domingo, 27 de febrero de 2011

La víbora

LA VÍBORA
(Nicanor Parra)


Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable
Sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
Trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
Llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
A la luz de la luna realizar pequeños robos,
Falsificaciones de documentos comprometedores,
So pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.

En horas de comprensión solíamos concurrir a los parques
Y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,
O nos íbamos a un café danzante
Donde nos entregábamos a un baile desenfrenado
Que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.

Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar
Con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita
Y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.

Me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.
Mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes
Que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.
Apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,
Exigiéndome perentoriamente que besara su boca
Y que contestase sin dilación sus necias preguntas,
Varias de ellas referentes a la eternidad y a la vida futura
Temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,
Zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas, desvanecimientos prematuros
Que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba
Para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo
Y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.

Esta situación se prolongó por más de cinco años.
Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda
Que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.
(Algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel
Para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana).


Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas
En el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;
No me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado
Y me acusaba de haber arruinado su juventud:
Lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez
Y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda,
Pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios
Entonces hube de salir a la calle a vivir de la caridad pública,
Dormir en los bancos de las plazas,
Donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía
Entre las primeras hojas del otoño.

Felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,
Porque cierta vez en que yo me encontraba en una plaza también
Posando frente a una cámara fotográfica
Unas deliciosas manos femeninas me vendaron de pronto la vista
Mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.


Tú eres mi amor, respondí con serenidad.
¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,
Permite que me siente en tus rodillas una vez más!
Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora provista de un pequeño taparrabos.
Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes:
Me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó,
Allí pienso construir una especie de pirámide
en la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.
Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogado,
Dispongo de buen capital;
Dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó
Lejos del mundo construyamos nuestro nido.

Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza,
Piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer
Puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.

Mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,
Me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,
Tráeme un poco de agua, mujer,
Consígueme algo de comer en alguna parte,
Estoy muerto de hambre,
No puedo trabajar más para ti,
Todo ha terminado entre nosotros.

viernes, 25 de febrero de 2011

Aurora


Espero que jamás despiertes. Tu semblante en calma, tu respiracion, tu poco interés en las cosas mundanas... Me has conquistado, bella durmiente, y te juro que cuando venga el príncipe a despertarte de tu felicidad eterna le abrire el estómago como a marrano en matadero.

Rex Salvatore

(este texto es la forma como se presenta Reuka, un narrador de Predicado.com. Me tomé el atrevimiento de corregirlo un poco y ponerle un título, ya que no conseguí la fuente original. Dejo esto claro aquí para que si Reuka, o Rex, o alguien cercano lo encuentre sepan que sé admirar limpiamente.)

lunes, 7 de febrero de 2011

Memori(z)a y (re)cuenta

Esta semana le trajo cinco días de tortura intelectual-académica, matizada con breves momentos de entretenimiento y muchas horas de lucha contra su adicción: el facebook. Una nueva amiga con cara de que no será su amiga en unos meses (lo intuye, no sabe por qué), un trabajo en equipo con una amiga con la que desde hace siete años ha compartido raras veces (pero que sí tiene cara de que le durará mucho tiempo), una tarde de marmoteo viendo limpiar un cuarto a par de geniales personalidades de su mundo monstruoso (le dio flojera ayudar, pero limpió el ventilador); una sesión de galería, la transmisión de un capítulo nuevo de "Las escaleras del CELARG", (en el que la muchacha estaba con un muchacho amigo suyo esperando a la amiga de la muchacha a que saliera del curso, y en eso se encontró con la segunda muchacha y el segundo muchacho. La segunda muchacha y el segundo muchacho a su vez se conocían entre sí, y además conocían a la amiga de la muchacha y cuando la amiga de la muchacha saliò del curso con otra amiga desconocida, todos se presentaron unos a otros y se besuquearon las caras hasta que se aburrieron y se fueron divididos en dos grupos, dos bandos diferentes, pero todos de los buenos), una comilona china, una nueva conocida amiga de la amiga de la muchacha de la serie, una madrugada de pijamada en lugar del sueño que se había prometido, un despertar de mediodía, un plantón de una amiga, una tarde, noche y madrugada sola en su casa disfrutando de cualquier cosa (lo que incluye una peli de los Cohen, muchas conversaciones, un poco de musiquita, un cambo de look y dos niveles más en su juego de internet).
Este fin de semana le trajo una octavita de reunión de egresados a la cual asistieron los mismos cinco gatos, más dos gratos aparecidos que llegaron bastante entrada la noche. Hubo parrilla, jamón, queso y guarapita (y la aparecida brindó unas sangrías). Y chisme por mamonazo, y chalequeo, y chistes de semi borracho. Incluso la aparecida hizo una sesión de Santa Claus, y para no pasar desapercibido el aparecido apareció montado en una gandola, y hablaron y hablaron y hablaron más. Y a uno lo fue a buscar la policía-novia, y lodos le comieron las costillas cuando se fue.
Este fin de semana fue tan perfecto, que ella no tuvo tiempo para extrañar a nadie. Somos todos los que estamos y estamos todos los que somos, fue el lema. Y el corte de cabello autogestionado le quedó precioso.

miércoles, 2 de febrero de 2011

En palabras de mi padre

Estamos sentados uno frente al otro. Él fumando su tabaco en un taquito de bambú, meneando un wisky modesto con hielo, bien servido por mí. Yo simplemente sentada en mi silla de cardón, contemplando un punto en el infinito, que en ese momento se encuentra ubicado en la sobada  pared de camento que define la frontera sur de la casa delante mí. De pronto dice:

"Dejé de creer en dios cuando, una noche en la que estuve muy enfermo, con una tos terrible, le pedí, le supliqué que me quitara la tos, y le dije: dios mío, no me quites el dolor, sólo permite que deje de toser para que mi mamá, que trabaja tan duro cada día, no se levante y venga a velar por mí. Quítame esta tos para que ella pueda dormir tranquila. En ese momento escuché sus pasos, los de ella, caminando hacia mi cuarto preocupada, y supe que él no existía."

No digo nada, aparto la vista del infinito y la apoyo sobre él, que no me mira, y que encontró su propio infinito en la esquinita de una ventana pequeña sellada con vidrio, más bien una claraboya rectangular mucho más alta que angosta, justo sobre el borde de su marco marrón. Y continúa:

"...y dejé de creer en el diablo poco tiempo después, cuando un día en el que tuve muchas ganas de volar me subí a una azotea y le dije a Lucifer: te vendo mi alma, toda, completa. Puedes llevártela ahora mismo, sólo a cambio de que me ayudes a volar esta tarde, y salté de la azotea, seguro de que el precio que ofrecía era bastante razonable por semejante favor. Por supuesto, me caí. Y me dolió mucho."

Sonrío levemente, aún en silencio, y él me mira a los ojos con su gesto sereno de doctor House. Entiendo que es todo lo que tiene que decir. Me pongo de pie con un ademán mecánico que consiste en empujarme las rodillas con las manos como para tomar impulso, y me voy. Tengo algunas cosas que pensar esta tarde.

(Psssst!: la foto es mía =D)