lunes, 7 de junio de 2010

Un post por el agua

Llegó la lluvia a Caracas hace algunas semanas y nuestro cerro, luego de los enormes incendios de hace algunos meses (¿se acuerdan de la noche que se tomó la foto de más arriba?), reverdeció para regalarnos la dosis de primavera que hace tiempo no vivíamos, no sólo los caraqueños, sino los venezolanos en general.

Ha llovido riquísimo estos días. Ha llovido con gotas grandes que el cielo nos ha mandado con la precaución de no hacerle daño a la ciudad. Creo que poca gente se ha dado cuenta de esto, de lo muy benéfica que ha sido esta temporada de lluvias en contraste con la del año pasado, que no sólo fue breve, sino que además cayó toda de sopetón, con temblores de tierra, granizo y todo, colapsando nuestras calles y agrietando edificios a diestra y siniestra como si fuera cosa de capricho.

Desde mi oficina veo el cielo que nuevamente es de un azul bello, limpio. Y desde mi casa, en las noches, vuelvo a ver las estrellas que creí se habían ido de viaje, y la luna es blanca, y no naranja, y los atardeceres tienen visos de rosado y azul, brillantes y hermosos, en nada similares al naranja opaco y sucio de nuestra más reciente temporada de sequía.

En enero de este año estábamos en medio de una terrible crisis energética. El Estado sugirió recortes sistemáticos de la electricidad, en aras del ahorro de la poca energía que nos quedaba para entonces, y mi única preocupación fue qué pasaría con las calles, las zonas oscuras de la ciudad por las que tendríamos que caminar a merced de la delincuencia.

Porque, sí, Caracas es una ciudad violenta.

Pero el ajustar mi vida a los cortes de luz no implicaba ninguna otra preocupación excepto la seguridad. Varias veces, durante el par de días que duraron los rumores acerca del racionamiento energético, escuché la quejas de gente cuya máxima congoja tenía que ver con perderse el último capítulo de la novela, por lo que me vi envuelta en varias discusiones acaloradas en las que mantuve la firme posición de que si no había con qué pues no se veía tele, ni se prendía el aire acondicionado, ni la secadora, y punto.

Al muy poco tiempo Caracas se vio librada del régimen de cortes de electricidad, y la gente, a falta de algo de qué quejarse, comenzó a prestar atención a la intermitente presencia de agua en sus grifos.

Para aquel entonces, el apartamento donde vivía tenía un inodoro averiado al que siempre le cerré la llave de paso luego de usarlo para evitar la fuga de agua, ganándome los reclamos de mi casera, que prefería dejar botar el agua que abrir y cerrar una simple llavecita antes y después de hacer del uno o del dos.

Y es que el problema radica, en parte, en que somos privilegiados, y por ello nos comportamos como niños malcriados, monstruitos que lo hemos tenido todo siempre en enormes cantidades, y que nunca nos hemos detenido a pensar en el poquísimo tiempo que podría quedarnos aquí.

Hay países con problemas tan graves de agua que debería darnos vergüenza con tener conciencia del uso que hacemos de la nuestra, que es muchísima, y que está muy mal usada por nosotros mismos, por la empresa privada, las petroleras, y demás.

...y hablando de ésto me viene el recuerdo de mi infancia en el pueblo de Guatire, y de un río, una quebradita cerca del clegio San Martín de Porres, que todos los días cambiaba de color y de hedor a causa de los desechos de una fábrica de productos de limpieza, o eso se decía entonces. Lo cierto es que el río hasta echaba espuma y daba asco, mucho asco.

El agua no es cosa de juego. Los recortes de luz de enero (que no se dieron en Caracas, pero que, para los que no lo saben, sí fueron ejecutados en el interior del país) no tenían otra razón que no fuera la falta de agua. El Ávila estaba seco, los parques estaban secos, todo estaba seco, y lo poco que podíamos hacer por ello no lo hicimos. ¿Somos unos egoístas o qué?

Insisto, estamos cómodos, somos millonarios por la simple razón de que contamos con un sistema de distribución del agua que está en manos del Estado y que tiene costos prácticamente absurdos. Nos damos baños que pocas personas en el mundo tienen el lujo de darse, estamos rodeados de mar y atravesados por ríos, vivimos en un país en el que el agua llega a todos lados aunque sea en sisterna y eso nos debería ayudar a ser ciudadanos más conscientes y felices, y no la cuerda de desadaptados que no sólo somos, sino que nos gusta ser, preocupados constantemente por las fluctuaciones del dólar, del petróleo, del euro y de todas esas cosas que no son nada, no alimentan, no nutren, no educan, no nada.

El agua es vida, aunque suene a frase hecha. Nosotros como seres vivos somos un montón por cierto agua (¿75?), y cero por ciento petróleo o dólar, ¿sigen sin entenderlo?, y así como opino que el derecho al acceso al agua es algo equivalente al mismo derecho a la vida, pienso que nadie es tan importante como para hacer mal uso de ella.

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