viernes, 31 de mayo de 2013

Ciencia-ficción tropical


Planeta tierra. Año catorce mil.
10 º N 30', 66 º W 56'
La destrucción empezó a finales del segundo milenio con la invención del cinematógrafo, la radio, el teléfono, el televisor; la modernización de las imprentas hasta producir montañas de papel interminables diariamente, las guerras mediáticas, las promesas rotas.
Los amos ricos compraron el tiempo de los esclavos libres, y el dueño de la información se encargó de vender el producto de ese tiempo a otros esclavos más libres todavía. 
La inmediatez desmenuzó las horas hasta que ya éstas no alcanzaron para nada, y encontró la información aplicaciones nuevas que aseguraron suculentos ingresos a los amos de la comunicación, y a todo el resto de los poderosos.
La hija de quien envenenaba el alimento se casó con el dueño de los medios, y así multiplicaron las riquezas hasta que se les fue la mano con el cine, la violencia en la tele y la venta de armas: un ejército de gente que había visto cada martes docenas de cráneos humano-zombies perforados de múltiples maneras (en alta definición, sólo en Directv), salió a la calle arrecha, y eso fue como el barbarazo.
Los que quedaron se movieron hacia el monte, huyendo del desértico cemento citadino donde  no crecía ya ni un pequeño aguacate, y aprendieron a vivir desde el principio, a construir sus cosas y sus casas, a ser autosustentables.
Amasaron esa creatividad duramente atrofiada, y entonces recordaron lo que les habían dicho sobre paz planetaria y equilibrio. Comenzaron a vivir en armonía y aprendieron a aplicar los saberes de la era tecnológica con más sabiduría.

Entonces se vio claro: la utopía era posible, pero para alcanzarla se debía derrumbar el sistema completo.