sábado, 11 de febrero de 2012

Memorias de la gordura: La rutina vacacional.

El cénit de la belleza en el año 2000, a mi parecer, fue él: Rob Thomas. Más que Enrique Iglesias y todo, calcula tú. Tenía yo en esa época 14 años y pasaba mis agostos vacacionando en un pueblo llamado El Sombrero (tal vez se llamaba "Donde el diablo dejó el sombrero", pero las primeras palabras se borraron del cartelito), acumulando grasa abdominal mientras comía hallaquitas de chicharrón que vendía Miniño, el señor de la cavita, cuya costumbre de llamar Miniño a cuanto cliente le pasara por la cava terminó bautizándolo a él mismo, genio creador de las mejores hallaquitas de chicharrón del sistema solar, con el nombre más tierno que persona alguna pueda llegar a tener.

Eran tardes tranquilas aquellas. Y digo tardes porque solía despertarme a las once de la mañana, desayunar lentamente, hacer pipí lentamente, cepillarme los dientes lentamente, y para cuando ya era una persona digna de comenzar su actividad diaria, podían ser las doce del mediodía, hora en la que llegaban mi papá y su esposa, comían junto a nosotras (sí, yo volvía a comer) y se marchaban para darme la oportunidad de pasarme el resto de la tarde viendo videoclips en Much Music, un canal de videos musicales de señal bastante opaca.

Ver videos musicales todo el día era para mí un estilo de vida que sólo alternaba eventualmente con uno que otro partido de tennis, siempre y cuando los jugadores estuvieran buenos. Los hermanos Nicolás y Giovanni Lapenti eran mis favoritos. Y, como contaba con el apoyo de mi hermana (la de verdad) y mi hermana (la ficticia), me dedicaba a ver video tras video esperando a que pasaran If you're gone de Matchbox Twenty y a soñar con que algún día me casaría con un tipo igualitico a Rob Thomas (porque a esa edad una soñaba con casarse. No con darse los besos, ni tener una noche de sexo perverso, no. Casarse era lo más bonito que podía pasarle a una, después de ir a un concierto de Enrique Iglesias y subir al escenario y que Enriquito te cayera a laticas, claro. Eso sí era un sueño.), hasta que el reloj marcara las 5:50pm, hora a la cual procedíamos a limpiar en diez minutos, de manera muy mediocre, todo lo que no habíamos limpiado en el resto del día. Claro que la chapuza se notaba, y, por ser yo la mayor, lo que seguía tras la llegada de mi grandilocuente papá era una perorata interminable acerca de mi irremediable buenaparanadez, y el por qué de que estuviera gorda: "porque no haces un coño en todo el día", decía él, mientras yo fantaseaba con darle un zapatazo que le arrancara el bigote.

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