viernes, 7 de junio de 2013

Fascismo

En los últimos dos meses he sido calificada, no menos de cinco veces, de fascista.

¿Fascista, yo?, ¡no puede ser! Juro que me indigné a la quinta vez.

Se me subió el calor a las orejas, apreté duro los puños y los dientes, y estuve a punto de soltar la estocada que acabaría con mi interlocutor cuando, por precaución, decidí consultar el diccionario:

Fascismo. (Del it. fascismo).
1. m. Movimiento político y social de carácter totalitario que se produjo en Italia, por iniciativa de Benito Mussolini, después de la Primera Guerra Mundial.
2. m. Doctrina de este partido italiano y de las similares en otros países.

Todo estaba bien, yo no era fascista. ¿O sí lo era? No podía ser posible que en catorce años yo no me haya enterado de quién era ese Benito. ¿Me había perdido yo de todos los Aló Presidente en los que Chávez habló del gran Mussolini?, ¿había entendido mal quiénes eran los buenos da la historia? Ni pendiente, no creo. Entonces pregunté por Mussolini, y encontré:

Dictador. Nazi. Persiguió comunistas como loco. Se hizo de un cuerpo paramilitar de matones que se hacían llamar los Camisas Negras y sometían a los sindicatos de obreros y campesinos a punta de mamonazo y tiros. Murió fusilado por el pueblo.

Entonces mi poder de deducción se activó a su máxima potencia: quienes me han dicho fascista, o no me conocen, o no saben qué carrizo es el fascismo. Vuelvo a la investigación y en diez minutos me topé con la respuesta. Esas personas me han dicho fascista porque Capriles les dijo en rueda de prensa del pasado 16 de abril que:

“Fascismo. El fascismo es agarrar una persona, y llevarla a votar, y estar pendiente cómo vota” (sic).



MINUTO 7:15

viernes, 31 de mayo de 2013

Ciencia-ficción tropical


Planeta tierra. Año catorce mil.
10 º N 30', 66 º W 56'
La destrucción empezó a finales del segundo milenio con la invención del cinematógrafo, la radio, el teléfono, el televisor; la modernización de las imprentas hasta producir montañas de papel interminables diariamente, las guerras mediáticas, las promesas rotas.
Los amos ricos compraron el tiempo de los esclavos libres, y el dueño de la información se encargó de vender el producto de ese tiempo a otros esclavos más libres todavía. 
La inmediatez desmenuzó las horas hasta que ya éstas no alcanzaron para nada, y encontró la información aplicaciones nuevas que aseguraron suculentos ingresos a los amos de la comunicación, y a todo el resto de los poderosos.
La hija de quien envenenaba el alimento se casó con el dueño de los medios, y así multiplicaron las riquezas hasta que se les fue la mano con el cine, la violencia en la tele y la venta de armas: un ejército de gente que había visto cada martes docenas de cráneos humano-zombies perforados de múltiples maneras (en alta definición, sólo en Directv), salió a la calle arrecha, y eso fue como el barbarazo.
Los que quedaron se movieron hacia el monte, huyendo del desértico cemento citadino donde  no crecía ya ni un pequeño aguacate, y aprendieron a vivir desde el principio, a construir sus cosas y sus casas, a ser autosustentables.
Amasaron esa creatividad duramente atrofiada, y entonces recordaron lo que les habían dicho sobre paz planetaria y equilibrio. Comenzaron a vivir en armonía y aprendieron a aplicar los saberes de la era tecnológica con más sabiduría.

Entonces se vio claro: la utopía era posible, pero para alcanzarla se debía derrumbar el sistema completo.

sábado, 27 de abril de 2013

Sé feliz, de corazón

Imagínate que los medios de comunicación pudieran servir como el espejo del alma de una sociedad, recordándole todos los días lo que ES en esencia. Sus bellezas más simples y profundas. Sus logros diminutos, locales, detalles de un valor inmenso

Ahora imagina que un medio intentara ser un cincel, para esculpir en ti una forma de ser nueva, distante de quien eres. Imponerte el programa de tres personajes estúpidos, con cara de no saludar a ningún malvestido como tú y como yo en el ascensor, que parlotean sin decir nada pero insinuando mucho, y a los que de venezolanos ya no les queda sino algo lejano en el acento, que apenas se les reconoce entre tanto mandibuleo.

Tú no eres como estos últimos, pero cuando eres el usuario estás de cierto modo en nuestras manos. Los que hacemos contenidos tenemos el poder de ponerte de buen o mal humor.

Si un medio de comunicación nos recuerda lo bueno que tenemos, seremos más felices, haremos mejores cosas.

Si lo que hacen, es incitarnos a la amargura, y a actuar como una “sociedad civil” (que no existe, porque nosotros somos EL PUEBLO, todos, sin distinciones entre “venezolanos decentes” o indecentes, Maricori), Ajá, si lo que hacen es querernos convertir en gente que no saluda en el ascensor, están haciendo mal el trabajo.

Por eso yo te pido: escoge ser feliz. Sonríe. Somos el país más hermoso del mundo. Aquí todo es posible, aquí todo el mundo es libre de agarrar camino adentro y construirse la vida bella. Siente la felicidad de parecerte a tu patria. Y sonríe… sonríe… sonríe. =)

martes, 12 de marzo de 2013

Yo crecí junto a Chávez

I

El 27 de febrero de 1989, con un tipo de hambre llamada “acaparamiento”, Enrique Rengifo salió a buscar comida para su hija de dos años, y su mujer, que estaba a sólo quince días de parir.

La rebelión popular ya había comenzado y el botín fue tan suculento como unas latas de sardinas, cerelac y leche en polvo: el inventario perfecto para surtir un pequeño bloque donde vivían cinco parejas jóvenes -tres de ellas preñadas- y seis niños chiquiticos.

A pocos kilómetros de ahí, en Guarenas, se había armado ese grito de rabia que se llamó El Caracazo. El gobierno suspendió las garantías constitucionales, por lo que Enrique, a pesar de sus ganas de salir a coñacear al mundo, salvó el pellejo, a punta de leche en polvo y soñando con el día en que las vainas cambiaran en esta tierra santa, vuelta despojos por la mano del hombre poderoso.

El 16 de marzo mi madre dio a luz a mi hermanita. Yo no me acuerdo, me lo contó mi padre.

II

El 4 de febrero de 1992, en una casita de un pueblo llamado Araira, dos niñitas no fueron a la escuela no sé por qué. Querían ver comiquitas, pero el papá estaba viendo a un señor que decía yo no sé qué.

Al papá le gustaba lo que decía el señor, pero había algo que no cuadraba: se parecía al Negro Primero, y dijo cosas que le dieron confianza. Pero era militar, y en esos tiempos a los militares se les tenía miedo.

Yo me acuerdo un poquito, no entendí casi nada. Sólo sé que el señor dijo algo importante. Ahí comenzaron a pasar a las cosas.

III

En noviembre de ese año, estaba en Caracas, jugando en el balcón de la casa de mi abuela en Bello Monte, cuando vi unos aviones pasar en dirección al este. A los seis años yo no sabía cuál era el este, pero el recuerdo es claro, iban pa’ allá à, y pa’ allá es que queda La Carlota.

Al mismo tiempo, pero en Araira, Enrique volvía a ver en televisión la cara del Negro Primero aquél, llamado Chávez, que desde Yare le enviaba al pueblo un mensaje de esperanza y patria: la mayor suma de felicidad posible para todos.

Un amigo de la infancia de mi padre, lo instó a que defendiera, junto a sus camaradas, aquella Revolución que iba en pañales. Claro que no pensaba, aquel burgués de apellido Pinchevski, que diez años después de ese suceso se estaría arrepintiendo de lo dicho. Chávez hablaba en serio: la felicidad nunca más fue un privilegio exclusivo de la gente con plata, y eso le daba rabia. Su amistad se quebró por la codicia y hoy vive allá en mayami, y desde una piscina se queja por el tuiter de cómo el #comunismo #destruyó #su país.

IV

Mi prima grande me invitó a que la ayudara. El juego era sencillo: escribir en un montón de papelitos “Viva Chávez, fuera el gocho”, para luego pasar los mensajitos por debajo de las puertas de todos los vecinos.

No sé si el “gocho” se refería a Carlos Andrés, o a Ramón J. Velásquez, pero Chávez era bueno y el gocho malo, fuera quien fuera. Yo, que tenía seis años y un sentido de la justicia del tamaño de un camión, me hice chavista.

V

La noche del 6 de diciembre de 1998, nos corrieron de la casa de mi familia paterna por primera vez. La razón: que ganó Chávez.

En el estacionamiento, antes de subir al carro, el viejo Enrique, que entonces no era tan viejo, se agachó frente a nosotras, y nos dijo:

“…dentro de dos años lo llamarán loco; dentro de tres, lo querrán tumbar. En cinco años desearán matarlo, pero esta Revolución va a durar mucho tiempo, y no vamos a ver el cambio sino hasta dentro de diez o quince años más.”

Asentimos las dos, fingiendo comprenderlo.

Mi quinto cuento fue el primer paso para lo que es hoy nuestra Quinta República. Desde ese día muchas veces nos corrieron de muchísimos lugares, pero fueron muchos más los que abrieron sus puertas para darnos un abrazo militante… y aún se siguen sumando.

VI

En 1999, un domingo cualquiera, salía con mi madre, mi tía y mi hermana de un restaurant chino llamado El Palmar. Un carro paró frente a nosotras, y de él bajaron una mujer rubia con una niña en brazos, un chofer y el hombre aquél: Chávez, el bueno.

Mi madre estalló en emoción y comenzó a rogar por una beca para sus hijas, que estudiaban en un colegio privado porque la educación pública había quedado hecha un desastre, tras el abandono de los gobernantes de la Cuarta.

Mi tía, que lo amaba hasta el punto de soñar obscenidades deliciosas junto a él, lo miraba sensualmente, mientras Chávez, con cariño, cargó a mi hermana en brazos, y tomó nota de todas las exigencias de esas mujeres encantadas por la magia de un Presidente que buscaba su almuerzo donde uno mismo.

Obviamente no aplicábamos para una beca. Millones de niños venezolanos estaban enfermos, hambrientos o sin escuela. O hasta las tres cosas a la vez. Mi mamá no lo entendió, y se fue a la oposición al poco tiempo. Mi tía, ídem. Hoy sacude la cabeza recordando aquellos sueños que la hacen sentir “sucia”. Quizá en el fondo deseaba soñar con una boda.

VII

El 11 abril del 2002 me dieron casa por cárcel en el hogar de mi madre, que aseguraba que por fin “el loco de Sabaneta” tendría su hora.

Mi viejo, en su casa, lloraba desconsolado, y un par de días después, cuando el pueblo, a punta e’ gritos logró el regreso del Comandante Presidente, pude salir yo también en libertad condicional, con permiso para visitar al viejo. Al viejo mío, no a Chávez, pero la sensación era casi la misma.

VIII

En noviembre de ese año, salí en Aló presidente, tres segundos y llorando, pero salí.

Había quedado de segundo lugar en un concurso cuyo premio era un viaje a Argentina. No gané, y me quedé en mi casa, recibiendo a las visitas que bajaban a Guatire a comprar gasolina. En pocas semanas mi vieja nos despachó a mi hermana y a mí para El Sombrero otra vez, donde nos quedamos hasta que llegó febrero.

Yo, que pasaba por mi último año del liceo, quería regresar a clases, pero ¿qué clases?, si la derecha se había encargado de convencer a un gentío de que el paro tenía sentido. Mi colegio seguía cerrado, en El Sombrero nos caían a botellazos la casa y la oficina de mi viejo, porque se negó a parar. No nos vendían KR, ni leche, ni papel tualé, y hasta un día se llegó un policía amigo hasta la casa y sugirió que nos fuéramos de ahí. Existían dos listas hechas por los escuacas de aquel pueblo contra todo militante del chavismo, pa’ joderlos en orden de importancia y sin que faltara ninguno. Mi papá encabezaba la segunda lista, pero no les dio tiempo de hacernos gran cosa.

Con la industria petrolera vuelta verga, y quebrada la moral de todo el mundo, el paro se levantó. A cualquier opositor que le preguntes por ese infausto suceso le dará un ataque de amnesia inmediato. Ni siquiera ellos saben por qué lo hicieron.

IIX

En el 2006 me gustaba un muchacho que me llevó a una marcha a escuchar a Rosales, uno de nuestros más insignes pensadores del absurdo.

Fui a una concentración en Colegio de Ingenieros, con mi franela blanca de letricas azules, que al cabo de una hora me quité y me despedí, para siempre, del tipo que me gustaba y de mis ideas locas de saltar la talanquera. Era demasiado rudo pisotear la historia de mi vida por un falso romance universitario.

Algo que nunca supo el adequito de mis amores que se proponía hacer uso de mi voto, era que yo no podía sufragar. El despertar electoral me llegó en el 2010, cuando dejé la flojera y me inscribí en el CNE.

IX

Y sí, para el 2010, ya inscrita en el CNE, vivía alquilada con una casera un poquito parecida a la Marta Colomina. Trabajaba yo en A.W. Nazca, una agencia de publicidad cuyos dueños cubano-mayameros nos hablaban diariamente de libertad de expresión, de dólares liberados, y todas esas falacias que se inventa la derecha.

El 26 de septiembre de ese año, salía yo de mi cuarto cuando Mónica, la dueña, me regaló un sanduchito y sugirió muy sonriente que votara por la unidad.

Recordando a mi casera y a los cubanos sin patria que me pagaban el sueldo, con mucho orgullo, arriba y a la izquierda, voté por el Gallo Rojo. Al mes siguiente, sin saber cómo, cuándo ni porqué, me botaron del trabajo… y también de la residencia.

X

Para el 2012, ya estaba yo tan resteada que no le tenía miedo ni a mi mamá. Me vacilé ese evento impresionante, que fue el cierre de campaña, tan sabroso que bailé bajo el cordonazo de San Francisco, escuchando al Comandante hasta que el sol se escondió entre las montañas.

Detrás de la tarima de la Avenida Bolívar, me imaginaba a Chávez, su sonrisa, su mirada. Me volví loca de emoción cuando vi a Hany Kauam bajarse de una camioneta, y pensé que quizá tendría la suerte de verle una orejita al Comandante, pero no fue posible.

Mi hermana, del otro lado, lo vio a tres metro de ella, y lloró, y gritó, y salió en televisión con ese ataque de euforia que producía en uno la presencia de un ser tan monumental. Él la cargó en brazos trece años atrás, y esa niña, ya muy grande y muy pesada, para repetir la escena, se llevó consigo el recuerdo de la última gran aparición del Presidente Chávez.

Cinco meses después de aquél hermoso día, lloraba desconsolada, evocando el amor que emanó del Comandante las dos únicas veces que logró acercarse a él.

XI

El 5 de marzo de este año, 2013, un amigo muy querido me dio la batiseñal: “viene una cadena, pilas”. Ya yo sabía, tú sabías, él sabía, y todos sabíamos que había que prepararse para la más terrible nueva que habría que sobrellevar.

Cochina como estaba, sin bañarme de dos días, prendí la tele y escuché las palabras de Nicolás Maduro, obviamente afectado y aguantando, por nosotros, la tristeza de un evento que quizá nunca lleguemos a superar. Me vestí en treinta segundos y salí a buscar sosiego y compañía en la Plaza Bolívar de Caracas, donde el dolor nos unió, donde el amor nos calmó, donde unos a otros nos abrazamos y en silencio, con calmita, comenzamos a dar la lucha contra la desesperanza.

Los días siguientes los pasé visitando Los Próceres, aún sin creerlo, aún esperando que todo fuera un chiste, deseando que se levantara el Presidente, como lo hizo el 13 de abril del 2002, para estar con nosotros, y sabiendo que donde quiera que esté ahora, ganas no le faltan de venir a abrazarnos y querernos, y decirnos, “por favor no llores más”.

XII

Mi prima de los iunaited me cagó el duelo con una malsana broma ante la que no pude ni reírme, ni llorar. Desde el dolor de la pérdida, desde la rabia causada por la ofensa, arremetí contra ella, defendiendo, no a mi honor, sino a la memoria de un hombre que fue, es y será para siempre, por el resto de la historia, un gigante entre los grandes, y perdí otra tajada de familia.

El linaje, como he visto suceder durante toda mi vida, es algo que se construye a través de la vivencia diaria, no del compartir sanguíneo. El corazón del pueblo no es un eslogan, ni un colorido sellito, ni es el rostro de Chávez tatuado en cada esquina del país. El corazón del pueblo es ese lazo familiar que nos fue amalgamando durante no catorce, sino más de veinte años de vivires y saberes compartidos junto a él. Cada quién tiene su historia personal con Chávez, porque él nos tocó con sus manos a todos, incluso a los que se niegan a reconocerlo. Incluso a mi tía, mi madre, escuálidas por determinación de no ser llamadas jamás pueblo, perraje, populacho, tienen su cuento escondido junto a él. Incluso tú tienes tu historia, camarada, y si revisas encontrarás momentos fascinantes.

viernes, 22 de febrero de 2013

El hombre que casi conoció a Michi Panero

Es hora de recapitular las hostias que me ha dado el mundo
Hoy querrán oír mi último adiós
Bien. Poco a poco van llegando y yo los recibo en batín

Y unos me llaman chaval y otros me dicen caballero
Alguno no se ha querido pronunciar
Yo una vez tuve un amor, pero si he de ser sincero
dije no en el altar y cuando digo no es no

Fracasé una vez, fracasé diez mil
y aún así alzo mi copa hacia el cielo
en un brindis por el hombre de hoy
y por lo bien que habita el mundo
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá

Y no me habléis de eternidad
No me habléis de cielos ni de infiernos más
¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió
que cuando esto acabe no habrá nada más?
¿Fue bastante ya?

Nunca fui en nada el mejor,
tampoco he sido un gran amante;
más de una lo querrá atestiguar
Pero si algo hay capital, algo de veras importante,
es que me voy a morir y cuando digo voy es voy

Lo he pasado bien, y casi conocí en una ocasión a Michi Panero,
y es bastante más de lo que jamás soñaríais en mil vidas
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá
Dejadme preguntar; ¿esto es el final?
Y si es así, decid; ¿me váis a extrañar?
¡Veo que asentís pero yo sé que no!
Qué lástima, no dejaré
nadie a quien transmitir mi savia;
consideré insensato procrear
Y diréis de mí que soy un viejo verde y cascarrabias,
y diréis muy bien, y cuando digo bien es bien

¡Largo ya de aquí! ¿Qué queréis de mí?
¿Es mi alma o es mi dinero?
Si de uno carezco y la otra es una anomalía en esta vida.
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá

¡Y unos me llaman chaval, y otros me dicen caballero!
¡Alguno no se ha querido pronunciar!
¡Yo una vez tuve un amor, pero si he de ser sincero
dije no en el altar, y cuando digo no quiero decir que (es) no!

He bebido bien, y casi conocí en una ocasión a Michi Panero,
y ahora brindo en paz por la humanidad
y por lo bien que habita el mundo
¡Escuchad, os lo diré cantando!
Shalalaralalá

Hasta nunca

(Nacho Vegas)



jueves, 14 de febrero de 2013

Sobre las formas de ver la tierra

El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad.
Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que si no lo hiciéramos los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?
Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tienen que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para nuestro pueblo. La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos, son sagradas experiencias y memorias de nuestro pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo el águila majestuosa, son nuestros hermanos, las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos no es solo agua, es la sangre de nuestros antepasados. Si se la vendiésemos, tendrían que recordar que son sagradas y recordárselo a sus hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces, además cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes.
El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. 
Sí, gran jefe de Washington, los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos. 
Si les vendemos nuestra tierra, tendrán que recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser. Le da lo mismo un trozo de tierra u otro porque no la ve como hermana, sino como enemigo, cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando. Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. 
No lo puedo entender. Sus ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás porque somos salvajes y no podemos comprenderlo. 
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni lugar ninguno donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas. 
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿Qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?.
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos. 
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por la pradera, entonces todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos. 
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Que puede hacer el hombre sin los animales?. Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad. Todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas. 
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra, si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, se salva del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos. 
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubrirá algún día: nuestro dios es el mismo.
Ustedes pueden pensar ahora que él les pertenece, así como desean que nuestras tierras les pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable par Él, y se daña se provoca la ira del Creador. 
También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida, sólo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia.
Si ensucias vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por sus propios excrementos, pero ustedes caminarán hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre la piel roja. Ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines. 
¿ Dónde está el bosque espeso? … desapareció 
¿ Dónde está el águila ? … desapareció 
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

Noah Seattle, jefe indio de de la tribu Suquamish / 1854

martes, 5 de febrero de 2013

Arroz achicharr[on]ado


Hay dos cosas que un buen pelabola debe saber combinar y rendir perfectamente para que le duren todita una semana: la primera, su bluyín; la segunda, su kilo de arroz. Ambas cosas quedan bien con casi todo, pero de vez en cuando sucede que estos nobles compañeros del pelabola ceden ante la adversidad, dejando a nuestro austero personaje con las ingles al viento (en el caso del bluyín), o con una olla de arroz blanco de dos días en la nevera, que ya no se quiere comer ni mandrake.

Pelabolas del mundo: ese pantalón se arregla con un parche, y el arroz, con todo y pega, puede ser una exquisitez si lo saben arreglar.

El chicharrón oportuno

Cuenta la historia que un día de infausta pelazón de bola, una muchacha gastó sus últimos veinte bolos en unos cuantos trozos de chicharrón con pelo, grasa, carne y cuero en la avenida Baralt. Tras comerse la mitad de la ración, guardó el resto en la cartera y se fue a su casa a dormir. El día siguiente era un largo sábado de hambruna. En la nevera esperaba por ella la triste olla de arroz viejo, una cabeza de ajo retoñada, y media cebolla: un blanquísimo espectáculo de comida pobretona que había que aprovechar.

Por cuestiones de la vida, cuando se iba a calentar el arrocito la cartera se cayó de donde estaba, y la bolsa e’ chicharrón se asomó amorosamente, dejando en libertad el aroma a grasa rica del poco afamado alimento. Fue entonces cuando el ánimo de sobrevivir a la pelazón de bola, y el amor por la cocina se unieron para improvisar esta sabrosa receta: el arroz con chicharrón.

Sigue tu instinto y ponle corazón:

Ralla unos dientes de ajo con el mismo rallador del queso (si está brotado puedes quitarle las ramitas verdes, aunque yo lo cocino todo), pica la cebolla en cuadros chiquiticos, tritura el chicharrón y sofríelo todo junto, a fuego moderado y con poquitico aceite. Si tienes más cosas que echarle, suelta esa creatividad y dale. Pimentón, ajíes, lo que quieras. Cuando esté transparente la cebolla, y sin que se queme el ajo, agrega media tacita de agua (o más si vas a hacer mucho) y vacía sobre eso lo que tengas de arroz tieso. Revuélvelo todo y a fuego bajo déjalo hasta que se seque el agua y el arroz vuelva a ser suave. No vas a creer lo rico que termina siendo.

También puedes prepararlo desde cero, agregándole al sofrito el arroz crudo, su cantidad de agua habitual y la sal como te gusta. Y cuando lo sirvas, si tienes a la mano un limoncito, prueba rociarle unas gotitas de su jugo, que también le queda bueno.

Claro, yo sé que estamos pelando bolas y no tenemos muchas ganas de ir al cardiólogo en unos años, pero aunque el chicharrón está lleno de grasas saturadas, cien gramos de él contienen setenta gramos de proteínas, lo que satisface las necesidades diarias de un manganzón de más ochenta kilos, y sólo le aportará veinticinco gramos de grasa a tu comida, nada de qué preocuparse si no lo comes a diario.

viernes, 1 de febrero de 2013

Padrenuestro Latinoamericano



Padre nuestro que estás en los cielos

con las golondrinas y los misiles

quiero que vuelvas antes de que olvides

cómo se llega al sur de Río Grande

Pdre nuestro que estás en el exilio

casi nunca te acuerdas de los míos

de todos modos dondequiera que estés

santificado sea tu nombre

no quienes santifican en tu nombre

cerrando un ojo para no ver las uñas

sucias de la miseria

en agosto de mil novecientos sesenta

ya no sirve pedirte

venga a nos el tu reino

porque tu reino también está aquí abajo

metido en los rencores y en el miedo

en las vacilaciones y en la mugre

en la desilusión y en la modorra

en esta ansia de verte pese a todo

cuando hablaste del rico

la aguja y el camello

y te votamos todos

por unanimidad para la Gloria

también alzó su mano el indio silencioso

que te respetaba pero se resistía

a pensar hágase tu voluntad

sin embargo una vez cada tanto

tu voluntad se mezcla con la mía

la domina

la enciende

la duplica

más arduo es conocer cuál es mi voluntad

cuándo creo de veras lo que digo creer

así en tu omniprescencia como en mi soledad

así en la tierra como en el cielo

siempre

estaré más seguro de la tierra que piso

que del cielo intratable que me ignora

pero quién sabe

no voy a decidir

que tu poder se haga o se deshaga

tu voluntad igual se está haciendo en el viento

en el Ande de nieve

en el pájaro que fecunda a la pájara

en los cancilleres que murmullan yes sir

en cada mano que se convierte en puño

claro no estoy seguro si me gusta el estilo

que tu voluntad elige para hacerse

lo digo con irreverencia y gratitud

dos emblemas que pronto serán la misma cosa

lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro

de cada día y de cada pedacito de día

ayer nos lo quitaste

dánosle hoy

o al menos el derecho de darnos nuestro pan

no sólo el que era símbolo de Algo

sino el de miga y cáscara

el pan nuestro

ya que nos queda pocas esperanzas y deudas

perdónanos si puedes nuestras deudas

pero no nos perdones la esperanza

no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana

saldremos a cobrar a los fallutos

tangibles y sonrientes forajidos

a los que tienen garras para el arpa

y un panamericano temblor con que se enjugan

la última escupida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen

así como nosotros

una vez

por error

perdonamos a nuestros deudores

todavía

nos deben como un siglo

de insomnios y garrote

como tres mil kilómetros de injurias

como veinte medallas a Somoza

como una sola Guatemala muerta

no nos dejes caer en la tentación

de olvidar o vender este pasado

o arrendar una sola hectárea de su olvido

ahora que es la hora de saber quiénes somos

y han de cruzar el río

el dólar y su amor contrarrembolso

arráncanos del alma el último mendigo

y líbranos de todo mal de conciencia

amén
.
Mario Benedetti

miércoles, 23 de enero de 2013

Venezuela

Sí, los leones y los elefantes son una maravilla, pero por alguna razón a mí me gustan son los animalitos de aquí. Ver un rabipelado es algo que me pinta de colores el día. Una pereza, más aún; las iguanas en la Universidad Simón Bolívar son un presagio de felicidad para mí; las guacamayas en la UCV de madrugada, y en Los Próceres al final de la tarde estremecen mi corazón.
Cuando tenía ocho años, vi en Araira una guacharaca que llegó salvaje, comió de la mano de mi padre, y tras caminarle por el brazo hasta el hombro, salió rauda, volando salpicándonos de canto.
Yo vi a mamá cachicama, con sus cachicamitos, cruzando una carretera de noche por Yaracal.

Somos una tierra bendita por dioses de los que ni siquiera tenemos idea ya, pero no nos olvidan.

Somos la puerta de entrada al mundo nuevo.

martes, 15 de enero de 2013

Concurso


Deberíamos callarnos todos. Estamos hablando tanta mariquera, que tenemos miles de groserías para definir lo que se habla.
No hay groserías que denigren lo que se siembra. Lo que se siembra siempre es importante. Nadie “siembra güevonadas”, eso no existe.  El que siembra quiere cosechar algo bueno: patillas, zanahorias, cilantro. Nadie siembra hiedra venenosa.
Deberíamos hablar como se siembra, con consciencia, por un mes.
El premio será encontrar el encanto perdido de las cosas.

M.

jueves, 10 de enero de 2013

Yo soy Chávez: mi toma de posesión

Disociados del mundo:

Mi país está pasando por un momento importante: el descubrimiento de un poder popular activo, cada vez más adulto y firme en su andar que, contundentemente pero con muchísima educación, ha rociado a la mayoría de la breve población disociada de Venezuela, con una dosis precisa de Ubicatex®.

Sin embargo, por muy bueno que sea el trabajo del pueblo en defensa de la Revolución, siempre quedan por ahí espíritus rezagados que no entienden lo que les estamos diciendo. Pequeños seres con delirios de gurús, que buscan ansiosamente sus cinco minutos de fama, cueste lo que cueste.

Un ejemplo: el tipejo este llamado José Rafael Marquina, quien encontró la fama aprovechándose del estado de salud de nuestro presidente (el cual, por cierto, los venezolanos sufrimos junto a él), alarmando a miles de personas con declaraciones extraoficiales (e inventadas), cuya falta de pruebas lo hicieron quedar ante el mundo entero como el Walter Mercado de la medicina.

Quiero preguntarle a José Rafael: ¿Para quién trabajan los médicos? ¿Para la vida o para la muerte?. Tú no te llamas doctor. Un médico aboga por la vida, tú eres un jinete de la muerte.

Seré clara y directa: en este país, en este mundo entero, el único cáncer que existe son los medios de comunicación al servicio de los grandes capitales.
CNN, Caracol tv, Televen, Globovisión, por sólo nombrar unos pocos. Ustedes me hacen sufrir. Sus mensajes lasceran por instantes mi esperanza de un mundo cada vez mejor. Por ustedes siento que ni todo el esfuerzo es útil ya, que todo está infectado por ustedes. Son unos vampiros. Se alimentan de nuestra energía. Pretenden engañar y utilizar a nuestro pueblo, y junto con la población exiliada están de número uno en la lista de cosas que más daño le hacen a Venezuela.

Sepan algo: aquí nadie se dejará vencer. No pueden con ninguno de nosotros. Aquí la lucha sigue, y ustedes son poquitos.

Hoy diez de enero del año 2013, es una fecha histórica. Y cuando tenga hijos les contaré la forma como este día marcó un nuevo hito en la historia de nuestra Revolución Bolivariana, de nuestra República Bolivariana de Venezuela, y de la unión de los venezolanos por la vida. Hoy Chávez se hizo millones.

Nosotros no viviremos y venceremos. Nosotros VIVIMOS y VENCEMOS permanentemente. Esa es nuestra forma de ser y sentir. Nosotros vivimos de verdad, y eso no se cambia por nada.

Oféndanse si les provoca.

María Lucía Rengifo