alla a buscar ropa y darnos un buen baño, todos sabíamos que el letrerito de visitante era una formalidad de la que habíamos prescindido desde hacía varias semanas.

Como la casa estaba llena de montones de trastes de dudosa procedencia, no nos preocupamos cuando llegó el futón. Entre las cosas que para ese entonces llenaban la casa estaba la lavadora que adornaba el porche, la silla de peluquería que solíamos apodar "la camilla de abortar", los dos carros que nunca vi moverse del garage, los cinco colchones que dormían unos sobre otros en una esquina de la sala grande, las decenas de cajas de contenido misterioso, "Elvis" la nevera de los 50's, "John" la nevera de los 70's y "Kurt" la nevera de los 90's, que yacían juntas dentro de un clóset desde sus respectivas averías definitivas, y que le daban a su pequeño hogar el carácter de un moderno cementerio de elefantes. Así que el mueble nuevo sólo era uno más de esos corotos que sabíamos que nunca más dejaría de acompañarnos, y no hicimos mucho caso cuando comenzaron a desaparecer las llaves.

Pero poco a poco la situación fue empeorando a tal punto que comenzamos a tener sospechas de que hubiera un ladrón entre nosotros. Desaparecieron pequeñas cantidades de dinero, cajas de cigarrillos, zarcillos, gorras, algunas prendas de ropa, teléfonos celulares, y nunca dimos con el rastro de ninguna, ni tuvimos pruebas de que alguno de nuestros amigos, o incluso uno de nosotros mismos, las hubiera robado.

El misterio de las desapariciones fue tema de contante discusión durante mucho tiempo. En los días más alegres, cuando estábamos de fiesta y el vino fluía a raudales por nuestras venas, reíamos y deseábamos en voz alta, como si el ladrón nos pudiera escuchar, que comenzaran a desaparecer los viejos peroles inútiles de la casa. Otros días más hostiles nos sorprendíamos unos a otros en nuestras habitaciones con allanamientos grupales que nunca llegaban a nada más que una pelea, y que finalmente cesaron con la llegada de una teoría que a todos nos pareció bastante verosímil: teníamos un poltergeist en casa.

Le pusimos por nombre Sabañón, en honor a un lorito herido que adoptamos poco después de que comenzaran los robos, y que desapareció de la misma misteriosa forma que todo lo demás. Al nuevo amigo, al cual informalmente le decíamos Saba, le hablamos y lo recibimos como un miembro nuevo de la casa y hasta le hicimos un rincón donde pusimos juguetes y regalos a cambio de que no nos robara más nada. Sabañón respondió siempre con la indiferencia de una diva del cine y al cabo de varios meses ya habíamos desmentido la existencia de nuestro etéreo amigo.

Un buen día nos despertamos y no vimos a Francisca. Su colección de duendes miniatura y todos sus objetos de valor estaban cuidadosamente colocados en su sitio, la cama tendida y la cartera sobre ella, junto con todos los documentos y tarjetas bancarias, por lo que creimos que habría salido al parque o al abasto a comprar algo y volvería pronto, pero nunca volvimos a tener noticias de su paradero. Un amarillista diario local sacó una reseña sobre su desaparición, enmarcada en un ambiente tan estérico que durante un tiempo estuvimos recibiendo la visita de decenas de curiosos a la casa. Hombres y mujeres que nos traían regalos y comida, y hasta nos ofrecían dinero con tal de conocer el lugar donde había vivido la muchacha desaparecida, Se decía que los duendes miniatura se la habían llevado a su mundo subterráneo, por lo que nuestras visitas consistían en grupos de tres o cuatro excéntricos armados con cámaras curiosas para ver al aura, péndulos y redes para cazar mariposas, que afortunadamente dejaron de visitarnos cuando ya estuvieron aburridos del tema, pero volvieron a aparecer en mucha más cantidad la vez que los gemelos, Omar y Gonzalo, se esfumaron de la misma misteriosa manera que Fran.

De los muchachos solamente quedó Carlos luego de eso. Hacía unos once meses que por decisión unánime Francisca y yo nos habíamos mudado definitivamente a la casa que robaba, como la llaman los vecinos de la cuadra, y supuse que habiendo cambiado tanto las cosas, luego de las desapariciones de los gemelos y de Fran, Carlos decidiría deshacerse de la casa y yo tendría que recoger mis pertenencias y buscar un sitio en donde vivir, pero fue él quien tomó la desición de marcharse a otra ciudad y fue así como un domingo me entregó todas las llaves (las pocas que quedaban de la vez que sacamos veinticinco copias para evitar que el ladrón nos dejara encerrados de nuevo) y se fue sin decirme a dónde ni a qué, y dejádome sola en un lugar que había pasado a convertirse en un pesado costal de nostalgia y tristeza.

He pasado mucho tiempo viviendo sola aquí desde que todos se fueron. Ayer en la mañana entendí lo que había sucedido y lloré tanto que aún me duelen los ojos y los oídos me zumban en una frecuencia poco menos que filosa. Fue en un acto desesperado por darle alegría a la casa que saqué a Elvis, a John y a Kurt, y con ellos a todos los corotos rotos o averiados de la casa y pagué a un camión porque se los llevara lejos, donde nunca más pudiera volver a verlos. Adentro, junto a mí, sólo quedaron las pertenencias de los muchachos y de Fran, los utensilios de cocina y el futón, que a pesar de los años permanecía mullido. Lo aspiré tanto como pude y lo puse en la sala chiquita.

Advirtiendo que desde su llegada a la casa nunca hice uso de él porque lucía muy sucio, me acosté en el viejo mueble a descargar el cansancio del día, y no sé si fue por el desgaste de la tela o porque estaba tan repleto de relleno que ya no podía soportar más tensión, pero lo cierto es que el forro cedió bruscamente al depositarme sobre él, escupiendo desde su interior discos de vinilo, llaves, pinturas de uña, billetes raídos, monedas y un montón de huesos en el que resaltaban a la vista tres cráneos evidentemente humanos.

Y asi estuve toda la tarde, sin saber qué hacer con tanto traste, pensando en cavar una fosa muy profunda donde pudiera enterrar al futón y toda la mierda que se tragó mientras estaba bueno.

Por razones obvias no quise dormir con semejante monstruo dentro de la casa, aunque un monstruo con las tripas afueras seguramente pierde mucho de su poder. Así que lo saqué al patio a pasar la noche hasta que se me ocurriera una forma de deshacerme de él. El resto de las cosas las he clasificado casi todas y hasta pienso quedarme con algunas. La vecina de la quinta Mis Amores iba pasando cuando sacaba el futón y me sugirió mandarle a reparar la lona alegando que es un mueble muy valioso. Una tímida arcada me invadió la garganta y la disimulé. La vecina de la quinta Mis Amores siempre fue una solterona fisgona y malencarada que trataba con desdén a todo el que pasaba tiempo en nuestra casa, así que no lo pensé dos veces antes de decirle que si le interesaba con mucho gusto se lo podía quedar.

Honestamente no me arrepiento. En este momento sé dos verdades: uno, que la vecida de la quinta Mis Amores no será llorada como mis amigos por ninguna de las personas de la cuadra, y dos, que puedo pasar el resto de mi vida conviviendo con tres esqueletos y un extraño secreto, pero no con un mueble que se lo traga todo, incluso a la gente.

martes, 1 de junio de 2010

Sobre la escuela...

Los colegios son construcciones hermosas llenas de risas sonoras que brotan de todas partes a la hora del recreo, y bailan con el viento como las hojas de los árboles.
Los colegios, las escuelas, son el escenario de muchas primeras veces: el primer beso, la primera pelea en público, la primera menstruación... Son los sitios predilectos para las travesuras, el sitio donde conoces a los primeros cómplices de tu vida.
Siempre he pensado que hay algo de magia en el aura de los colegios, algo que los hace lugares de luz... lo único malo es que dan clases ahí. =S

Persuasión

Una de las pocas formas que existen para obligarme a hacer algo que creo que no puedo o no quiero hacer, es el reto. Soy una primitiva víctima de ese monstruo maligno llamado soberbia, y siempre que tenga la oportunidad de demostrar que soy capaz de hacer cualquier pendejada mejor que un niño de 7 años, lo haré.

Eso fue lo que pasó esta mañana con la tablita del demonio. Uno de los señores jefes me dijo "A ver, niña, si tú dibujas tan bién, muéstrame que eres capaz de dibujarme algo aquí, con esta cosita", y fue entonces cuando me vi desde afuera peleando con las perillas de la fulana pizarra hasta que tuve el mínimo control necesario de ellas para hacer un dibujo medianamente respetable.

Aquí se los dejo, porque quiero que vean que soy cool, que sé dibujas caritas y que, después de todo, sigo siendo un monstruochico.