lunes, 10 de diciembre de 2012

Fábula venezolana

JUANILIA Y LA LUNA


En los llanos de Apure existe una comunidad de luciérnagas legendaria. Un merecure bello —de esos que usaban los próceres venezolanos en sus travesías para reposar un rato—, en cuyo interior habita, aún hoy, una colonia de luciérnagas que cada noche, cuando todo se vuelve oscuro y apenas se escuchan los sapitos y los grillos, o la voz de algún espanto aburrido, o el silbido lejano* de un hombre de patas largas... cuando llega esa hora en que la noche se cierra, y ya no queda hombre tan valiente como para caminar los montes, todas las luciérnagas salen del árbol para mostrar al mundo sus maravillosos destellos.

Cuenta alguna gente del llano que la luz es maravillosa. Yo una vez estuve por ahí, deambulando una tarde junto a un primo que tiene un conuco de maíz, y me contó que la luz de las luciérnagas era como la de un sol del tamaño de un carro grande. Esa noche mi primo me contó muchas historias, entre ellas las de una pequeña luciérnaga del merecure, que se llamaba Juana Cecilia de la Luz, pero todos la llamaban Juanilia.

***

A Juanilia no le gustaba salir a divertirse. Todas las noches, cuando la familia de la luciernaguita se disponía a salir a volar e iluminar la noche, que es como se divierten las luciérnagas, la chillona Juanilia hacía un escándalo.—¡Váyanse ustedes! —decía, —no quiero salir a volar, ¡no me gusta!

Y así la familia de la luciernaguita salía cada noche a su gran baile de luz, mientras ella se quedaba sola y aburrida en la casa, viendo una novela fastidiosa.

-¡Que no quiero salir afuera! -repetía una y otra vez, pateando el suelo, y aunque su familia y amigos se preocupaban por ella, y trataban de ayudarla a divertirse, los días pasaban y pasaban, mientras Juanilia seguía encerrada en su cuarto.

Una noche, la abuela de la pequeña se le acercó y le preguntó con cariñosa y preocupada voz:
—Bueno, Juana Cecilia, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué no quieres venir nunca con nosotros a brillar en la oscuridad?
—Es que no me gusta volar
, respondió Juanilia.
—Pero, ¿por qué no te gusta, si volando y brillando te ves más bonita?
— insistió la abuela luciérnaga.

Juanilia se quedó pensativa y decidió contarle a su abuela una cosa muy seria: a Juanilia le daba pena ser tan chiquitita.
—¿Para qué voy a salir si nunca podré brillar tanto como la luna? La luna es grande, y muy brillante, y yo a su lado no soy nada ni nadie. Soy tan diminuta que en comparación parezco una simple chispita. Todos saben quién es la luna, pero nunca lograré que sepan quién soy yo. Por eso siempre me quedo en casa, porque nunca podré brillar tanto como la luna.

La abuela había escuchado a Juanilia, y le contestó suavemente:
—Mira, muchachita loca, —miró a Juanilia a los ojos y le sonrió— hay una cosa de la luna que tú no sabes. Si salieras de vez en cuando ya te habrías enterado, pero como siempre andas pegada al merecure, pues no te has dado cuenta.—y comenzó a cantarle una canción:

"Pobre luna desdichada, solita y desamparada
un día brilla y otro es nada; todo es subida y bajada"

La canción de la abuela era bonita. La abuela cantaba suavecito, como la brisa, y decía cosas muy importantes en sus canciones. Con los ojos abiertotes y el rabito echando luz, Juanilia pensó un ratico y de pronto le preguntó a su abuela:
—¿Entonces la luna no tiene la misma luz todas las noches?
Y la abuela le dijo:
—La luna es tan variable que cada día es diferente. Su luz se la presta el sol, cuando tiene ganas, por eso hay días en los que es grande y majestuosa como un mango maduro, pero hay otros días en los que su brillo desaparece, y ella, con mucha vergüenza, se esconde, dejando al mundo completamente a oscuras. Tú en cambio, muchachita, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.

Juanilia estaba asombrada. Nunca había imaginado que tenía tanta ventaja sobre la luna, y hasta sintió compasión por por ella, por todo el sufrimiento que le tocaba pasar cada tantos días.

Desde entonces Juanilia sale a volar y a bailar con su familia y sus amigos todas las noches, en una enorme fiesta en la que cada luciernaguita brilla con su propia luz, y todas lo celebran.




*Puede que no sea relevante para el cuento, pero dicen que El Silbón, cuando se oye que está lejos, es que está cerquita.

1 comentario:

Peter pan es paraguanero... dijo...

Siga escribiendo, siga pensando, siga creando, pero eso si no se me valla a quedar siempre en casa evitando poder brillar en la noche... Gracias por historias como esta =)