martes, 5 de febrero de 2013

Arroz achicharr[on]ado


Hay dos cosas que un buen pelabola debe saber combinar y rendir perfectamente para que le duren todita una semana: la primera, su bluyín; la segunda, su kilo de arroz. Ambas cosas quedan bien con casi todo, pero de vez en cuando sucede que estos nobles compañeros del pelabola ceden ante la adversidad, dejando a nuestro austero personaje con las ingles al viento (en el caso del bluyín), o con una olla de arroz blanco de dos días en la nevera, que ya no se quiere comer ni mandrake.

Pelabolas del mundo: ese pantalón se arregla con un parche, y el arroz, con todo y pega, puede ser una exquisitez si lo saben arreglar.

El chicharrón oportuno

Cuenta la historia que un día de infausta pelazón de bola, una muchacha gastó sus últimos veinte bolos en unos cuantos trozos de chicharrón con pelo, grasa, carne y cuero en la avenida Baralt. Tras comerse la mitad de la ración, guardó el resto en la cartera y se fue a su casa a dormir. El día siguiente era un largo sábado de hambruna. En la nevera esperaba por ella la triste olla de arroz viejo, una cabeza de ajo retoñada, y media cebolla: un blanquísimo espectáculo de comida pobretona que había que aprovechar.

Por cuestiones de la vida, cuando se iba a calentar el arrocito la cartera se cayó de donde estaba, y la bolsa e’ chicharrón se asomó amorosamente, dejando en libertad el aroma a grasa rica del poco afamado alimento. Fue entonces cuando el ánimo de sobrevivir a la pelazón de bola, y el amor por la cocina se unieron para improvisar esta sabrosa receta: el arroz con chicharrón.

Sigue tu instinto y ponle corazón:

Ralla unos dientes de ajo con el mismo rallador del queso (si está brotado puedes quitarle las ramitas verdes, aunque yo lo cocino todo), pica la cebolla en cuadros chiquiticos, tritura el chicharrón y sofríelo todo junto, a fuego moderado y con poquitico aceite. Si tienes más cosas que echarle, suelta esa creatividad y dale. Pimentón, ajíes, lo que quieras. Cuando esté transparente la cebolla, y sin que se queme el ajo, agrega media tacita de agua (o más si vas a hacer mucho) y vacía sobre eso lo que tengas de arroz tieso. Revuélvelo todo y a fuego bajo déjalo hasta que se seque el agua y el arroz vuelva a ser suave. No vas a creer lo rico que termina siendo.

También puedes prepararlo desde cero, agregándole al sofrito el arroz crudo, su cantidad de agua habitual y la sal como te gusta. Y cuando lo sirvas, si tienes a la mano un limoncito, prueba rociarle unas gotitas de su jugo, que también le queda bueno.

Claro, yo sé que estamos pelando bolas y no tenemos muchas ganas de ir al cardiólogo en unos años, pero aunque el chicharrón está lleno de grasas saturadas, cien gramos de él contienen setenta gramos de proteínas, lo que satisface las necesidades diarias de un manganzón de más ochenta kilos, y sólo le aportará veinticinco gramos de grasa a tu comida, nada de qué preocuparse si no lo comes a diario.

2 comentarios:

Jess dijo...

¡Eyyy! Mola el nuevo aspecto de tu blog :)

Anónimo dijo...

Jajaja... a cada clasico chicharron de la Baralt, le llega su sabado, y hasta domingo.