martes, 12 de marzo de 2013

Yo crecí junto a Chávez

I

El 27 de febrero de 1989, con un tipo de hambre llamada “acaparamiento”, Enrique Rengifo salió a buscar comida para su hija de dos años, y su mujer, que estaba a sólo quince días de parir.

La rebelión popular ya había comenzado y el botín fue tan suculento como unas latas de sardinas, cerelac y leche en polvo: el inventario perfecto para surtir un pequeño bloque donde vivían cinco parejas jóvenes -tres de ellas preñadas- y seis niños chiquiticos.

A pocos kilómetros de ahí, en Guarenas, se había armado ese grito de rabia que se llamó El Caracazo. El gobierno suspendió las garantías constitucionales, por lo que Enrique, a pesar de sus ganas de salir a coñacear al mundo, salvó el pellejo, a punta de leche en polvo y soñando con el día en que las vainas cambiaran en esta tierra santa, vuelta despojos por la mano del hombre poderoso.

El 16 de marzo mi madre dio a luz a mi hermanita. Yo no me acuerdo, me lo contó mi padre.

II

El 4 de febrero de 1992, en una casita de un pueblo llamado Araira, dos niñitas no fueron a la escuela no sé por qué. Querían ver comiquitas, pero el papá estaba viendo a un señor que decía yo no sé qué.

Al papá le gustaba lo que decía el señor, pero había algo que no cuadraba: se parecía al Negro Primero, y dijo cosas que le dieron confianza. Pero era militar, y en esos tiempos a los militares se les tenía miedo.

Yo me acuerdo un poquito, no entendí casi nada. Sólo sé que el señor dijo algo importante. Ahí comenzaron a pasar a las cosas.

III

En noviembre de ese año, estaba en Caracas, jugando en el balcón de la casa de mi abuela en Bello Monte, cuando vi unos aviones pasar en dirección al este. A los seis años yo no sabía cuál era el este, pero el recuerdo es claro, iban pa’ allá à, y pa’ allá es que queda La Carlota.

Al mismo tiempo, pero en Araira, Enrique volvía a ver en televisión la cara del Negro Primero aquél, llamado Chávez, que desde Yare le enviaba al pueblo un mensaje de esperanza y patria: la mayor suma de felicidad posible para todos.

Un amigo de la infancia de mi padre, lo instó a que defendiera, junto a sus camaradas, aquella Revolución que iba en pañales. Claro que no pensaba, aquel burgués de apellido Pinchevski, que diez años después de ese suceso se estaría arrepintiendo de lo dicho. Chávez hablaba en serio: la felicidad nunca más fue un privilegio exclusivo de la gente con plata, y eso le daba rabia. Su amistad se quebró por la codicia y hoy vive allá en mayami, y desde una piscina se queja por el tuiter de cómo el #comunismo #destruyó #su país.

IV

Mi prima grande me invitó a que la ayudara. El juego era sencillo: escribir en un montón de papelitos “Viva Chávez, fuera el gocho”, para luego pasar los mensajitos por debajo de las puertas de todos los vecinos.

No sé si el “gocho” se refería a Carlos Andrés, o a Ramón J. Velásquez, pero Chávez era bueno y el gocho malo, fuera quien fuera. Yo, que tenía seis años y un sentido de la justicia del tamaño de un camión, me hice chavista.

V

La noche del 6 de diciembre de 1998, nos corrieron de la casa de mi familia paterna por primera vez. La razón: que ganó Chávez.

En el estacionamiento, antes de subir al carro, el viejo Enrique, que entonces no era tan viejo, se agachó frente a nosotras, y nos dijo:

“…dentro de dos años lo llamarán loco; dentro de tres, lo querrán tumbar. En cinco años desearán matarlo, pero esta Revolución va a durar mucho tiempo, y no vamos a ver el cambio sino hasta dentro de diez o quince años más.”

Asentimos las dos, fingiendo comprenderlo.

Mi quinto cuento fue el primer paso para lo que es hoy nuestra Quinta República. Desde ese día muchas veces nos corrieron de muchísimos lugares, pero fueron muchos más los que abrieron sus puertas para darnos un abrazo militante… y aún se siguen sumando.

VI

En 1999, un domingo cualquiera, salía con mi madre, mi tía y mi hermana de un restaurant chino llamado El Palmar. Un carro paró frente a nosotras, y de él bajaron una mujer rubia con una niña en brazos, un chofer y el hombre aquél: Chávez, el bueno.

Mi madre estalló en emoción y comenzó a rogar por una beca para sus hijas, que estudiaban en un colegio privado porque la educación pública había quedado hecha un desastre, tras el abandono de los gobernantes de la Cuarta.

Mi tía, que lo amaba hasta el punto de soñar obscenidades deliciosas junto a él, lo miraba sensualmente, mientras Chávez, con cariño, cargó a mi hermana en brazos, y tomó nota de todas las exigencias de esas mujeres encantadas por la magia de un Presidente que buscaba su almuerzo donde uno mismo.

Obviamente no aplicábamos para una beca. Millones de niños venezolanos estaban enfermos, hambrientos o sin escuela. O hasta las tres cosas a la vez. Mi mamá no lo entendió, y se fue a la oposición al poco tiempo. Mi tía, ídem. Hoy sacude la cabeza recordando aquellos sueños que la hacen sentir “sucia”. Quizá en el fondo deseaba soñar con una boda.

VII

El 11 abril del 2002 me dieron casa por cárcel en el hogar de mi madre, que aseguraba que por fin “el loco de Sabaneta” tendría su hora.

Mi viejo, en su casa, lloraba desconsolado, y un par de días después, cuando el pueblo, a punta e’ gritos logró el regreso del Comandante Presidente, pude salir yo también en libertad condicional, con permiso para visitar al viejo. Al viejo mío, no a Chávez, pero la sensación era casi la misma.

VIII

En noviembre de ese año, salí en Aló presidente, tres segundos y llorando, pero salí.

Había quedado de segundo lugar en un concurso cuyo premio era un viaje a Argentina. No gané, y me quedé en mi casa, recibiendo a las visitas que bajaban a Guatire a comprar gasolina. En pocas semanas mi vieja nos despachó a mi hermana y a mí para El Sombrero otra vez, donde nos quedamos hasta que llegó febrero.

Yo, que pasaba por mi último año del liceo, quería regresar a clases, pero ¿qué clases?, si la derecha se había encargado de convencer a un gentío de que el paro tenía sentido. Mi colegio seguía cerrado, en El Sombrero nos caían a botellazos la casa y la oficina de mi viejo, porque se negó a parar. No nos vendían KR, ni leche, ni papel tualé, y hasta un día se llegó un policía amigo hasta la casa y sugirió que nos fuéramos de ahí. Existían dos listas hechas por los escuacas de aquel pueblo contra todo militante del chavismo, pa’ joderlos en orden de importancia y sin que faltara ninguno. Mi papá encabezaba la segunda lista, pero no les dio tiempo de hacernos gran cosa.

Con la industria petrolera vuelta verga, y quebrada la moral de todo el mundo, el paro se levantó. A cualquier opositor que le preguntes por ese infausto suceso le dará un ataque de amnesia inmediato. Ni siquiera ellos saben por qué lo hicieron.

IIX

En el 2006 me gustaba un muchacho que me llevó a una marcha a escuchar a Rosales, uno de nuestros más insignes pensadores del absurdo.

Fui a una concentración en Colegio de Ingenieros, con mi franela blanca de letricas azules, que al cabo de una hora me quité y me despedí, para siempre, del tipo que me gustaba y de mis ideas locas de saltar la talanquera. Era demasiado rudo pisotear la historia de mi vida por un falso romance universitario.

Algo que nunca supo el adequito de mis amores que se proponía hacer uso de mi voto, era que yo no podía sufragar. El despertar electoral me llegó en el 2010, cuando dejé la flojera y me inscribí en el CNE.

IX

Y sí, para el 2010, ya inscrita en el CNE, vivía alquilada con una casera un poquito parecida a la Marta Colomina. Trabajaba yo en A.W. Nazca, una agencia de publicidad cuyos dueños cubano-mayameros nos hablaban diariamente de libertad de expresión, de dólares liberados, y todas esas falacias que se inventa la derecha.

El 26 de septiembre de ese año, salía yo de mi cuarto cuando Mónica, la dueña, me regaló un sanduchito y sugirió muy sonriente que votara por la unidad.

Recordando a mi casera y a los cubanos sin patria que me pagaban el sueldo, con mucho orgullo, arriba y a la izquierda, voté por el Gallo Rojo. Al mes siguiente, sin saber cómo, cuándo ni porqué, me botaron del trabajo… y también de la residencia.

X

Para el 2012, ya estaba yo tan resteada que no le tenía miedo ni a mi mamá. Me vacilé ese evento impresionante, que fue el cierre de campaña, tan sabroso que bailé bajo el cordonazo de San Francisco, escuchando al Comandante hasta que el sol se escondió entre las montañas.

Detrás de la tarima de la Avenida Bolívar, me imaginaba a Chávez, su sonrisa, su mirada. Me volví loca de emoción cuando vi a Hany Kauam bajarse de una camioneta, y pensé que quizá tendría la suerte de verle una orejita al Comandante, pero no fue posible.

Mi hermana, del otro lado, lo vio a tres metro de ella, y lloró, y gritó, y salió en televisión con ese ataque de euforia que producía en uno la presencia de un ser tan monumental. Él la cargó en brazos trece años atrás, y esa niña, ya muy grande y muy pesada, para repetir la escena, se llevó consigo el recuerdo de la última gran aparición del Presidente Chávez.

Cinco meses después de aquél hermoso día, lloraba desconsolada, evocando el amor que emanó del Comandante las dos únicas veces que logró acercarse a él.

XI

El 5 de marzo de este año, 2013, un amigo muy querido me dio la batiseñal: “viene una cadena, pilas”. Ya yo sabía, tú sabías, él sabía, y todos sabíamos que había que prepararse para la más terrible nueva que habría que sobrellevar.

Cochina como estaba, sin bañarme de dos días, prendí la tele y escuché las palabras de Nicolás Maduro, obviamente afectado y aguantando, por nosotros, la tristeza de un evento que quizá nunca lleguemos a superar. Me vestí en treinta segundos y salí a buscar sosiego y compañía en la Plaza Bolívar de Caracas, donde el dolor nos unió, donde el amor nos calmó, donde unos a otros nos abrazamos y en silencio, con calmita, comenzamos a dar la lucha contra la desesperanza.

Los días siguientes los pasé visitando Los Próceres, aún sin creerlo, aún esperando que todo fuera un chiste, deseando que se levantara el Presidente, como lo hizo el 13 de abril del 2002, para estar con nosotros, y sabiendo que donde quiera que esté ahora, ganas no le faltan de venir a abrazarnos y querernos, y decirnos, “por favor no llores más”.

XII

Mi prima de los iunaited me cagó el duelo con una malsana broma ante la que no pude ni reírme, ni llorar. Desde el dolor de la pérdida, desde la rabia causada por la ofensa, arremetí contra ella, defendiendo, no a mi honor, sino a la memoria de un hombre que fue, es y será para siempre, por el resto de la historia, un gigante entre los grandes, y perdí otra tajada de familia.

El linaje, como he visto suceder durante toda mi vida, es algo que se construye a través de la vivencia diaria, no del compartir sanguíneo. El corazón del pueblo no es un eslogan, ni un colorido sellito, ni es el rostro de Chávez tatuado en cada esquina del país. El corazón del pueblo es ese lazo familiar que nos fue amalgamando durante no catorce, sino más de veinte años de vivires y saberes compartidos junto a él. Cada quién tiene su historia personal con Chávez, porque él nos tocó con sus manos a todos, incluso a los que se niegan a reconocerlo. Incluso a mi tía, mi madre, escuálidas por determinación de no ser llamadas jamás pueblo, perraje, populacho, tienen su cuento escondido junto a él. Incluso tú tienes tu historia, camarada, y si revisas encontrarás momentos fascinantes.