miércoles, 1 de junio de 2011

Una monstrua en San Agustín Aéreo

Plátanoverde me mandó el newsletter, en el newsletter estaba la reseña. Manda tu propuesta hasta el 25 de mayo, decía, y al ver el reloj pude leer las 23:50. Era, por supuesto, la noche del 25. Pero las ganas me pudieron más: me toca hacer un refrito, dije, y sin pensarlo dos veces revisé entre las fotos de mis cuadros antiguos hasta encontrar uno cuyo nombre no recuerdo, le corté un detalle y lo envié como propuesta.

¡Bienvenida!, me dijeron, y yo me sentí feliz, pero había que conseguir las brochas, ¡oh., sai baba! qué hago ahora?! así que mandé un mail masivo a un montón de gente a ver quién me ayudaba. Saltó superexjefe de la nada y me dijo yotepongolasbrochas, buenasuerteconeso, quetequedebonito, en tipografía de sonrisa. Luego dije ¡Oh! y ahora, ¿quién podrá defenderme? y saltó el chapulín a darme unos tips geniales: que si llévate una escoba y cepilla la pared, que si consíguete un pedazo de carbón pa que dibujes, que si te da miedo la mano alzada lánzate una cuadrícula. Consejos que, por supuesto, como buena monstrua que soy desperdicié por completo: la escoba la dejé en casa porque la última vez que junto a mi amiga Lissel secuestré las escobas de su casa, terminaron decomisándonoslas a la entrada de un concierto y llegamos a casa sin palos de escoba y una muy estúpida explicación para su molesta madre; el carbón pensé que podría robármelo del mercado (vamos, es un trocito de carbón, no una bolsa) pero no encontré ninguna abierta y me dio remordimiendo de buena ciudadana romper una para sacar un taquito; y la cuadrícula, esa simplemente me dio flojera, pero fue tanta la buena vibra que todo salió a la perfección.

Liss me acompañó, como suele acompañarme incondicionalmente desde que tenemos diez años cada vez que estoy inventando una cosa nueva y nadie en el mundo se atreve a ser mi secuaz. Eres mi mejor secuaz, Liss (junto a Mafe, jejeje), nunca lo voy a olvidar.

Llegamos a la estación, subimos al metrocable contentas y parloteando todo el camino. Llegamos. Nos asignan una pared horrible y/o espantosa que odiamos hasta la muerte pero nos tomamos como un reto ponerla bien bonitica. Ok, luces, cámaras y acción. Al rato llega Cristian, un niño hermoso de 6 años a contarnos sobre su nueva litera y su cuarto que no tiene techo, Se me desgarra el corazón, le pido que pinte conmigo y corre contento a pedirle permiso a sus papás. Cuando regresa con su sonrisa, la más grandota de todas, agarra una brocha, la más grandota de todas, y se pone a pintar, lo cual sirve de carnada para el resto de los niñitos de la calle Filas de marín. Todos son hermosos, de sonrisas grandototas y ojos vivaces, que hablan todos a la vez, unos me hablan duro y feo, otros suave y lindo, pero en el fondo todos lo que quieren es una sola cosa: que les de mi brocha. Qué carajo, les doy mi brocha, y la otra, y la otra hasta que ya no me queda ninguna brocha y Lissel me mira con ladilla y se queja y los regaña. Eres una plasta de mierda, pienso y ella me lee la mente y me dice en voz alta que no nos tiene paciencia y que soy una blandengue, pero yo estoy contenta, tengo amiguitos nuevos. 

Al rato se acaba la pintura azul, que desgracianopuedeser. Bueno, vayamos a buscar otra, les digo, la buscamos y resulta que ya no hay más. Bueno, corramos de regreso entonces! me dice Cristian, el primer niñito. Corramos, pues! le digo yo, y a la cuenta de tres todos corremos hasta que tres pasos más adelante me tropiezo con un policía acostado y caigo de platanazo en el suelo, con cara, brazoz, barriga y piernas, a solo treinta centímetros de una gran cagarruta. Vamos, ¡¡que es un buen día!!, siendo yo como soy de accidentada debo estar contenta de no haber caído sobre la boñiga, pienso, y uno de los niños me levanta y me grita que siga corriendo, de modo que corro adolorida y rezando por no caerme de nuevo. Quedo de segunda en la carrera, ja, les gané, pero el que llega de primero me dice tas loca, les gané, yo. Cállate enano, pienso, y no se lo digo porque tiene razón.

Seguimos pintando con los colores que quedan. De vez en cuando Lissel tiene miedo, de vez en cuando lo tengo yo. El ambiente es una cuerda de giutarra bien afinadita que cuando vibra suena bonito, pero tan tensa que da miedo tocarla mucho y verla romperse, brincar y vaciarte un ojo. Sobre todo porque dicen que allá arriba la cosa que puede vaciarte un ojo se llama bala. Pero todo sale de acuerdo al magnífico plan trazado por el cosmos, al punto que hasta Maiki llegó de sopetón, sin saber que estabamos ahí, sin nosotras saber que ella iba a ir, y nos toma la foto que pensamos que no tendríamos nunca por nuestra falta de cámara. Linda la cosa, tamos contentas.

Bueno, ya tengo mi mural y quedó hermoso. Se ve desde el funicular del MetroCable, de nuestro gran MetroCable que no es solo de la gente del barrio sino de ustedes y mío. Ya podemos ir cuando queramos, y en unos pocos minutos. Yo ya quiero regresar. Tengo una pared ahí y pienso volver a ponerla más linda en unos meses. Qué alegría, de verdad qué contentura.

P.D.: se me olvidó firmar el mural.

2 comentarios:

Cristian G. Rodriguez dijo...

Ustedes estan locas o "Ñames" como dicen en Panama jejeje, espero que sigan haciendo "ñamesuras" como esa. Un abrazo

Alejandro dijo...

Jajaja excelente cuento malu! cuidate =)