viernes, 22 de febrero de 2013

El hombre que casi conoció a Michi Panero

Es hora de recapitular las hostias que me ha dado el mundo
Hoy querrán oír mi último adiós
Bien. Poco a poco van llegando y yo los recibo en batín

Y unos me llaman chaval y otros me dicen caballero
Alguno no se ha querido pronunciar
Yo una vez tuve un amor, pero si he de ser sincero
dije no en el altar y cuando digo no es no

Fracasé una vez, fracasé diez mil
y aún así alzo mi copa hacia el cielo
en un brindis por el hombre de hoy
y por lo bien que habita el mundo
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá

Y no me habléis de eternidad
No me habléis de cielos ni de infiernos más
¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió
que cuando esto acabe no habrá nada más?
¿Fue bastante ya?

Nunca fui en nada el mejor,
tampoco he sido un gran amante;
más de una lo querrá atestiguar
Pero si algo hay capital, algo de veras importante,
es que me voy a morir y cuando digo voy es voy

Lo he pasado bien, y casi conocí en una ocasión a Michi Panero,
y es bastante más de lo que jamás soñaríais en mil vidas
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá
Dejadme preguntar; ¿esto es el final?
Y si es así, decid; ¿me váis a extrañar?
¡Veo que asentís pero yo sé que no!
Qué lástima, no dejaré
nadie a quien transmitir mi savia;
consideré insensato procrear
Y diréis de mí que soy un viejo verde y cascarrabias,
y diréis muy bien, y cuando digo bien es bien

¡Largo ya de aquí! ¿Qué queréis de mí?
¿Es mi alma o es mi dinero?
Si de uno carezco y la otra es una anomalía en esta vida.
¡Mirad, las niñas van cantando!
Shalalaralalá

¡Y unos me llaman chaval, y otros me dicen caballero!
¡Alguno no se ha querido pronunciar!
¡Yo una vez tuve un amor, pero si he de ser sincero
dije no en el altar, y cuando digo no quiero decir que (es) no!

He bebido bien, y casi conocí en una ocasión a Michi Panero,
y ahora brindo en paz por la humanidad
y por lo bien que habita el mundo
¡Escuchad, os lo diré cantando!
Shalalaralalá

Hasta nunca

(Nacho Vegas)



jueves, 14 de febrero de 2013

Sobre las formas de ver la tierra

El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad.
Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que si no lo hiciéramos los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?
Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tienen que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para nuestro pueblo. La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos, son sagradas experiencias y memorias de nuestro pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo el águila majestuosa, son nuestros hermanos, las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos no es solo agua, es la sangre de nuestros antepasados. Si se la vendiésemos, tendrían que recordar que son sagradas y recordárselo a sus hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces, además cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes.
El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. 
Sí, gran jefe de Washington, los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos. 
Si les vendemos nuestra tierra, tendrán que recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser. Le da lo mismo un trozo de tierra u otro porque no la ve como hermana, sino como enemigo, cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando. Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. 
No lo puedo entender. Sus ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás porque somos salvajes y no podemos comprenderlo. 
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni lugar ninguno donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas. 
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿Qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?.
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos. 
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por la pradera, entonces todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos. 
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Que puede hacer el hombre sin los animales?. Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad. Todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas. 
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra, si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, se salva del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos. 
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubrirá algún día: nuestro dios es el mismo.
Ustedes pueden pensar ahora que él les pertenece, así como desean que nuestras tierras les pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable par Él, y se daña se provoca la ira del Creador. 
También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida, sólo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia.
Si ensucias vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por sus propios excrementos, pero ustedes caminarán hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre la piel roja. Ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines. 
¿ Dónde está el bosque espeso? … desapareció 
¿ Dónde está el águila ? … desapareció 
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

Noah Seattle, jefe indio de de la tribu Suquamish / 1854

martes, 5 de febrero de 2013

Arroz achicharr[on]ado


Hay dos cosas que un buen pelabola debe saber combinar y rendir perfectamente para que le duren todita una semana: la primera, su bluyín; la segunda, su kilo de arroz. Ambas cosas quedan bien con casi todo, pero de vez en cuando sucede que estos nobles compañeros del pelabola ceden ante la adversidad, dejando a nuestro austero personaje con las ingles al viento (en el caso del bluyín), o con una olla de arroz blanco de dos días en la nevera, que ya no se quiere comer ni mandrake.

Pelabolas del mundo: ese pantalón se arregla con un parche, y el arroz, con todo y pega, puede ser una exquisitez si lo saben arreglar.

El chicharrón oportuno

Cuenta la historia que un día de infausta pelazón de bola, una muchacha gastó sus últimos veinte bolos en unos cuantos trozos de chicharrón con pelo, grasa, carne y cuero en la avenida Baralt. Tras comerse la mitad de la ración, guardó el resto en la cartera y se fue a su casa a dormir. El día siguiente era un largo sábado de hambruna. En la nevera esperaba por ella la triste olla de arroz viejo, una cabeza de ajo retoñada, y media cebolla: un blanquísimo espectáculo de comida pobretona que había que aprovechar.

Por cuestiones de la vida, cuando se iba a calentar el arrocito la cartera se cayó de donde estaba, y la bolsa e’ chicharrón se asomó amorosamente, dejando en libertad el aroma a grasa rica del poco afamado alimento. Fue entonces cuando el ánimo de sobrevivir a la pelazón de bola, y el amor por la cocina se unieron para improvisar esta sabrosa receta: el arroz con chicharrón.

Sigue tu instinto y ponle corazón:

Ralla unos dientes de ajo con el mismo rallador del queso (si está brotado puedes quitarle las ramitas verdes, aunque yo lo cocino todo), pica la cebolla en cuadros chiquiticos, tritura el chicharrón y sofríelo todo junto, a fuego moderado y con poquitico aceite. Si tienes más cosas que echarle, suelta esa creatividad y dale. Pimentón, ajíes, lo que quieras. Cuando esté transparente la cebolla, y sin que se queme el ajo, agrega media tacita de agua (o más si vas a hacer mucho) y vacía sobre eso lo que tengas de arroz tieso. Revuélvelo todo y a fuego bajo déjalo hasta que se seque el agua y el arroz vuelva a ser suave. No vas a creer lo rico que termina siendo.

También puedes prepararlo desde cero, agregándole al sofrito el arroz crudo, su cantidad de agua habitual y la sal como te gusta. Y cuando lo sirvas, si tienes a la mano un limoncito, prueba rociarle unas gotitas de su jugo, que también le queda bueno.

Claro, yo sé que estamos pelando bolas y no tenemos muchas ganas de ir al cardiólogo en unos años, pero aunque el chicharrón está lleno de grasas saturadas, cien gramos de él contienen setenta gramos de proteínas, lo que satisface las necesidades diarias de un manganzón de más ochenta kilos, y sólo le aportará veinticinco gramos de grasa a tu comida, nada de qué preocuparse si no lo comes a diario.

viernes, 1 de febrero de 2013

Padrenuestro Latinoamericano



Padre nuestro que estás en los cielos

con las golondrinas y los misiles

quiero que vuelvas antes de que olvides

cómo se llega al sur de Río Grande

Pdre nuestro que estás en el exilio

casi nunca te acuerdas de los míos

de todos modos dondequiera que estés

santificado sea tu nombre

no quienes santifican en tu nombre

cerrando un ojo para no ver las uñas

sucias de la miseria

en agosto de mil novecientos sesenta

ya no sirve pedirte

venga a nos el tu reino

porque tu reino también está aquí abajo

metido en los rencores y en el miedo

en las vacilaciones y en la mugre

en la desilusión y en la modorra

en esta ansia de verte pese a todo

cuando hablaste del rico

la aguja y el camello

y te votamos todos

por unanimidad para la Gloria

también alzó su mano el indio silencioso

que te respetaba pero se resistía

a pensar hágase tu voluntad

sin embargo una vez cada tanto

tu voluntad se mezcla con la mía

la domina

la enciende

la duplica

más arduo es conocer cuál es mi voluntad

cuándo creo de veras lo que digo creer

así en tu omniprescencia como en mi soledad

así en la tierra como en el cielo

siempre

estaré más seguro de la tierra que piso

que del cielo intratable que me ignora

pero quién sabe

no voy a decidir

que tu poder se haga o se deshaga

tu voluntad igual se está haciendo en el viento

en el Ande de nieve

en el pájaro que fecunda a la pájara

en los cancilleres que murmullan yes sir

en cada mano que se convierte en puño

claro no estoy seguro si me gusta el estilo

que tu voluntad elige para hacerse

lo digo con irreverencia y gratitud

dos emblemas que pronto serán la misma cosa

lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro

de cada día y de cada pedacito de día

ayer nos lo quitaste

dánosle hoy

o al menos el derecho de darnos nuestro pan

no sólo el que era símbolo de Algo

sino el de miga y cáscara

el pan nuestro

ya que nos queda pocas esperanzas y deudas

perdónanos si puedes nuestras deudas

pero no nos perdones la esperanza

no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana

saldremos a cobrar a los fallutos

tangibles y sonrientes forajidos

a los que tienen garras para el arpa

y un panamericano temblor con que se enjugan

la última escupida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen

así como nosotros

una vez

por error

perdonamos a nuestros deudores

todavía

nos deben como un siglo

de insomnios y garrote

como tres mil kilómetros de injurias

como veinte medallas a Somoza

como una sola Guatemala muerta

no nos dejes caer en la tentación

de olvidar o vender este pasado

o arrendar una sola hectárea de su olvido

ahora que es la hora de saber quiénes somos

y han de cruzar el río

el dólar y su amor contrarrembolso

arráncanos del alma el último mendigo

y líbranos de todo mal de conciencia

amén
.
Mario Benedetti