miércoles, 2 de junio de 2010

El mueble

Venir a la casa de los muchachos siempre fue divertido. Preparábamos enormes comilonas colectivas en una tabla redonda y grande repleta con brócoli al gratén, arroz, pollo guisado con cebolla, nata, siempre muchísima nata y algún enorme vaso de nestea, también compartido entre los cinco, mientras nos reíamos de nuestra particular manera de disfrutar la cena.

A veces, cuando los ánimos sobraban, organizábamos bailes en la sala de estar, nuestra discoteca particular, en la que todo se valía y nada nos daba pena. Los más graciosos pasos de baile surgían en esa sala, igual que los más forzados, los más sensuales y los más enérgicos. Pasábamos de los éxitos de la Fania a Bob Marley con una sorprendente capacidad de adaptación. Bailábamos emparejados, solos, en rueda, como fuera, e incluso una vez contamos con la visita de una bailarina de danza árabe que nunca nos dio muestra de su baile, pero que se lució con un casino excepcional que nos dejó a todos en la sala con los ojos abiertos como platos y el efímero deseo de aprender a mover los pies de esa manera.

Así pasábamos los días en la casa de los chicos. Al principio sólo unas horas dos o tres veces por semana, hasta que gradualmente comenzamos a quedarnos más y más tiempo, tejiendo historias para contarnos a nosotras mismas durante la vejez, jugando a formar parte de una versión privada y diminuta del festival de Woodstock, durmiendo, riendo, inventando planes que nunca se llevaban a cabo, junto con tres sempiternos adolescentes que nos acogieron en su casa con esos humildes gestos de cortesía y esa caballerosidad natural que siempre nos sorprendió muy gratamente.

Fue así como un día, sin darnos cuenta, estábamos viviendo ahí. Y aunque continuábamos hablando de nuestra casa como un lugar lejano al sitio donde pasábamos las noches, y aunque todos los días íbamos alla a buscar ropa y darnos un buen baño, todos sabíamos que el letrerito de visitante era una formalidad de la que habíamos prescindido desde hacía varias semanas.

Como la casa estaba llena de montones de trastes de dudosa procedencia, no nos preocupamos cuando llegó el futón. Entre las cosas que para ese entonces llenaban la casa estaba la lavadora que adornaba el porche, la silla de peluquería que solíamos apodar "la camilla de abortar", los dos carros que nunca vi moverse del garage, los cinco colchones que dormían unos sobre otros en una esquina de la sala grande, las decenas de cajas de contenido misterioso, "Elvis" la nevera de los 50's, "John" la nevera de los 70's y "Kurt" la nevera de los 90's, que yacían juntas dentro de un clóset desde sus respectivas averías definitivas, y que le daban a su pequeño hogar el carácter de un moderno cementerio de elefantes. Así que el mueble nuevo sólo era uno más de esos corotos que sabíamos que nunca más dejaría de acompañarnos, y no hicimos mucho caso cuando comenzaron a desaparecer las llaves.

Pero poco a poco la situación fue empeorando a tal punto que comenzamos a tener sospechas de que hubiera un ladrón entre nosotros. Desaparecieron pequeñas cantidades de dinero, cajas de cigarrillos, zarcillos, gorras, algunas prendas de ropa, teléfonos celulares, y nunca dimos con el rastro de ninguna, ni tuvimos pruebas de que alguno de nuestros amigos, o incluso uno de nosotros mismos, las hubiera robado.

El misterio de las desapariciones fue tema de contante discusión durante mucho tiempo. En los días más alegres, cuando estábamos de fiesta y el vino fluía a raudales por nuestras venas, reíamos y deseábamos en voz alta, como si el ladrón nos pudiera escuchar, que comenzaran a desaparecer los viejos peroles inútiles de la casa. Otros días más hostiles nos sorprendíamos unos a otros en nuestras habitaciones con allanamientos grupales que nunca llegaban a nada más que una pelea, y que finalmente cesaron con la llegada de una teoría que a todos nos pareció bastante verosímil: teníamos un poltergeist en casa.

Le pusimos por nombre Sabañón, en honor a un lorito herido que adoptamos poco después de que comenzaran los robos, y que desapareció de la misma misteriosa forma que todo lo demás. Al nuevo amigo, al cual informalmente le decíamos Saba, le hablamos y lo recibimos como un miembro nuevo de la casa y hasta le hicimos un rincón donde pusimos juguetes y regalos a cambio de que no nos robara más nada. Sabañón respondió siempre con la indiferencia de una diva del cine y al cabo de varios meses ya habíamos desmentido la existencia de nuestro etéreo amigo.

Un buen día nos despertamos y no vimos a Francisca. Su colección de duendes miniatura y todos sus objetos de valor estaban cuidadosamente colocados en su sitio, la cama tendida y la cartera sobre ella, junto con todos los documentos y tarjetas bancarias, por lo que creimos que habría salido al parque o al abasto a comprar algo y volvería pronto, pero nunca volvimos a tener noticias de su paradero. Un amarillista diario local sacó una reseña sobre su desaparición, enmarcada en un ambiente tan estérico que durante un tiempo estuvimos recibiendo la visita de decenas de curiosos a la casa. Hombres y mujeres que nos traían regalos y comida, y hasta nos ofrecían dinero con tal de conocer el lugar donde había vivido la muchacha desaparecida, Se decía que los duendes miniatura se la habían llevado a su mundo subterráneo, por lo que nuestras visitas consistían en grupos de tres o cuatro excéntricos armados con cámaras curiosas para ver al aura, péndulos y redes para cazar mariposas, que afortunadamente dejaron de visitarnos cuando ya estuvieron aburridos del tema, pero volvieron a aparecer en mucha más cantidad la vez que los gemelos, Omar y Gonzalo, se esfumaron de la misma misteriosa manera que Fran.

De los muchachos solamente quedó Carlos luego de eso. Hacía unos once meses que por decisión unánime Francisca y yo nos habíamos mudado definitivamente a la casa que robaba, como la llaman los vecinos de la cuadra, y supuse que habiendo cambiado tanto las cosas, luego de las desapariciones de los gemelos y de Fran, Carlos decidiría deshacerse de la casa y yo tendría que recoger mis pertenencias y buscar un sitio en donde vivir, pero fue él quien tomó la desición de marcharse a otra ciudad y fue así como un domingo me entregó todas las llaves (las pocas que quedaban de la vez que sacamos veinticinco copias para evitar que el ladrón nos dejara encerrados de nuevo) y se fue sin decirme a dónde ni a qué, y dejádome sola en un lugar que había pasado a convertirse en un pesado costal de nostalgia y tristeza.

He pasado mucho tiempo viviendo sola aquí desde que todos se fueron. Ayer en la mañana entendí lo que había sucedido y lloré tanto que aún me duelen los ojos y los oídos me zumban en una frecuencia poco menos que filosa. Fue en un acto desesperado por darle alegría a la casa que saqué a Elvis, a John y a Kurt, y con ellos a todos los corotos rotos o averiados de la casa y pagué a un camión porque se los llevara lejos, donde nunca más pudiera volver a verlos. Adentro, junto a mí, sólo quedaron las pertenencias de los muchachos y de Fran, los utensilios de cocina y el futón, que a pesar de los años permanecía mullido. Lo aspiré tanto como pude y lo puse en la sala chiquita.

Advirtiendo que desde su llegada a la casa nunca hice uso de él porque lucía muy sucio, me acosté en el viejo mueble a descargar el cansancio del día, y no sé si fue por el desgaste de la tela o porque estaba tan repleto de relleno que ya no podía soportar más tensión, pero lo cierto es que el forro cedió bruscamente al depositarme sobre él, escupiendo desde su interior discos de vinilo, llaves, pinturas de uña, billetes raídos, monedas y un montón de huesos en el que resaltaban a la vista tres cráneos evidentemente humanos.

Y asi estuve toda la tarde, sin saber qué hacer con tanto traste, pensando en cavar una fosa muy profunda donde pudiera enterrar al futón y toda la mierda que se tragó mientras estaba bueno.

Por razones obvias no quise dormir con semejante monstruo dentro de la casa, aunque un monstruo con las tripas afueras seguramente pierde mucho de su poder. Así que lo saqué al patio a pasar la noche hasta que se me ocurriera una forma de deshacerme de él. El resto de las cosas las he clasificado casi todas y hasta pienso quedarme con algunas. La vecina de la quinta Mis Amores iba pasando cuando sacaba el futón y me sugirió mandarle a reparar la lona alegando que es un mueble muy valioso. Una tímida arcada me invadió la garganta y la disimulé. La vecina de la quinta Mis Amores siempre fue una solterona fisgona y malencarada que trataba con desdén a todo el que pasaba tiempo en nuestra casa, así que no lo pensé dos veces antes de decirle que si le interesaba con mucho gusto se lo podía quedar.

Honestamente no me arrepiento. En este momento sé dos verdades: uno, que la vecida de la quinta Mis Amores no será llorada como mis amigos por ninguna de las personas de la cuadra, y dos, que puedo pasar el resto de mi vida conviviendo con tres esqueletos y un extraño secreto, pero no con un mueble que se lo traga todo, incluso a la gente.

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