sábado, 9 de julio de 2011

Anecdotario Menfrita (III)

Si las palabras fueran tangibles, definitivamente vivirían en Craspión. Se las cultivaría como flores, se cosecharían, y serían exportadas al mundo exterior para hacer arreglos y ramos como poesías palpables, sólidas. Pero el mundo no podría vivir de poemas marchitables. Por eso, y no por otra cosa, es que las palabras toman esa presentacion etérea del sonido (la palabra escrita no es más que el archivo perenne de las ideas. Un texto sin ser leído no es más que materia vana, seca, sin sentido. Como una melodía que no se deja escuchar), para no morir nunca, para seguir vibrando en el ambiente, aún sin ser vistas, aún cuando la onda se haya hecho muy débil y delgada seguirán allí, y podran ser repetidas una y otra vez hasta el infinito.

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Olivia Na, la delgada, la más fina y diminuta menfrita que existió en la historia de Craspión, era tan pequeña que, cuando nació, los doctores creyeron que su madre había tenido un embarazo psicologico. Más tarde la encontraron durmiendo acurrucada en un diente de león y, como era la única minmi que había nacido en casi un pelgorf (los menfritas viven demasiado tiempo como para reproducirse irresponsablemente) supieron que esa era la hija del señor Murphy Na, quien era conocido por sus frecuentes siestas callejeras, su eterna actitud calmada y su decena de hijos de los que, curiosamente, ninguno tenía parecido alguno con él. La sospechosamente respetable Mónica de Na, aseguraba que los minmis se parecian a sus abuelos, y que habían sacado el carácter tranquilo de su padre. Nunca nadie se atrevió a preguntarle sobre los rumores que corrían en Craspión acerca de su gusto por las ataduras, cadenas y demás artificios de carácter sadomasoquista. Todos sabían que su marido nunca había manifestado interés alguno por estas prácticas. 

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Una vez hubo una catástrofe en Craspión que acabó con poco más de la mitad de sus habitantes. Sucedió un día en que, por culpa de una ola de calor al oeste de Europa (lugar donde se había asentado el mundo menfrita durante algun tiempo), se vieron obligados a mudarse a una nevera. Claro está que los dueños de la nevera no podian darse cuenta de que estaba habitada por seres extraordinarios. Les faltaba en toque mágico que se necesita para intuir esas cosas. El hecho es que, una vez adentro, las diminutas criaturas, que nunca en su vida habían estado tan cerca de un trozo de queso, se sintieron intrigadas por tan penetrante aroma y, decididas a descubrir su origen, se fueron de excursión hasta que llegaron a una enorme montaña blanca llena de agujeros donde, definitivamente, podrían vivir con comodidad. No es necesario explicar lo que sucedió a la hora de la cena. Como resultado, los menfritas de hoy en día le siguen teniendo miedo al queso.

1 comentario:

Cristian Rodriguez dijo...

Desempolvaste a los Menfritas, Que Bien!!!!! me alegro mucho, espero por nuevas historias =)