jueves, 14 de octubre de 2010

La vida continúa (porque no hubo apagón)

¿Te parece que mi título es cliché? pues a mí me parece un título muy lindo y apropiado. El fresquito de la dicha de vivir me sopló esta mañana, y creo que lo estaré disfrutando por un par de días más hasta que vuelva a mi habitual estado de monstruosidad irreparable.

La cosa fue así: hay paro en mi universidad. Los trabajadores, profesores, estudiantes, obreros, las orugas de las palmeras, las guacamayas y las nubes de Calder están recorriendo la ciudad reclamando que si esto que si aquello, cosas que tienen validez, pero que a mí me saben a chicle masticado por camello al momento de ponerlas en una balanza compitiendo con mis ganas de ver clases, y punto. ¿Egoísta? sí, bastante,. pero soy un ser humano, y por encima de eso, una monstrua. He dicho.

El punto es que hay paro desde hace tiempo. ¿Recuerdas que el lunes escribí que no había tenido clases? Bueno, la cosa continuó así, entre la lucha gremial y mi arrechera desazón, de modo que ayer miércoles, luego del gran embarque que me eché con mi no-clase de la mañana, procedí diligentemente a pagarle el recibo de la luz a mi mamá, no sin antes rezarle todito el camino a San Pancracio y a los mineros chilenos porque no le hubieran cortado el servicio a mi hipersensible progenitora, de modo que mi psique se encontrara a salvo de las ondas sísmicas de la ira que brotan de sus tripas cuando pasan cosas como que le cortaron la luz porque a ella se le olvidó pagarla, luego me echó el carro pidió el favor a mí de que lo hiciera, y a mí también se me olvidó. Total que, por transitividad, el ganso muerto termina siendo mío.

Llegué sudando frío a la oficina de "Aquí se paga la electricidad" y una señora tan diligente como yo lo soy en la limpeza de mi cuarto (JA!) me atendió, me crobró y me preguntó mu amistosamente cuántos paquetes de velas había gastado ya, a lo que yo le contesté con un leve quejido de dolor y un hasta luego tras el cual lo único que hice fue ver pasar por mi mente las imágenes de lo que había sido mi vida hasta ese momento, con la certeza de que mi mamá llegaría de viaje, conseguiría la nevera llena de plátanos pelúos y trozos de queso hediondo y verde, y se dispondría, de ahí en adelante, a hacerme la vida tiritas de papel tualé remojado, hasta que consiguiera algo más entretenido por hacer.


Esta mañana llegó la llamada. Miré el teléfono con la tenebrosa y titilante palabra Mamá sacudiéndome la glándula de la angustia. Dudé en contestar, pero, en vista de la inminente llegada del horror, me entregué en sacrificio a los dioses, a San Pancracio y a los mineros chilenos, y lo hice. La conversación fue más o menos esta:
-Hola, mamá
-hola, Maluchi, ¿cómo está todo? ¿estás ocupada?
-eeehhmm.. todo bien, no... bueno, sí... ¿y tú? ¿ya llegaste a la casa?
-sí, hijita. ¿Pagaste la luz?

(Oh, por dios! ahí viene! ¿qué le digo, qué le digo?)

-Sí, mama, yo la pagué el día que me dijiste que la pagara...


(ponle a todas las letras chiquitas mi cara de angustia y tendrásn una idea bastante cercana a lo que fue el momento en vivo y directo)

-Ay, gracias, hijita, fíjate que estuvieron a punto de cortarla, aquí tengo el aviso, menos mal que no pasó, qué bueno. Bueno, te quiero, te pago cuando te vea, un beso, gracias por el favor, chaooooo....

(tuuuuuuu, tuuuuu, tuuuuuu, tuuuu....)

Y cuenta la historia que los querubines bajaron del cielo flotando en un haz de luz y me rodearon con cánticos de paz y prosperidad.

La vida continúa, y es bonita. Después de todo, nada malo me puede suceder, siempre y cuando mi mamá tenga luz en su casa y no se le empichaque la nevera por su mi culpa.

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